Nueva Orleans, a diez años del Katrina

Por Revista Veintitres

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La ciudad se abre al turismo como nunca sin olvidar la tragedia

Por Jorge Luis Fernández 

Desde Nueva Orleans

 


Un par de años atrás, la serie de televisión Tremé, protagonizada por John Goodman, mostraba la reconstrucción de Nueva Orleans en los meses inmediatos a la devastación del huracán Katrina. Hoy, a poco más de diez años de uno de los fenómenos naturales más mortíferos, y el que más daños económicos provocó en la historia de los Estados Unidos, la ciudad se muestra sólida y receptiva al turismo como nunca. La actitud no es la de "aquí no ha pasado nada"; lo que se siente en las calles es: pese a todo aquí estamos, y seguimos siendo la perla del sur norteamericano.


La afluencia turística de todo el territorio estadounidense es constante; hay latinos y asiáticos, pero todos parecen fundirse y confundirse en esa mezcla de razas conocida como creole, distintiva en el territorio de Luisiana. Ese vaivén cultural e idiomático interpela al recién llegado ni bien pisa el French Quartier (Barrio Francés): el segmento más antiguo y epicentro de la ciudad. Calles como Royal, Saint Charles o Bourbon están señalizadas con su original en español, Calle Real, San Carlos, Borbón: todos resabios de un estado de Luisiana que perteneció a la corona española antes de ser recuperado por Francia en 1801, para ser vendido dos años después al nuevo y pujante país norteamericano.

 

Jazz. En los bares y en las calles, a cualquier hora


Bourbon Street es la calle más pintoresca y preparada para el turismo. Abarrotada de locales, con bandas de música que la recorren día y noche, con vendedores que gritan en plena calle y bares con karaoke y música en vivo cuando se pone el sol, Bourbon Street es bulliciosa –un tómalo o déjalo para el turista, el equivalente de Defensa en nuestra criolla República de San Telmo–. Pero a pocos metros de allí, siempre dentro del French Quartier, la cuestión es distinta. Los balcones estilo colonial, los innumerables pórticos y las esquinas proto art nuveau, con gran trabajo de herrería en las columnas metálicas, son un placer visual que al tiempo da cuenta del celo con que Nueva Orleans preserva su mezcla de estilos y culturas. 

 

Baile. En Congo Square, un lugar imperdible en la recorrida 


Siendo la cuna del jazz, la ciudad es una meca para los amantes de la música. Un touch & go imprescindible (algo así como Imagine, el memorial a John Lennon en Nueva York) es Congo Square, el lugar donde los esclavos africanos tenían permitido reeditar sus antiguos rituales y que permitió la fusión definitiva de música afro en otro suelo. Congo Square es hoy parte del Louis Armstrong Park, el luminoso y pintoresco parque que la ciudad bautizó con el nombre de su ciudadano más ilustre, y está situado en Tremé, el barrio de clase trabajadora adyacente al casco histórico, uno de los que más sufrió la devastación de Katrina y dio origen a la serie homónima (una enorme réplica de Satchmo también recibe al turista en el Louis Armstrong International Airport, junto a fotos de antiguas bandas y solistas que acunaron al jazz en sus inicios). 

 

En el barrio suele tocar la Tremé Brass Band; si no, la opción más práctica es recorrer cualquiera de los locales nocturnos de Frenchmen Street, la calle que delimita el Barrio Francés de Fauvigny. Locales como d.b.a., The Blue Nile y Spotted Cat Club tienen música en vivo permanentemente, desde las 20hs o aun antes; allí puede escucharse desde clásicas agrupaciones dixie hasta jazz tradicional de cámara o raras formaciones con tuba, guitarras y el llamativo washboard o frottoir, una suerte de tabla de lavar con adicionales cencerros y cascabeles, que se usa como instrumento de percusión. Muy cerca de allí, en Fauvigny, está Mag’s, donde puede escucharse música folk, bluegrass y NOLA (sigla de New Orleans, Louisiana), mientras se saborea una exquisita Abita lager, la principal marca de cerveza de la ciudad.


Ya en el French Quartier, por Decatour, calle que bordea el río Mississippi, se encuentra el tradicional Café du Monde, junto a los stands del Mercado Francés. El desayuno tradicional incluye beignetes, unas confituras deliciosas, preparadas con leche en polvo, huevo, harina y levadura, que se fríen y sirven espolvoreadas con abundante azúcar impalpable. El café también tiene un sabor especial porque está cortado con achicoria. De paso por Decatour, tras un paseo cerca del río, es imperdonable no degustar un gumbo en Coop’s a la hora del almuerzo. Gumbo es un plato tradicional de Luisiana, una especie de guiso aguado con langosta, cerdo y achuras diversas que se sirve con algo de arroz para rebajar el picor de la cayena, un pimiento que los locales usan en casi todas las comidas. 

 

Huracán. En el recuerdo de la ciudad, donde hubo casi dos mil muertos

 


Otro plato tradicional a base de cayena es el crawfish étouffée, un guiso de cangrejo y frutos de mar hecho a base de grasa y harina, pero con mayor abundancia de yema de huevo, lo que le da una consistencia más clara y un sabor más amable que el gumbo. Un buen lugar para probarlo mientras se escucha buena música es Port St. Peter, ubicado en la calle que le da nombre al local, transversal a las tradicionales Bourbon, Royal y Decatour. Otra opción es probar una exquisita hamburguesa casera con bacon y french fries en Port of Call, un restó decorado como un puerto marítimo situado en Esplanade. Esta es la calle más paqueta del centro de New Orleans, con casas modernas, algunas ostentosas, y un arbolado bulevar con bancos de piedra que da un aire encantador a la arteria y anima a los enamorados a dar un paseo nocturno.

 

Y si el bolsillo quedó algo pelado, los sándwiches de hamburguesas y pollo en locales Poo Boy’s (un equivalente de nuestras pancherías, sitio de encuentro para afroamericanos y blancos de clases bajas) son una gran alternativa para comer rico, barato y conocer a la real people de Luisiana.


Nueva Orleans es una ciudad plana y el mejor modo de recorrerla es alquilando una bicicleta en algún local céntrico. Desde el French Quartier y el Distrito Financiero adyacente se pueden tomar la avenida Saint Charles o Magazine, una distinguida calle de locales de ropa, y desde allí seguir directo hasta Garden District, un sector de la ciudad con aire bucólico y distendido, con bares y cafés al estilo neoyorquino, pero rodeados de grandes plazas en lugar de rascacielos.

 

Quizá sea arriesgado, pero vale la pena hacer un recorrido por Tchoupitoulas, la calle más larga de la ciudad, que desemboca en el tradicional Tipitina’s, el club donde suelen tocar glorias de la ciudad como Aaron Neville o Dr. John, y donde hoy funciona una academia y escuela de música. En el recorrido, bordeando embarcaderos, se puede curiosear los talleres donde se construyen las enormes carrozas para el leyendario carnaval de Mardi Gras.

 

Andar en bicicleta es, además, seguro (los autos se detienen al instante si van en sentido transversal), pero es factible que un policía pare la marcha si el vehículo no lleva las dos luces reglamentarias. En cambio, no es recomendable acudir a centros de información turística en busca de sugerencias. A diferencia de otras ciudades, aquí la información va acompañada de propuestas algo compulsivas para hacer tours por pantanos, zonas arrasadas por Katrina y paseos en buque a vapor por el Mississippi. Mejor es hacer la experiencia propia, descubrir la ciudad al ritmo de los lugareños que la reconstruyeron y la viven. Ese ímpetu se siente, y es contagioso.