David Griffith o por qué es el verdadero padre de la cinematografía

Por Revista Veintitres

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Cinco películas esenciales para romper los prejuicios

Leonardo M. D’Espósito
Revisando los nombres a los que les hemos dedicado esta página, caí en la cuenta de que no hemos hablado del padre del cine, el señor David Warth Griffith. En principio porque uno siempre tiene reparos para recomendar películas mudas en blanco y negro. El prejuicio consiste en pensar que eso no es verdaderamente cine, o que el probable espectador carece hoy de ese entrenamiento que implica ver algo que se aleja de su experiencia cotidiana con la pantalla grande (o chica).

Griffith entendió que cada tipo de plano narra de modo diferente

Pero la verdad es que pienso en un lector con la suficiente inteligencia y curiosidad como para probar, adaptar la anteojera a una situación que por muy antigua que sea puede ser nueva para él, y además que Griffith es totalmente moderno, totalmente contermporáneo. Es decir: acomodando un poco la visión, tenemos una experiencia increíble ante sus películas, mucho mejor que ante la andanada de cosas que nos llega semana a semana.

Griffith pensaba el cine como nadie más en esos primeros años del siglo XX: El nacimiento de una nación no es una casualidad sino algo perfectamente pensado y ejecutado. Era un lector voraz y alguien que entendió, antes que nadie, que el cine tenía posibilidades que ninguna de las otras artes poseía.

Así, desarrolló un sistema, un lenguaje que solo puede realizarse con la tecnología cinematográfica. Su campo verdadero fue el melodrama, pero también el cuestionamiento político. Es cierto que, analizadas desde hoy, sus ideas al respecto resultan retrógradas, reaccionarias, racistas o incómodas. Pero eso no implica que sus películas sean malas. También es cierto que hay que pensar el contexto en el que esas películas se realizaban y qué pensaba la población no solo de los Estados Unidos sino mundial respecto de ciertas cuestiones como la "raza" o el poder. Y Griffith, que había nacido en 1975, sufrió las consecuencias de la caída del Sur y de la Guerra Civil. Primero es necesario entender eso, antes de juzgar su visión política.

Porque lo que nos legó es inmenso y es necesario mirar sus filmes para comprenderlo.

Comenzó a filmar en 1908 para Edison, cuando las películas se hacían de manera bastante primitiva, en pocos decorados y con luz solar, siempe en planos fijos y generales. Griffith empezó muy temprano a experimentar con el plano americano y el primer plano, incluso el plano detalle. Es decir: entendió que la cámara debía mirar como el ojo humano y que lo que miraba debía de tener cierta importancia narrativa. Alternar un plano de rostro con un detalle implicaba narrar que ese detalle alteraba emocionalmente a ese rostro. Parece simple hoy, pero nadie lo había sistematizado antes. Si uno se anima a ver filmes anteriores a El nacimiento... como La batalla de los sexos -un melodrama que se acerca al film noir, con una mujer que complota con su pareja para seducir a un joven rico- notará que solo nos distancia de ese estilo la precariedad de las máquinas que la hicieron, no la precariedad del director, preciso al extremo. ¿Qué ver? Vamos a hablar de obras casi obligatorias. Aseguramos que valen la pena y hay sorpresas.

1) El nacimiento de una nación. Es una obra maestra, no importa qué versión (tiene diferentes duraciones) vea. Es cierto que, en el último rollo, el inventor del "rescate a último minuto" sitúa como héroes a los locos del KuKlux-Klan. Pero también vean tres cosas: cómo Griffith, al principio, coloca en una secuencia familiar un perro y un gato, previendo la pelea que la guerra causará en el seno de dos familias hasta entonces unidas. Vean, también, las increíbles secuencias de batalla, o la huida del sur tras una derrota en un plano que une el detalle sufriente con la épica del movimiento de masas. O, para convencerse, busque en YouTube el impresionante asesinato de Lincoln.


2) Intolerancia. Aquí Griffith cuenta cuatro historias sobre la intolerancia religiosa (su respuesta a las acusaciones y pedidos de censura a El nacimiento..., que fue un gigantesco negocio, de los más grandes de la historia del cine). Es lo de menos: lo importante es que, en lugar de contar una historia, luego la otra y así, de modo cronológico, lo hace mezclándolas todas. Una rueda de cuádriga, por ejemplo, se transorma en otra de un automóvil. Más allá de que para esa película se hizo el set más grande de la historia (el del banquete de Baltazar), la película es un extraordinario ejercicio de montaje inteligente.

3) Pimpollos rotos. Este melodrama ambientado en el Londres de fines del siglo XIX cuenta la historia de una mujer abusada por su marido (ella era la enorme Lilian Gish, musa de Griffith), y que conoce a un joven chino que se enamora de ella. Por supuesto que todo lleva a la tragedia. Las secuencias íntimas y el montaje veloz de la última parte, así como la reconstrucción del ambiente, son absolutamente perfectas.

4) La batalla de los sexos. De lo último que hizo: comedia casi toda muda pero con algo de sonido sobre una seductora, un plan por dinero y el amor. Griffith hace reír y demuestra que había entendido todo.

5) Judith de Bethulia. Griffith transforma una historia bíblica en un gran melodrama romántico con ecos de Dickens, su máximo ídolo. La reconstrucción de época o el lujo no son lo que sostiene la película, sino cómo Griffith -un extraordinario director de actrices- logra que la estrella Blanche Sweet sea a veces una gran heroína, a veces una seductora, a veces una joven sufriendo por amor de un modo coherente. Esa profundidad psicológica la construye la propia cámara y -central- el montaje.