El día que Walsh abrazó la revolución

Por Revista Veintitres

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Era católico nacionalista y antiperonista, pero la represión a la que fue sometida la revolución de Juan José Valle transformó su vida y la de su familia.

Por Miguel Graziano

 

La Plata, calle 54 entre 3 y 4, casi en la esquina, en una casa sencilla que hoy ocupa un matrimonio de profesionales platenses vivió Rodolfo Walsh. En las veredas del barrio intercambiaba textos con un profesor de Literatura Latinoamericana que vivía a la vuelta. Walsh ya había sido lavacopas, limpiavidrios y comerciante de antigüedades. En esos años publicaba sus primeros cuentos y deslumbraba a Jorge Luis Borges, que formaba parte del jurado que le otorgó su primer premio literario por Las tres noches de Isaías Bloom, poco antes del debut literario con Variaciones en rojo, que obtuvo el Premio Municipal de la ciudad de Buenos Aires. Cuando llegó a La Plata, Walsh ya era escritor, periodista e intelectual, pero iba a ser en aquella calle 54 que viviera el hecho que lo iba a transformar de un escritor antiperonista en un militante montonero. En un revolucionario.

 

Walsh vivió en La Plata entre 1951 y 1957. Terminó la escuela secundaria y comenzó a estudiar Filosofía y Letras en Humanidades. Era católico nacionalista y antiperonista, pero la represión a la que fue sometida la revolución de Valle transformó su vida y la de su familia.

 

El 9 de junio de 1956, a los 29 años, Rodolfo pasaba la noche en un bar de La Plata cuando el general Juan José Valle se sublevó contra el gobierno de facto que había destituido a Juan Domingo Perón en setiembre de 1955. El levantamiento fue reprimido brutal e ilegalmente por la Revolución Libertadora: Aquella noche, sin juicio previo, ni derecho a defensa de ningún tipo, pese a violar el artículo 18 de la Constitución Nacional, que abolió “para siempre la pena de muerte por motivos políticos”, el gobierno del general Pedro Eugenio Aramburu fusiló a los rebeldes. Entre ellos, a un grupo de amigos que se había reunido en una casa de la localidad de Florida, en Vicente López, en el gran Buenos Aires, en torno a una radio a escuchar la pelea de box que la noche del alzamiento mantenían por el título Latinoamericano de peso medianos Eduardo Lause y el chileno Mario Loayza. El box no sólo era popular, sino que muchos boxeadores, como José Gatica, se identificaban con el peronismo. Antes de la revolución un locutor decía que Lause sangraba sangre peronista.

 

Algunos de los civiles detenidos en la casa de Florida tendrían una vaga relación con la conspiración; los otros, ni la imaginaban. Los civiles y militares que esperaban participar del alzamiento aguardaron que la proclama se escuchara durante la transmisión de la pelea, en un mensaje en clave que nunca llegó.

 

En La Plata, en Florida, en Rosario y en cada uno de los puntos del país en los que se había organizado el alzamiento irrumpió la policía para abortarlo. En los cuarteles fueron los propios militares. Hubo fusilamiento de civiles en Lanús y de militares en la Escuela de Mecánica del Ejército, en el Regimiento 7 de Infantería de La Plata y en cuarteles de La Pampa. Soldados conscriptos de ambos bandos murieron en los tiroteos que hubo en las calles.

 

A Walsh, la revolución frustrada la noche del 9 al 10 de junio, lo encontró jugando al ajedrez en La Plata. Él era, a esa hora, antiperonista: Su primera nota periodística fue un homenaje a un aviador naval, muerto en setiembre del 55, luchando contra las tropas leales al gobierno peronista.

 

El 23 de diciembre del 56 iba a comenzar a recordar aquella noche del 9 de junio en la que, según escribió luego, no le interesaba Valle, ni Perón, ni la revolución y sólo era capaz de preguntarse: “¿Puedo volver al ajedrez?”.

 

Para Walsh, tuvieron que pasar seis meses para que la revolución de Valle tomara sentido: “Recuerdo cómo salimos en tropel, los jugadores de ajedrez, los jugadores de codillo y los parroquianos ocasionales, para ver qué festejo era ése, y cómo a medida que nos acercábamos a la plaza San Martín nos íbamos poniendo más serios y éramos cada vez menos, y al fin cuando crucé la plaza, me vi solo, y cuando entré a la estación de ómnibus ya fuimos de nuevo unos cuantos, inclusive un negrito con uniforme de vigilante que se había parapetado detrás de unas gomas y decía que, revolución o no, a él no le iban a quitar el arma, que era un notable Mauser del año 1901”.

