"A la Justicia no le interesa la gente"

Por Andrés Klipphan

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Federico Delgado es el fiscal que impulsó la investigación contra Macri por los Panama Papers. Escribió un libro con la periodista Catalina de Elía en el que cuestiona al Poder Judicial y advierte sobre la connivencia con los funcionarios de turno.

“Cuando hubo indiferencia de los medios masivos de comunicación y de la sociedad civil, la justicia fue funcional a la corrupción del poder político de turno”, escriben en su libro La cara injusta de la justicia el fiscal federal Federico Delgado y la periodista Catalina de Elía. Esa crítica y autocrítica está presente a lo largo de las 143 páginas de la obra al que denomina como un "legado" con el que pretende que se genere una corriente de debate. "Por ahora, no pasó nada. Apenas me retiraron el saludos algunos jueces que ya casi no me miraban”, reconoce Delgado con cierto placer en su ironía, mientras ceba y toma mate en su oficina, vestido con jeans y zapatillas, como se siente cómodo.

 

El fiscal que impulsó la investigación contra Macri por los Panama Papers y que tiene a su cargo expedientes que involucran a la actriz Andrea del Boca, el enriquecimiento ilícito del ex secretario de Obras Públicas José López y la fiesta electrónica de Costa Salguero, recibió a Veintitrés para hablar de un libro en el que, con datos contundentes, explica la forma en que algunos jueces federales “duermen” causas y son permeables a los deseos del mandatario de turno; a la vez que aceleran los tiempos procesales, y hasta “los persiguen como venganza” cuando los funcionarios abandonan el poder, para así complacer al nuevo gobierno.

 

Autores. Delgado y Catalina de Elía, frente a Comodoro Py.

 

Los autores utilizaron las palabras “la justicia” para comenzar el primer capítulo (denominado “Cuando la justicia acaricia a los fuertes y aplasta a los débiles”) y el último (“La construcción colectiva de la justicia injusta”) termina con “la ley”. Dos palabras, justicia y ley, que deberían transitar por el mismo sendero.  “Los magistrados son maestros en utilizar los tiempos para beneficiar al poder de turno. Los tiempos que prevé la ley son breves, sin embargo los tiempos reales, manejados por los jueces y fiscales, son eternos. Los jueces tienden a ser simpáticos con el poder”, dice Delgado en una entrevista con Veintitrés.

 

– ¿Entre ellos lo incluís a Daniel Rafecas? Porque lo mencionás en forma crítica.

–Entre otros. Rafecas no es el único.

 

–Es inusual que un funcionario judicial desnude con dureza las fallas, los secretos y las miserias del funcionamiento del sistema que integra. 

–Yo, que soy un gran bocón y que doy a conocer mis resoluciones a la prensa porque es la manera de que la sociedad civil se entere, creí necesario dejarlo por escrito, en este caso en un libro junto a Catalina. También lo hago desde mis clases en la UBA. En lo personal quería ver si pasaba algo, si alguien reaccionaba, pero no pasó nada… como me imaginaba.

 

–Y… el Poder Judicial es una gran corporación, y usted lo sabe.

–Pero lo peor no es eso. Lo peor es que la Justicia no soluciona los conflictos, tarda mucho, habla mal, habla poco. Y cuando habla lo hace en un lenguaje que sólo entienden sus pares y los periodistas, como Catalina, que siguen los temas judiciales. La justicia no le habla a la gente. Tampoco le interesa, y eso los favorece.

 

–¿Y eso por qué?

–A través del rastreo de investigación que hacemos en el libro sobre cómo se formó el Estado argentino tenemos la hipótesis de que la Justicia en vez de un ser un contrapoder es parte del poder. Entonces al ser parte del poder sigue los mismos vientos que la contingencia de la arena política, y eso es un problema. Lamentablemente los argentinos no hemos logrado construir instituciones sólidas y que, de algún modo, puedan ser impermeables o lo menos permeable posible a los intereses de las personas que ocupan los roles de gobierno.

 

–Lo escuché decir que el  punto de partida de su libro es la crisis de la justicia…

–Sí, una crisis en la justicia nacional que no puede negar nadie. La conocen los operadores y la gente que la sufre. La justicia no le soluciona los problemas a la gente. Se los agrava. Se supone que el Poder Judicial es un contrapoder entre cuyas funciones primordiales se encuentra la de apaciguar la vocación imperial del Poder Ejecutivo y que debería mantenerse aparte del ruido político.

 

–¿Y la corrupción?

–Eso se solucionaría si, por ejemplo, el Consejo de la Magistratura actuara como debiera, pero tampoco es así y termina siendo funcional a los malos jueces y al poder político de turno. Como le decía antes, los ciudadanos no logramos construir instituciones solidas que de algún modo puedan ser impermeables a los intereses de las personas que ocupan los roles de gobierno. Es decir, no hemos logrado separar el Estado del gobierno. Y al no poder separar el Estado del gobierno, a veces, el Estado se transforma en un instrumento de la facción que ocasionalmente ocupa el rol de gobierno. Entonces el poder judicial tiene que ser tolerante con el gobierno de turno y tiende a ser después feroz con ese gobierno cuando dejó de ser un poder instituido. En síntesis, el Poder Judicial no frena hoy al poder político, sino que lo integra.

 

–Eso está muy claro en el accionar de la mayoría de los jueces, y también fiscales, que manejan casos de corrupción del kirchnerismo, como antes lo hacían con el menemismo, por poner sólo dos ejemplos.

–Por eso le decía que los jueces quieren ser simpáticos con los poderes de turno para conservar el poder propio. La crisis del Poder Judicial no es un problema coyuntural ni se soluciona con juicios políticos, sino que es sistémico y que el gobierno republicano, así, no tiene contrapesos: termina por reducir la libertad de los ciudadanos.

 

–El término “simpático” aplicado a la relación entre el poder político y los jueces suena, como mínimo, inquietante.

–Habla de la independencia de la justicia. Al Poder Judicial, a la Justicia, no le llegó su 2001 como sí a los otros poderes del Estado, a los empresarios. A partir de la simpatía, empezamos a pensar que la regla es la impunidad. Que tiene un efecto horrible, porque corroe el cuerpo político y anula la libertad.

 

–¿El libro también es una autocrítica, ya que usted que forma parte del engranaje de justicia?

–Yo soy parte del sistema que criticamos. Es una autocrítica sobre mí mismo y el espacio en que tengo que trabajar. La calidad de nuestra vida pública afecta la vida privada en la inseguridad, la incerteza, la falta de premios y castigos. Espero no haberme convertido en indeseable para mis colegas. El texto es una intervención para generar un debate.

 

 

–Un debate que aún no se generó.

–No. Y no sé si ocurrirá, y esto habla muy mal del Poder Judicial. La Justicia es demasiado importante como para que quede en manos de un juez o de un fiscal. (Norberto) Oyharbide, como concepto, es culpa de todos, de la sociedad y de los medios. La sociedad lo cuestiona testimonialmente, pero no pasa a la práctica, no se ocupa de los asuntos públicos. Se queda en la crítica. El secreto es construir institucionalidad fuerte, no porosa a los intereses sectoriales.

 

–¿Cómo puede sintetizar en pocas palabras el mal funcionamiento de la justicia, sobre todo del fuero federal?

–El nombramiento, la designación de jueces y fiscales está muy politizado. Ergo, los jueces y fiscales son leales a la ley que juraron pero también a la facción política que los puso. Una de las principales metas de cualquier juez o fiscal es conservar su puesto. Y el pasaje para sobrevivir, como ya lo hemos hablado, es la simpatía con el poder de turno.