El regreso del trueque

Por Jorge Repiso

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Recursos populares frente a la crisis. Las dificultades económicas empujan la autogestión. Y volvió a imponerse en los barrios el sistema de intercambio de productos y servicios sin utilizar dinero.

El método de intercambio más antiguo entre los seres humanos tuvo su auge en el país. Promediaban los años ’90 cuando un grupo de entusiastas se instaló en un barrio del sur del conurbano bonaerense para lo que ellos creyeron sería una manera diferente de afrontar la economía. No eran tiempos fáciles, tampoco lo serían los venideros. En 2001, la economía argentina explotó en pedazos y dio paso a una crisis social de la que nadie se quiere acordar. Fue entonces cuando los clubes de trueque proliferaron de a miles a lo largo de todo el territorio como una forma de supervivencia. Los resultados fueron favorables, tanto para cubrir necesidades básicas como para no quedar tan fuera del sistema. Luego vinieron tiempos mejores y, salvo excepciones, la mayoría olvidó aquellos ámbitos donde multitudes afrontaron la tormenta con dignidad. Los clubes de trueque están de vuelta: lo dicen las cifras y la realidad económica misma.


Es sábado por la tarde y a un pequeño local alquilado del barrio porteño de Constitución va llegando gente portando bolsas o arrastrando changuitos. Algunos se conocen de antes y en un rincón, una mujer está enseñando a otra a pintar sobre tela bajo el método del trueque. Las mesas antes vacías se van llenado de artículos en buen estado, nuevos y usados, y alimentos. En una de las paredes pueden leerse dos de los doce puntos de la declaración de principios de la actividad: “Nuestra realización como seres humanos no necesita estar condicionada por el dinero”, y “No buscamos promover artículos o servicios, sino ayudarnos mutuamente a alcanzar un sentido de vida superior mediante el trabajo, la comprensión y el intercambio justo”.

 

Cuasi moneda. Se utilizan billetes a los que se les pone un valor determinado para el cambio.


Rubén Rovera es el responsable de la Red Global de Trueque y se pasea entre la gente charlando y dando consejos. El arte de trocar debe aprenderse en la práctica y él lleva adelante una tarea parecida a la docencia. En 1995 y junto a unos amigos se instaló en un garaje de la localidad de Bernal y nunca se apartó de su objetivo. Museólogo de profesión, también se interesó por la economía y continúa cuestionando la desigualdad que plantea el sistema. Para Rovera, la práctica del trueque va más allá del beneficio material, y protesta contra quienes no saben interpretarla. “Si bien es cierto que la economía está mal, trueque no debe ser sinónimo de pobreza. Cuando empezamos, nos trataban como a un grupo de autoayuda pero para cuando vino la crisis de 2001 ya cargábamos con experiencia y pudimos ayudar a mucha gente. Me parece injusta la ecuación más pobreza es igual a más clubes. Desde un principio tratamos de vincular a los seres humanos para fortalecer los lazos para estar mejor y terminamos siendo parte del problema”.

 

Impulsores. Néstor Litinger, Mirta Cáceres Pujol y Rovera, en el local de Constitución.


–¿Por qué razón la actividad no se extinguió?

–Somos como los locos de la azotea. Empezamos a trabajar en la época del Plan Austral porque vimos que el problema no era la producción, sino el intercambio y la vinculación entre la gente. Fue un hallazgo, éramos 30 vecinos en un garaje en pleno “efecto tequila”.


Suena una campanilla y comienzan las operaciones. En una mesa hay naranjas, pizzas y sándwiches. En otra, más extensa, adornos, un teléfono usado, perfumes, baberos y artesanías. De un perchero metálico penden unas 40 prendas. No hay gritos, sino intercambio y una negociación amable. Cada artículo tiene su precio, y la moneda de cambio es un billete con un valor determinado. En el término de una hora cesan las transacciones y queda muy poco por intercambiar. “Recuerdo las épocas de mayor crisis. Las mujeres venían delante de su familia, cargando chicos y bolsos. Los hombres, con la cabeza gacha y arrastrando los pies. Después de un rato, ese hombre se sentía útil y le cambiaba la cara”, cuenta Mirta Cáceres Pujol, una de las más antiguas organizadoras. 