 

Y más: “Recuerdo que después volví a encontrarme solo, en la oscurecida calle 54, donde tres cuadras más adelante debía estar mi casa, a la que quería llegar y finalmente llegué dos horas más tarde, entre el aroma de los tilos que siempre me ponía nervioso, y esa noche más que otras. Recuerdo la incoercible autonomía de mis piernas, la preferencia que, en cada bocacalle, demostraban por la estación de ómnibus, a la que volvieron por su cuenta dos y tres veces, pero cada vez de más lejos, hasta que la última no tuvieron necesidad de volver porque habíamos cruzado la línea de fuego y estábamos en mi casa. Mi casa era peor que el café y peor que la estación de ómnibus, porque había soldados en las azoteas y en la cocina y en los dormitorios, pero principalmente en el baño, y desde entonces he tomado aversión a las casas que están frente a un cuartel, un comando o un departamento de policía.

 

Tampoco olvido que, pegado a la persiana, oí morir a un conscripto en la calle y ese hombre no dijo: ´Viva la patria´ sino que dijo: ´No me dejen solo, hijos de puta´”.

 

Entre diagonales. Poco y nada se sabe sobre el paso de Walsh por la ciudad. El prólogo de Operación Masacre permiten esbozar algunas hipótesis. Walsh cuenta que vivía en una casa de calle 54. La vivienda está al 418, entre 3 y 4, dato confirmado por el escritor platense Jorge Goyeneche, cuyos padres vivieron en una casa de enfrente. Hacia esa casa de calle 54 es que intentaba llegar cuando escuchó los disparos y salió del bar en el que jugaba al ajedrez. ¿Dónde quedaba ese bar si Walsh cruzó Plaza San Martín en su intento por llegar a su casa?

 

El escritor platense Ramón Tarruella investigó el paso de Walsh por La Plata. En su libro Crónicas de una ciudad, de Ediciones La Comuna, escribió: “El bar, durante las noches, se poblaba de jugadores de ajedrez inmersos en intensas partidas. Rodolfo comenzó a visitar el bar Rivadavia, en calle 50, entre 7 y 8, después de cenar con Elina, dispuesto a encontrar algún adversario, un estudiante noctámbulo, un funcionario del gobierno bonaerense, un bohemio, un compañero de tragos para atravesar la madrugada”. Es posible, entonces, que Walsh hubiera estado en ese bar la noche de la revolución de Valle.

 

Tarruella también menciona otro bar que “quedaba en un subsuelo, al que se llegaba por una escalera que descendía desde la puerta que daba a diagonal 80”.
¿Y la estación de ómnibus? La estación de ómnibus a la que sus piernas lo llevan una y otra vez estaba en diagonal 79, 5 y 54 y era usada sólo por una de las empresas de micros que hacía el recorrido La Plata - Buenos Aires. Parece incontrastable, entonces, que Walsh corría de un lado a otro sin atinar a llegar a su casa, en la zona de influencia del Departamento de Policía, en 3 y 53, la sede de 54 entre 4 y 5 (hoy Museo de la Memoria) y la propia sede del gobierno provincial (que ocupa la manzana de 6 a 7 y de 51 a 53).

 

Hay quien, de manera automática, tal vez por ser el sitio que sobrevivió al paso del tiempo, ubica a Walsh en el Club de Ajedrez La Plata. Los detractores dicen que en ese caso hubiera llegado a su casa sin cruzar la Plaza San Martín. Sin embargo, los que defienden esa teoría afirman que salió a ver qué pasaba y quedó en medio de una situación que le impidió volver a su casa.

 

Seguro. Lo que ya es un hecho concreto es que una tarde de diciembre el intelectual que escribía en la revista antiperonista “Fenix”, cuyo armado compartía con otros estudiantes de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), como María Celia Agudo, Rubén Córcico, Saúl Yurkievich y Arnaldo Calveyra, conoció a “el muerto que habla”: Juan Carlos Livraga había sido detenido junto a otras 14 personas en la casa de Florida antes de que fuera decretada la ley marcial y fusilado junto a sus compañeros en un basural de José León Suárez. Tal vez por inmoral, injusta y cruel, la orden fue cumplida a regañadientes por un grupo de policías que disparó a la distancia. Hubo siete muertos y siete sobrevivientes.

 

Según Eduardo Jozami, autor de Rodolfo Walsh, la palabra y la acción, “Walsh, como periodista de raza, como él decía que era, se siente realmente impactado con esta noticia, quiere conocer a ese sobreviviente tan especial. Después relata que queda impresionado con la cara de ese hombre, que todavía tiene las marcas de los tiros y la mirada perdida”.

 

–¿Qué nos van a hacer? –pregunta uno.
–¡Camine para adelante! –le responden.
–¡Nosotros somos inocentes! –gritan varios.
–No tengan miedo –les contestan–. No les vamos a hacer nada.
¡NO LES VAMOS A HACER NADA!
Los vigilantes los arrean hacia el basural como a un rebaño aterrorizado. La camioneta se detiene, alumbrándolos con los faros. Los prisioneros parecen flotar en un lago vivísimo de luz. Rodríguez Moreno baja, pistola en mano.
A partir de ese instante el relato se fragmenta, estalla en doce o trece nódulos de pánico.
–Disparemos, Carranza –dice Gavino–. Yo creo que nos matan.

