De regreso a Octubre

Por Lucas Cremades

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Memorias de la masacre de La Bomba, Formosa ¦

Sucedió en 1947 y fue ocultado por la historia oficial. Una investigación da cuenta de las atrocidades cometidas no sólo por el primer peronismo, sino por los gobiernos anteriores que abrieron el camino para la represión.

Por Lucas Cremades

Lo que fue silencio, aparece. La historia oficial argentina tuvo y tiene varias manchas de sangre pertenecientes a los pueblos originarios de la Patagonia y del norte argentino. 
Durante el primer peronismo iniciado en 1945, la promesa de una reforma agraria dio esperanza a miles de campesinos e indígenas, quienes encontraban en el ideario político de Juan Domingo Perón la idea del progreso en reemplazo de las promesas nunca concretadas. 

La aparición del libro de investigación Octubre Pilagá, memorias y archivos de la masacre de La Bomba, (Ed. Tren en Movimiento), a cargo de la argentina Valeria Mapelman, que incluye el documental estrenado en 2010, explica la colaboración de la ciencia en la conformación de un pasado histórico de salvajismo opuesto a lo civilizado. Y repasa con grandes aciertos historiográficos, los antecedentes del genocidio que se remontan a los gobiernos de Julio Argentino Roca, Hipólito Yrigoyen y Marcelo T. de Alvear, y que culmina con el papel jugado por el peronismo en el ocultamiento de la masacre de 1947 en la actual provincia de Formosa.

Trasladarse a los escenarios de la funesta persecución de los pueblos originarios que remontaban el Río Bermejo y atravesaban las vastas extensiones de montes del noroeste argentino, y a la que Mapelman denomina “el Chaco decapitado”. En el primer capítulo de la flamante investigación revela cómo desde principios de 1900, desde las grandes ciudades el peso ideológico y discursivo de la elite pormenorizaba en el supuesto salvajismo de los indios del norte, para fundamentar su furibunda réplica: la sed de justicia de la civilización por sobre la barbarie. “La represión de 1919, ocurrida durante el primer gobierno de Hipólito Yrigoyen –cuenta el libro–, no será más que otra mancha en el moteado pelaje del ‘jaguar’ radical. Una mancha invisible y silenciada por la historia oficial por tratarse de indígenas muertos, tan perseguidos y marginados como aquellos obreros anarquistas fusilados en el Sur durante el mismo gobierno, y a quienes Osvaldo Bayer rescatara para siempre del olvido en Los vengadores de la Patagonia Trágica”. 

En octubre de 1947 una multitud se reunió en el paraje formoseño de La Bomba atraída por un líder religioso y político llamado Tonkiet, que como los ancianos recuerdan “sanaba todo tipo de enfermedades”. Los planes para la población originaria de los territorios del norte estaban trazados desde los tiempos de Julio Argentino Roca, y tal como lo señaló su ministro de Guerra, Benjamín Victorica, hombres, mujeres y niños eran considerados “brazos baratos para la industria”. 

En aquellos primeros días de octubre, el poder estatal representado por el escuadrón 18 de Gendarmería Nacional, no vio con buenos ojos la manifestación que se desarrolló en La Bomba, que era también una expresión de resistencia a las políticas de disciplinamiento pensadas para los pueblos originarios. En la tarde del día 10 se desató la represión que se extendió por más de veinte días con fusilamientos, capturas y violaciones, y que dio como resultado un número indeterminado de muertos y desaparecidos de todas las edades y cientos de prisioneros que fueron llevados a trabajar en los quebrachales y campos de algodón de las colonias estatales para aborígenes.

