La pornografía, entre el arte y la tecnología

Por Revista Veintitres

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Ni bien apareció el cine, los pornógrafos lo abrazaron, después colonizaron la TV, el video e Internet

Leonardo M. D’Espósito
ldesposito@diariobae.com

Si hay que pensar en las ventajas de la pornografía, una muy clara es el papel decisivo que tuvo en el desarrollo de las tecnologías de la comunicación y el arte desde finales del siglo XIX. Ni bien apareció el cine, los pornógrafos lo abrazaron; debieron esperar mucho, hasta la aparición del cable, para colonizar una parte de la TV, pero lo hicieron rápidamente. Cuando surgió el video, fue el porno el que tuvo el rol decisivo en el desarrollo de ese mercado.

Gran parte de los desarrollos digitales que tenemos se deben a las necesidades del negocio pornográfico

Luego pasó con Internet -hemos escrito al respecto-: ni Netflix ni los servicios de securización bancaria estarían allí si no hubiera sido porque el XXX es un consumo vergonzante. Paralelamente, es necesario decir que esa tecnologización a ultranza está causando algo extraño que también influye en el porno. Por ejemplo, la desaparición paulatina del cine, sustituido, por un lado, por los contenidos realizados para los SVOD y, por otro, por entretenimientos audiovisuales más breves y progresivamente inmersivos.

En la pantalla grande esto es paradójicamente evidente: se trata cada vez más de generar espectáculos que puedan sumergir al espectador en la experiencia, donde la narrativa es sólo el hilo conductor para poder pasar un tiempo allí. Si pudiéramos vivir en el mundo de Marvel, por ejemplo, difícilmente esperaríamos una historia que no pudiéramos dominar sino lo contrario: ser nosotros mismos superhéroes.

En el porno pasa algo muy similar: la creación y la imaginación para plantear invenciones dentro de lo sexual ha dejado paso a las tecnologías que permiten "estar allí" sin estar. El sexo es la fantasía última y, al menos desde que lo descubrió Freud, la pulsión más importante. Sin embargo, las sociedades han avanzado como conjunto menos que los individuos, y las normas de grupo se imponen aún a los deseos individuales.

En parte, por suerte: después de todo, creamos las leyes para que eso fuera así, cedemos parte de nuestra libertad y muchos de nuestros deseos más oscuros para poder vivir en sociedad. El problema con el sexo consiste en que las normas están quedando muy por detrás de las verdaderas costumbres. La pornografía fue, en tiempos pretéritos, parte de un entretenimiento social, aunque es importante aclarar que toda actividad humana en los tiempos clásicos estaba puntualmente sacralizada (el sexo también, claro, si no vean las estatuas de Príapo o los cultos de Pan).

El desarrollo de las sociedades seculares -y sobre todo la falsa ilusión surgida en el siglo XIX de que la ciencia podía explicarlo todo sin necesidad de apelar a lo divino- paradójicamente fue arrinconando al sexo lúdico primero al dormitorio, luego a los moteles y, finalmente, a los sitios de Internet.

Contenidos basados en la pura sensación generan un adormecimiento en la capacidad de imaginar

Disculpen la longitud de la explicación, pero es necesaria para entender qué va a pasar de aquí en más con el porno. Hace algunas semanas les relaté mi primera (y espero, por el bien de mi vista y mi cabeza, última) visita al porno 3D casquito mediante. Hoy leo que todos los grandes productores del género opinan que sólo la experiencia inmersiva y la altísima definición (4K en adelante) salvarán al porno. Lo que implica que serán los primeros en crear esos entornos virtuales para "estar sin estar", aislando aún más al espectador de la comunicación con otros arte mediante (sí, incluso arte pornográfico).

No es algo alentador: lo que podrá suceder es que vean en 3D cómo un cuerpo ajeno parece estar sobre ustedes. Faltarán -ya lo sabía André Bazin cuando hablaba de que el cine aún no había sido inventado- las sensaciones táctiles, gustativas, olfativas. La imaginación deberá suplirlas, pero serán sólo eso, sensaciones. Las narraciones que incluían imágenes de sexo explícito creaban otra cosa: contaban un cuento que, además de excusa para el sexo, era también una metáfora o un reflejo del mundo.

La idea de que eso podía suceder al lado de casa, y esa idea poderosa es la que justificaba -todavía justifica, veremos hasta cuándo- todas las formas de narración. Y cuando el sexo irrumpía, tenía carga dramática, un espesor y una profundidad que superaban el simple hecho sensorial. Curiosamente, esas emociones producidas por el drama sostenían y multiplicaban la excitación de la imagen explícita. Un arte audiovisual basado sólo en sensaciones adormece la imaginación. El porno, una vez más, será pionero de ese adormecimiento.