 

La investigación. Los primeros encuentros con Livraga y los otros sobrevivientes fueron publicados en forma de notas en el diario "Mayoría" y, poco después, como libro: Operación Masacre es la primera novela de "no ficción" escrita en castellano y se anticipó en nueve años al Nuevo Periodismo, es decir, la aplicación de procedimientos propios del género novela al relato de hechos verdaderos.

 

Su hija, Patricia Walsh, aseguró que “Operación Masacre cambió su vida y la de toda la familia porque a raíz de las denuncias periodísticas y de las consecuencias de esas denuncias periodísticas a mí padre lo empezaron a buscar: ´Me tuve que ausentar de casa escribe en una carta a un amigo´. Esa situación de periodista perseguido por los contenidos de sus denuncias es algo que lo va a acompañar a lo largo de prácticamente el resto de su vida”.

 

Walsh comienza la investigación viviendo en La Plata, pensando en un premio Pulitzer, pero pronto se ve obligado a cambiar de identidad y a refugiarse en una casa del Tigre. Según Miguel Bonasso, “Walsh va tejiendo en su cabeza algo parecido a lo que podía ser la novela negra, a lo que podía ser las películas de la serie B, el periodista como detective, el periodista que investiga, que se convierte en Pulitzer, que vende su historia a la Revista Life, es decir, que puede hacer un gran suceso. Nada que ver con lo que realmente le ocurriría. A medida que él se va adentrando en lo que fue realmente esa masacre, la conciencia les va cambiando, es un poco como yo digo siempre, como pedía Sartre, Walsh se hace en el hacer”.

 

Después de Operación Masacre, Walsh escribe, junto a Rogelio García Lupo, El caso Satanosky (1958), donde investiga el asesinato del abogado del diario La Razón Marcos Satanowsky cometido por el Servicio de Inteligencia del Estado (SIDE).

 

Con el triunfo de la revolución cubana en enero de 1959 nació Prensa Latina, una agencia de noticias con la que compensar el peso que en el mundo periodístico tenían las agencias norteamericanas United Press, la Associated Press y la International New Service. Allí trabajó Walsh. Y descubrió un mensaje en clave enviado desde una agencia llamada Tropical Cable por la CIA hacia un campo guatemalteco en el que se entrenaban los cubanos mercenarios de la CIA que iban a participar más tarde en la invasión de Bahía de los Cochinos. Según García Lupo, “ese matenarial era indescifrable. Indescifrable para las personas normales, no para Rodolfo”.

 

Walsh renunció a Prensa Latina en marzo de 1961 y volvió a Argentina, donde continuó con sus investigaciones periodísticas. Y comenzó a acercarse al peronismo con “Esa Mujer”, un cuento homenaje a Evita, a quien no nombra. Según Jozami “Walsh no era peronista todavía, pero lo que sí había comprendido es que el antiperonismo era la ideología antipopular por excelencia en la Argentina”. El cuento fue publicado en Los oficios terrestres, en 1965.

 

Peronista. Walsh comenzó a trabajar en el Semanario CGT el primero de mayo de 1968. Y un año después empezó a militar en el Peronismo de Base. En 1973 comenzó a formar parte de la organización Montoneros con el grado de Oficial 2° y el alias de Esteban. Creó un sector del Departamento de informaciones de Montoneros, del que estuvo a su cargo. Tiempo después, fundo, el diario Noticias junto a su amigo, el poeta Francisco Paco Urondo.

 

El historiador Felipe Pigna escribió sobre la época: “A principios de 1974, dejó constancia por escrito de sus diferencias de concepción, tácticas y estrategia con la cúpula de Montoneros, en un último intento de cambiar el rumbo, que, de seguir así, llevaba a una segura derrota. No fue escuchado”.

 

Cuando en marzo de 1976 se produjo el golpe de Estado encabezado por Jorge Rafael Videla, Walsh creó la Agencia Clandestina de Noticias (ANCLA). Fueron tiempos difíciles: en septiembre su hija Vicky, militante de montoneros, murió en un enfrentamiento cuando apenas había cumplido los 26 años. Poco después, Paco Urondo decidió tragarse la pastilla de cianuro con la que cargaban los militantes perseguidos.

 

El 24 de marzo de 1977, al cumplirse un año del golpe, envió a las redacciones de todos los diarios su Carta Abierta de un escritor a la Junta Militar. Aunque entonces no fue publicada, la carta le sobrevivió. Un día después de haberla presentado, el 25 a la tarde, Walsh fue emboscado por un grupo de Tareas de la ESMA. Llevaba un revolver calibre 22 con el que pudo enfrentar a sus captores. Fue herido de muerte. Quedaron su obra y su carta, que lo ratifica como un hombre lúcido e insobornable: "fiel al compromiso de dar testimonios en tiempos difíciles".