Consultada por Veintitrés, la autora relata cómo toma conocimiento del genocidio: “El hecho era conocido en Formosa por la gente wichí, pilagá, qom y también por los criollos. Pero fue silenciado muy eficazmente y durante muchos años, hasta que a partir de 1991, cuando se estaban por cumplir los 500 años de la llegada de los europeos a América, cobra fuerza un movimiento que se opone a la celebración del llamado ‘descubrimiento’ y denuncia ese momento como el inicio de un largo proceso genocida. Ese mismo año, como reacción al revisionismo, la revista Gendarmería Nacional publicó un artículo titulado ‘El ultimo malón indio’ en el que disfraza la masacre como un enfrentamiento y pone a las víctimas del lado de los agresores”. Entre 2005 y 2010, Mapelman recopiló las memorias de los sobrevivientes de la masacre de La Bomba. Sin embargo, aclara la investigadora, “ante la reedición de la historia de un ‘malón’ que nunca había sucedido, las víctimas relataron su experiencia a los ‘blancos’. La primera vez que escuché de este caso fue durante el rodaje de Mbya Tierra en Rojo –su primer documental realizado junto a las comunidades del Valle de Kuña Pirú, con la que obtuvo una mención en DD.HH, en la edición del Bafici 2006–. Entonces pensé que se trataba de un hecho similar a los ocurridos durante la campaña al desierto. Pero como había sucedido en pleno siglo veinte había testigos directos a quienes entrevistar”.

Así fue como la fotógrafa y asistente de dirección viajó a Formosa. “Cuando llegué a La Bomba tuve mucha suerte, porque las víctimas estaban esperando que alguien se acercara a colaborar con la difusión de una historia que necesitaban que se conociera. Y principalmente, que no había interesado a ningún historiador”, reflexiona. “Durante más de setenta años la transmitieron a hijos y nietos, y los detalles se mantuvieron vivos en la memoria oral del pueblo pilagá. Haber podido hablar de esas heridas ante la cámara de filmación fue un proceso difícil, pero reparador”, reconoce Mapelman, quien grababa las charlas sin entender el dialecto hasta que familiares de los sobrevivientes de la masacre que vivían en Buenos Aires participaron en la traducción de los históricos testimonios.
Valeria Mapelman editó en 2010, junto a la Red de Investigadores en genocidio y política indígena, el libro Historia de la crueldad argentina, Julio A. Roca y el genocidio de las pueblos originarios, coordinado por Osvaldo Bayer. Ante la idea de que esta masacre pueda ser señalada como la Operación Masacre del Peronismo, Mapelman advierte los riesgos: “Yo no compararía estos hechos con los de José León Suárez, magistralmente relatados por Rodolfo Walsh, porque los fusilamientos, las persecuciones y el cautiverio final en las reducciones estatales para aborígenes, durante la masacre de La Bomba, no fueron mecanismos aislados o exclusivos del primer peronismo. Fueron comunes a diferentes períodos y son parte de un proceso genocida que origina y conforma al Estado nacional. En este proceso el primer peronismo actuó a través del Ministerio de Guerra y Marina en la movilización de tropas y de un avión desde el aeródromo militar de El Palomar, a través del Ministerio del Interior y la Secretaría de Trabajo y Previsión en la administración de las reducciones aborígenes como campos de prisioneros y a través de la prensa para crear consenso. Esta coordinación no fue exclusiva de este período sino que fue parte de una política estatal que se inició mucho antes y continuó por varios años más, después de ocurrida la masacre”.

De aquel genocidio quedan los testimonios, expresados con el peso de los recuerdos que contienen el miedo de los perseguidos. Las balas, ejecuciones, persecuciones, detenciones y fusilamientos, desperdigaron a los pilagá por todo el Norte. Desatada la masacre, los fugitivos se internaron en el monte. “Un espacio enorme, inabarcable, que archivó la identidad de muchos muertos. No se sabe cuántos”, esgrime la autora. “Por los desaparecidos pilagá nadie jamás interpuso un hábeas corpus. Las familias no conocían las leyes de los blancos ni sus posibilidades de amparo. A los desaparecidos de pilagá se los tragó el monte. Fusilados a espaldas de los que corrían, o vencidos por la sed y el hambre”