 

Bienes y servicios. Desde alimentos hasta horas de trabajo profesional, todo se puede intercambiar en una de estas ferias.

 

El fenómeno del trueque fue objeto de estudio de académicos y estudiantes extranjeros, y lo sigue siendo. Una universitaria francesa viajó para interiorizarse y terminó organizando los archivos del club. Los japoneses, que también cuentan con sedes en su país y lo practican de manera diferente, volvieron entusiasmados con el ejemplo argentino. En realidad, a los locales de intercambio se los llama “nodos” y aún hoy Rovera y los suyos recuerdan los galpones de la ex textil La Bernalesa, adonde acudían miles de familias, emprendedores y se conoció el caso de un ex gerente de una multinacional que fabricaba barriletes y los cambiaba por comida o servicios. “Llegamos a cambiar camionetas llenas de verduras de hoja por chapas acanaladas para techos que fabricaba Néstor Litinger, un ex empresario del rubro de las redes de gas”.


Tras el furor llegó el repliegue, y los nodos comenzaron a discontinuarse. “Hubo un momento en que hasta nos mandaron a la policía, nos robaron y allanaron y pagaron a un periodista para que nos desacreditara. Decían que ejercíamos el comercio ilegal y se llegó al punto de que mandaban gente con talonarios de “créditos” que vendían por pocos pesos para saturar y desequilibrar las operaciones. Tuvimos que replegarnos, algo que no es fácil teniendo en cuenta a los millones de beneficiarios involucrados”, añade Ravera.

 


Pero no todo es historia. Los clubes de trueque vuelven a ser una realidad. Se dice que hoy en el país la cifra de nodos va de los 100 a los 400. La ciudad cordobesa de Villa Carlos Paz es un ejemplo del aumento de sedes a donde acuden personas golpeadas por los aumentos de precios y la desocupación. “Ojalá no existieran pero bueno, no hay dinero y acá ya hay más de cuatro lugares donde cambiar ropa, comida, electrodomésticos y mano de obra”, relata Judas Ramos, presidente del Centro Vecinal Barrial Miguel Muñoz “B”. “Cada vez somos más, y en el intercambio se ofrecen servicios personales, plomeros, albañiles y pintores. Hay una proliferación de páginas de Facebook para convocar a los clubes y nosotros el último sábado juntamos a más de 50 personas. Esta actividad levanta el ánimo porque a nadie le gusta andar con cosas usadas, lo normal sería ganar un salario e ir a comprar ropa nueva, pero vemos que la gente se siente útil y piensa diferente, con algo de esperanza”.


Rovera en cambio resiste dar cifras en cuanto a la cantidad de clubes e individuos beneficiados. “No pasa por lo cuantitativo y preferiría no dar números, por principio y por seguridad, porque la hemos pasado muy mal. Llevar adelante esta actividad es bueno: la gente toma al toro por las astas y maneja su vida, algo que no ocurre dentro de las organizaciones verticales”

 

 

 

Cifras

 

En 1998 existían 80 nodos.

En 2002, el número alcanzó los 5.500.

2 millones de personas acudieron a los clubes como una práctica frecuente. 

2.200 fue la cantidad de redes existentes en el pico de esa actividad.

400 clubes se estima que actualmente hay en la Argentina y la cifra va en aumento.

 

 

“Somos parte de la solución”

Opinión. Por Rubén Rovera

 

Se nos podría distinguir como parte de la solución porque en momentos muy difíciles lo fue. Nosotros llegamos a ver políticos y varios partidos se arrimaron para ver personas hablando encima de un banquito en medio de un estado asambleario.
La gente es negadora: después de 2001 vino gente de afuera para estudiar el sistema de trueque argentino y cómo nos relacionábamos. Fueron cientos, pero nunca se arrimó algún universitario argentino. En consecuencia, entiendo que pasaron cosas tan traumáticas que se las quiso borrar de la memoria, como algo que nunca existió, y si no se analizan las causas de aquella crisis es posible que vuelva a ocurrir. No queremos ser el furgón de cola, sino ser reconocidos como un elemento más para desarrollar una economía superadora. Ejercer el trueque no equivale a volver a las cavernas. Lo que planteo es que en determinados momentos nos llaman como si fuésemos meteorólogos para ver si hay tormentas. No es una noticia el elevado nivel de pobreza, eso está fuera de discusión.