Argentina, foco heterogéneo y de calidad en las noches de Toronto

Por Revista Veintitres

LECTORES@VEINTITRES.COM

¦

Gran recepción al cine nacional en Canadá

Fernando E. Juan Lima 
Toronto
 

El catálogo de la edición número 42 del Festival Internacional de cine de Toronto (TIFF) se nota visiblemente más flaco que el de los años anteriores. Como parte de una tendencia que parece querer imponerse en el mundo, la idea es la de festivales un poco más pequeños en cantidad de películas, para poder permitir más proyecciones de cada película (que, por su parte, sería elegida con un criterio más rígido para su incorporación en la muestra). En ese contexto, con una reducción de la oferta que ronda el 25%, llama aún más la atención la cantidad de películas argentinas seleccionadas, que sobrepasa por mucho la de la mayoría de los años recientes. No son demasiados los países con más cantidad de representantes en la muestra; y esos casos son los de cinematografías ciertamente más grandes y establecidas (EE.UU., Reino Unido, Francia, Italia y, por supuesto, la local).

No sorprende que el público agote las entradas para ver La cordillera

El prejuicio que en nuestro país puede todavía existir en algún público respecto del cine argentino opera en sentido exactamente inverso en el exterior (y en particular en Toronto). El cine argentino opera como una "marca país", como un sello de calidad que lleva a colmar las salas de casi todas las proyecciones. Un público que conoce la cinematografía argentina (aquí se pasaron, por ejemplo, la primera película de Santiago Mitre, El estudiante, así como La ciénaga y La niña santa de Lucrecia Martel o Encarnación y Aire libre de Anahí Berneri) se mezcla con otro que simplemente quiere ver "algo argentino".

En ese contexto, no sorprende que las entradas se agoten para ver La cordillera (en su premier en Norteamérica) y que el público (casi 400 personas) en su mayoría se quede para participar de la sesión de preguntas y respuestas tras la proyección. En algo que no sucede en todos los festivales, este intercambio suele ser muy rico e interesante; así Santiago Mitre, quizás aludiendo a algo más que a la idiosincrasia de nuestro pueblo, sostuvo que "a los argentinos les gusta más discutir de política que el fútbol".

La gran expectativa de la cinefilia mundial tiene que ver con el estreno de Zama, que ya pasó (fuera de competencia) con casi unánime apoyo de la crítica por el recientemente finalizado Festival de Venecia. La miopía de quienes dejaron pasar la oportunidad de programar en otras competencias esta obra única ha paradójicamente contribuido a construir esta imagen mítica, épica, de la esperada nueva película de Lucrecia Martel tras nueve años de ausencia en las pantallas de cine con un largometraje. La adaptación de la novela de Antonio di Benedetto muestra continuidades y rupturas con su filmografía anterior, al tiempo que se planta frente a la tiranía de la narrativa contaminada por las series, en la que el guión ocurrente y la lógica causa-efecto todo lo determinan. La posibilidad de construir sentido desde las imágenes y el sonido (algo esencial y único en Martel) es ese plus que confirma la valía de una autora global que con valentía e inteligencia sabe apartarse de las modas circunstanciales.

Pero eso no es todo. También con gran repercusión en lo que tiene que ver con la recepción por el público, hasta ahora se proyectaron en Toronto las últimas películas de Diego Lerman, Una especie de familia, y Anahí Berneri, Alanis. La primera dialoga con la anterior Refugiado, jugando menos con el fuera de campo, para acercarse a la difícil temática de la compra de bebés (con las implicancias criminales pero también sentimentales que importa); en tanto que la segunda tiene a Sofía Gala Castiglione como centro absoluto para acercarse a una prostituta en la Ciudad de Buenos Aires, que sobrevive como puede con su pequeño hijo. Podría pensarse en películas de "tema comprometido", lo que podría llevar a intentar lazos entre ellas; sin embargo, la mirada y el acercamiento formal son bien diferentes. La diversidad y riqueza de nuestros realizadores desmiente la idea de que con el rótulo de "cine argentino" se está haciendo referencia a un conjunto que posee características similares. El elemento común sólo es el origen; y, afortunadamente, la heterogeneidad.