La censura al porno tras la "salud pública"

Por Revista Veintitres

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En 2016 los votantes de Los Angeles evitaron una medida que podría haber acabado con el porno

Por Leonardo M. D’Espósito
@despoleo
 

Siempre hemos dicho que el primer paso para la legalización completa de la pornografía -y de la desdramatización del género, dicho sea de paso- provino de los Estados Unidos, de aquel movimiento que, a continuación del éxito de Garganta Profunda en 1973, logró liberar esa clase de escenas y su consumo para adultos. Eso implicó también el desarrollo de una nueva industria, y si las cosas terminaron circunscribiendo las imágenes de sexo explícito al gueto del porno industrial (o del porno amateur con la llegada y expansión de Internet), tiene más que ver con el uso que se les da a tales imágenes que con el arte en sí mismo.

Sin embargo, la guerra de los elementos más conservadores de la sociedad norteamericana contra la pornografía no solo no se detuvo, sino que, cada tanto -y especialmente con los gobiernos republicanos- recrudece. Es lo que está sucediendo en estos momentos en el estado de California, específicamente en Los Angeles, el polo audiovisual más importante del mundo. Allí se generan las películas y las series que invaden el planeta, y allí, también, la mayor parte del porno industrial mainstream que domina casi todos los canales de exhibición de estos productos.

El año pasado, una organización conservadora escudada en la salud pública, intentó pasar una ley que ordenaba a que todas las escenas porno incluyeran preservativos, algo que la industria rechazó. La ley fracasó porque la mayor parte de los votantes dijeron "no" al mismo tiempo que entronizaban a Donald Trump (así de compleja es la sociedad estadounidense, amigos). Pero se han redoblado otras iniciativas, especialmente una que afecta de lleno al negocio.

A partir del 1 de agosto, de no mediar una medida en contra, el Estado de Los Angeles otorgará permisos para la realización de filmes pornográficos sí y solo sí se aceptan ciertas revisiones de salud e higiene que cuestan un par de miles de dólares. Luego pueden revisar que las recomendaciones hechas por esa inspección se cumplan -sin apelación de los productores y en cualquier momento- por u$ 65 la hora de trabajo. Es necesario tener en cuenta que un filme pornográfico puede rodarse por no más de u$ 30.000, lo que implica que el 10% o más del presupuesto se va en estas "revisiones".

También es necesario tener en cuenta que hay una ley que obliga a los productores y performers a someterse a análisis de ETS periódicos y que ese régimen es espartano: una vez que se detecta a alguien con HIV, por ejemplo, se para toda producción en el área en una cuarentena que puede superar los cuarenta días que implica el término. Lo que los productores aducen es que la medida -que se aprobó en 2012 pero que, por una serie de apelaciones de las grandes empresas, solo podrá ser efectiva ahora- es que esos controles son suficientes -y más que eso- para evitar la transmisión de enfermedades y preservar la salud de los participantes.

Pero lo que hay en el fondo es el intento constante de eliminar la producción de pornografía. Algo contraproducente: la mayoría de los técnicos del cine y la TV encuentran trabajo allí cuando no están haciendo una de superhéroes o House of Cards (no más de tres meses de trabajo al año, con suerte). Además de la ganancia que implica en términos impositivos. Pero a los ultra conservadores eso les importa bastante poco: el asunto de la "salud pública" es, en realidad, el caballo de Troya de la prohibición. De hecho, los productores denunciaron que los permisos cayeron un 95% entre el año pasado y el actual, con solo 26 producciones permitidas. Por supuesto, dadas estas características, nadie puede hablar directamente de "censura". Aunque sí, es censura realizada desde otro lugar.

Aunque la legalización ocurrió en 1973, el ataque a la pornografía en EE.UU. recrudece cada tanto

Muchas veces hemos publicado aquí estadísticas de consumo del porno. Y sucede que en los países donde está prohibida o en territorios sumamente conservadores es, paradójicamente, donde más se consume. Incluso las poblaciones más reprimidas al respecto (las mujeres, sin ir más lejos) resultan en esos lugares las que más acceden. Es simple: la presión que prohibe termina multiplicando el atractivo. Eso es lo que sucede en Los Angeles, el hogar de Hollywood. Donde reventar cuerpos, destrozarlos o representar la violencia está bien siempre y cuando no se digan palabrotas ni se muestren cuerpos desnudos. Hay que pensar en los niños, claro.