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Por Marcelo Zlotogwiazda

LECTORES@VEINTITRES.COM

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El modelo económico de Macri se centró en los agronegocios y la energía. Las industrias sensibles parecen condenadas al achique. ¡Argentina vuelve al modelo de exportación de materias primas sin valor agregado?

Noah Mamet dejó el cargo de embajador de Estados Unidos en la Argentina el día que asumió Donald Trump, pero decidió radicarse en el país y a las pocas semanas instaló en Puerto Madero una consultora para asesorar a inversores, que según explicó tiene como “prioridad a cuatro sectores específicos: inmobiliario, tecnología, energías renovables y agronegocios”. 
No es casual que el documento Ejes de Trabajo del ministerio de la Producción proyecte que los tres “sectores estratégicos” que más inversión van a recibir en el trienio 2016-2019 serán energía, minería y agronegocios.

 

Tampoco es casualidad que tres de los cuatro sectores que Mamet escogió como prioritarios figuren entre los seis que más proyectos han generado desde que asumió Mauricio Macri. Según el Mapa de la Inversión que acaba de publicar la Agencia Argentina de Inversiones y Comercio Exterior, hasta fines del mes pasado hubo 455 anuncios de inversiones por un total de 60.920 millones de dólares. El ránking sectorial lo encabeza petróleo y gas con 14.700 millones, y le siguen minería con 7.500 millones, telecomunicaciones-medios-tecnología con 6.800 millones, servicios públicos con 5.300 millones, energías renovables con 5.100 millones e inmobiliario con 4.400 millones de dólares.

 

Las coincidencias dan una clara pauta del modelo productivo que se está perfilando en el país, muy inclinado hacia la explotación de recursos naturales y el aprovechamiento de las ventajas comparativas que tiene la producción agropecuaria y los agronegocios en general, y en el que tienen algún espacio actividades de alto contenido tecnológico (telecomunicaciones, software, informática, biotecnología).

 

Madera, indumentaria y calzado son las tres industrias menos competitivas


En ese modelo productivo que se va perfilando a partir de las inversiones anunciadas o en curso van perdiendo presencia varias de las ramas manufactureras tradicionales, que se achican por baja rentabilidad y por su falta de competitividad frente a la producción extranjera. Varias de esas actividades en retroceso figuran en el fondo del Ranking de Competitividad Industrial 2017 elaborado por la consultora Abeceb. En la evaluación sobre veintidós sectores, los cinco menos competitivos resultaron, en orden decreciente, autopartes, máquinas de oficina, madera, indumentaria y calzado.

 

El informe señala que “el pobre desempeño en materia de competitividad de los sectores de este grupo implica la necesidad de contar con la protección de la política comercial para su supervivencia”.  Pero no son pocos los que creen que esos sectores poco eficientes deben dejar de ser protegidos, lo que inexorablemente los colocaría en el camino hacia la extinción e implicaría la pérdida de decenas de miles de puestos de trabajo. Según Abeceb, las tres ramas manufactureras menos competitivas emplean a uno 250.000 trabajadores.

 

Uno de cada cuatro proyectos de inversión que se anunciaron corresponde a petróleo y gas 


Uno de los que se pronunció abiertamente a favor de que se termine con la protección industrial es Orlando Ferreres. “Llegó la hora de decir que eso no puede seguir”, escribió en La Nación. “¿Qué ganamos con seguir postergando decisiones que hay que tomar? Siempre se dan buenas razones a esta pregunta, pero no se responde lo básico, que es hasta cuándo lo vamos a seguir haciendo. Creo que llegó el momento de las decisiones difíciles y tendremos que hacerlo, aunque nos cueste. No se puede seguir posponiendo lo que es obviamente necesario”, agregó sin anestesia.

 

En la misma línea draconiana pero con estilo más salvaje, José Luis Espert dijo en un reportaje del mismo diario: “Los auténticos decadentes han sido aquellos sectores que tuvieron un beneficio artificial durante la época kirchnerista; los textiles, calzado, la industria metalmecánica; sectores que crecieron a tasas insostenibles y alucinantes y ahora se vieron golpeados”. Incluso critica al gobierno de ser “un populismo de buenos modales que mantuvo una economía muy cerrada al comercio y con planes de apoyo para calzados, textiles, motos, etcétera”.

 

 

La consultora que dirige Dante Sica no coincide con la opinión de Ferreres y Espert acerca del enfoque que tiene el gobierno sobre las ramas manufactureras poco competitivas. El informe de Abeceb señala que “dado que la administración actual apunta a integrar la economía argentina a los mercados internacionales y a las cadenas globales de valor, estas ramas se enfrentan al desafío de logar mayor competitividad o reconvertirse hacia otras actividades”.

 

Los dogmáticos del liberalismo económico plantean que la disyuntiva para los sectores poco competitivos es alcanzar estándares de eficiencia suficientes para competir en un mundo globalizado o desaparecer. Además de maniqueo es un planteo falaz. En primer lugar, porque una mejora de productividad requiere tiempo, y porque aun suponiendo que eso suceda es poco probable que alcancen niveles como para competir con países que, por diversas razones, producen más barato. En términos generales puede afirmarse que, salvo la fabricación de alimentos y de muy pocas otras excepciones (tubos sin costura, por ejemplo), las industrias manufactureras argentinas siempre van encontrar en el mundo competidores que los superen.

 

En el informe de Abeceb, los cinco sectores más competitivos son, precisamente, alimentos, bebidas, insumos siderúrgicos, farmacéutica y derivados del petróleo. Tampoco es casual que durante su estadía en China Macri haya insistido con mostrar el potencial de la Argentina como proveedor de alimentos al mundo, que ya produce para 400 millones de personas y que, dijo, va a duplicar la producción en los próximos años.

 

No está nada mal que así sea. La gran duda es si ese rol de proveedor de alimentos para el mundo va a seguir estando muy concentrado en la exportación de materias primas con muy poco valor agregado, o se va a diversificar a productos con mayor elaboración. El informe de Abeceb advierte que “nuestro país tiene un bajo porcentaje de exportaciones de alimentos de alto valor agregado: un 62 por ciento de las mismas corresponden a derivados de soja”.

 

Mientras Macri intenta que los chinos le compren a la Argentina más alimentos, en el primer cuatrimestre del año se importaron de China calzados por 53 millones de dólares y textiles por 111 millones, un 10 y un 105 por ciento más hace dos años.