Por qué lo hacemos

Por Revista Veintitres

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Salud. Cerebro y toma de decisiones ¦

Test del juego y otras opciones para evaluar las conductas de las personas ante determinadas situaciones.

Por Ignacio Brusco*

Las decisiones fatales y grandiosas que determinan nuestro destino son mucho menos conscientes de lo que pensamos con posterioridad, en los momentos de reflexión”. Sándor Márai

Puede considerarse que nuestra conducta sea el resultado de la lucha entre la emoción y la razón. Dice Michel Gazzaniga, neurocientífico cognitivo, que el sistema nervioso es un sistema destinado a la toma de decisiones para la supervivencia. Esta definición, aunque peque de reduccionista, finalmente tiene una razón implacable. Dado que todos los mamíferos intentamos a través de nuestros instintos sobrevivir y así darwinianamente sobrevive el más apto.

Pero al homo sapiens, es decir a nosotros, se nos han incorporado otras funciones a partir del desarrollo de la corteza cerebral que permiten agregar control a las decisiones a largo plazo, disminuyendo la posibilidad de errores conductuales, lo que los médicos legistas consideran la capacidad para conocer y conducir los actos. Situación que no pasa, ni por asomo, en nuestros parientes mamíferos con menos tamaño cerebral, como los chimpancés, y mucho menos en ratas o gatos.

Dicho esto, podemos considerar que la función instintiva y emocional es regulada fundamentalmente por nuestro sistema límbico (descripto por el neurólogo James Papez) que controla nuestro sistema emocional.

Este sistema está en la parte interna de nuestro cerebro, llamada subcorteza, y que es muy primitiva y antigua (arquicerebro) generando las motivaciones instintivas de supervivencia a la que luego, a través de la evolución, la rodea la corteza cerebral (neocorteza), que nos provee de la posibilidad de controlarlas moderadamente.

Estas funciones del instinto se pueden resumir en “las cinco c” que son: comer, correr (miedo), combatir (lucha), copular y el control conductual de la temperatura (como por ejemplo ponernos al sol cuando hace frío o a la sombra cuando tenemos calor).

Cualquier ser viviente que presente una alteración de estas funciones presentará un problema importante para sobrevivir y así dejar descendencia.

Pero, como fue dicho, sobre estas funciones al hombre se le incorpora el control de las cortezas cognitivas. Últimas en la evolución de las especies y últimas en madurar en evolución individual de las personas.

Es así que hemos desarrollado nuevas armas como el lenguaje, las destrezas, complejos, una memoria muy activa, la capacidad de abstracción y, fundamentalmente, la posibilidad de inhibir las conductas instintivas, para poder tomar decisiones bastante asertivas a corto y largo plazo.

Lo cierto es que estas decisiones finales son los últimos vectores entre la emoción y la razón. Más aún, es la lucha entre los instintos y la razón desembocando en un fenómeno conductual, que es el acto final.

Puede medirse esta función en estudios neurocognitivos muy complejos sobre la toma de decisión, como por ejemplo el Test de Juegos de Iowa desarrollado por Bechara en esa universidad, que es una prueba de juegos de apuestas que permite evaluar la capacidad decisoria de las personas, fundamentalmente a largo plazo. Incluso puede determinarse la capacidad legal para desarrollar actividades civiles, como comprar o vender, o ser considerado imputable o no ante un delito.

Lo cierto es que tomar una decisión es una situación ineludible y, aunque quisiéramos evitarla, igualmente la estaríamos haciendo, quizá más determinante de lo que hubiera sido. Ya que si la excusa es no participar de la decisión y tratamos de eludir una responsabilidad, es posible que generemos más consecuencias, pues hemos tomado una las decisiones más importantes, que es la de no tomarla. 

*Neurólogo. Doctor en medicina y doctor en Filosofía. Investigador del Conicet.