Una ciudad imborrable

Por Revista Veintitres

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Lecturas. Roberto Arlt. Diez aguafuertes comentadas (Ed. EUFyL) ¦

Entre las más de 1.500 Aguafuertes porteñas escritas para el diario El Mundo entre 1928 y 1942, diez críticos y escritores eligieron para esta antología algunos de los textos canonizados del inigualable autor.

He visto morir. Roberto Arlt
(El Mundo, 2 de febrero de 1931)

Las 5 menos 3 minutos. Rostros afanosos tras de las rejas. Cinco menos 2. Rechina el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores iluminados. Ruidos de culatas. Más sombras que galopan.
Todos vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir.

La letanía

Espacio de cielo azul. Adoquinado rústico. Prado verde. Una como silla de comedor en medio del prado. Tropa. Máuseres. Lámparas cuya luz castiga la obscuridad. Un rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte. Un oficial. 
“...de acuerdo a las disposiciones... por violación del bando... ley número...”.
El oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que parece embadurnado de aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de fiebre. Negro círculo de cabezas.
Es Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huida hacia las sienes como la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de luz. Grueso cuello desnudo. Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa. Los labios parecen llagas pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento, lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la muerte.
El oficial lee:
“...artículo número... ley de estado de sitio... superior tribunal... visto... pásese al superior tribunal... de guerra, tropa y suboficiales...”.
Di Giovanni mira el rostro del oficial. Proyecta sobre ese rostro la fuerza tremenda de su mirada y de la voluntad que lo mantiene sereno.
“...estando probado... apercíbese al teniente... Rizzo Patrón, vocales... tenientes coroneles... bando... dése copia... foja número...”.
Di Giovanni se humedece los labios con la lengua. Escucha con atención, parece que analizara las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son importantísimas. Mueve la cabeza con asentimiento, frente a la propiedad de los términos con que está redactada la sentencia.
“...dése vista al ministro de Guerra... sea fusilado... firmado, secretario...”.

Habla el reo

–Quisiera pedirle perdón al teniente defensor...
Una voz:
–No puede hablar. Llévenlo.
El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. 
¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quién sabe!
El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate. 
Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar.
Ha formado el blanco pelotón fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita:
–Venda no.
Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso. Surge una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordene a la tropa, perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos.
Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?
–Pelotón, firme. Apunten.
La voz del reo estalla metálica, vibrante:
–¡Viva la anarquía!
–¡Fuego!
Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas. Fogonazo del tiro de gracia.

Muerto

Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.
Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna de La Razón, Álvarez de Última Hora, Enrique González Tuñón de Crítica y Gómez de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:
“Está prohibido reírse”.
“Está prohibido concurrir con zapatos de baile”.


Rojo y negro. Por María Moreno

Política del número
El número es más poderoso que la imagen. La única cuenta regresiva que importa es la de los minutos contados. Ritual zonzo en la salida de la carrera de galgos, en los minutos cantados en los tímpanos de un hombre caído que lo acercan a la derrota por knock out, se vuelve música de escarmiento y eco del corazón de las víctimas durante una ejecución. Roberto Arlt comienza su crónica de la ejecución de Severino Di Giovanni con una frase (“rostros afanosos detrás de las rejas”) entre dos precisiones: “las 5 menos 3 minutos” y “5 menos 2”. El lector paladea el horror en la cifra que viene, del menos uno al cero desde donde la hora progresará salvo para un hombre: el tiempo se irá entre la aparición del condenado, su fusilamiento, la constatación del cadáver a cargo del médico y el posterior trabajo del herrero: quitarle los remaches del grillete y de la barra de hierro –no hace falta retener a un muerto.
Un mito de verdad “científica” rodea al número: no sería lo mismo enrostrar 30.000 desaparecidos que 2.000 aunque la denuncia debería comenzar con uno solo. El número muestra su potencia en la cola de ceros; es decir, en el redondeo. No admite la comprobación fáctica. ¿Serían 6 millones los judíos asesinados en los campos o una valentonada técnica aseguraría unas decenas menos o más? ¿Importa?
Rodolfo Walsh, que había leído a Arlt, describe la muerte de su hija Vicki con palabras medidas pero las cifras gritan: 150 faps y una muchacha en camisón, cinco cadáveres y una nena de un año; la muchacha ese día cumplía 26.
Eduardo Jozami, que ha leído a Walsh y acaba de publicar sus memorias de la prisión, ha titulado al libro Las palabras contadas.
A Roberto Arlt no le hace falta dejar sentada su posición ante el fusilamiento. Quien quiera leer que lea. Le hace decir al reo “quisiera pedir perdón al teniente defensor”, “venda no” y “viva la anarquía”; son las palabras que elige reproducir. Alguien del ejército fusilador, de su mano armada legal, quiere detener las primeras cuando ya han sido pronunciadas; al condenado le está prohibido hablar. 
Quien pide perdón a su defensor asume su culpa, se enorgullece. Pero también le tiende un reconocimiento a un hombre que se ha jugado por él, el teniente Juan Carlos Franco cuyo alegato ha sorprendido a sus pares al cuestionar la competencia jurídica del tribunal militar para juzgar a un civil, la irregularidad de las formas de la detención y arengar contra la pena de muerte –luego será expulsado del ejército, desterrado. Era uno de “los hombres que se atreve”, encomiaba Rodolfo Walsh como Leónidas Barletta, que le publica las primeras denuncias que luego formarán parte de Operación Masacre, o Jorge Doglia, ex jefe de la división judicial de la policía de la provincia, exonerado por denunciar los fusilamientos; un justo puede encontrarse aun en el campo del adversario, alguien con quien hermanarse en el honor de los hombres. “Sin venda” será la prueba de coraje de que un hombre puede seguir siendo de acción, aun engrillado y ante un pelotón que recordará seguramente la potencia de esa mirada descubierta, sobre todo el oficial que dará la orden de fuego. Arlt escribe que ve sacar pecho al condenado, mantenerse recto en su silla. Como en contrapunto describe cómo los soldados retroceden un poco en sus posiciones por si rebotan las balas, relata cómo los disparos han cortado la soga destinada a sostener el cuerpo ante los impactos, volviendo irrisoria la cautela del oficial que la colocó. Al discurso oficial, lo capa: “...estamos probando... apercíbase al teniente... Rizzo Patrón, vocales... tenientes coroneles... bando... dése copia... foja número...” […] “Dése vista al ministro de Guerra... sea fusilado... firmado, secretario...”.
Socarrón, dicta unas probables prohibiciones que parecen aliviar la tensión insoportable que transmite la crónica o, al contrario, arrastrar al lector hasta el grito o al lugar del “reo” (una crónica puede ser un arma):
–Está prohibido reírse.
–Está prohibido concurrir con zapatos de baile.

Yeites de los cronistas

El primer drama literario del cronista de Indias es cómo hacerle imaginar al lector algo que él ha visto con sus propios ojos y que no volverá a suceder. Entonces suele recurrir a lo conocido en común. Ulrico Schmidl escribe en Viaje al Río de la Plata que unos indios llevaban en la nariz una piedra azul del tamaño de una ficha de damas. ¿Cómo puede hacer imaginar José Martí a los cubanos no viajados la altura del ascensor de la torre de Gable? Así: “el riente Gable con su elevador más alto que la torre de la Trinidad de Nueva York –dos veces más alto que la torre de nuestra catedral”.
“He visto morir” narra sobre una silla como de comedor en medio del prado, un testigo con frac, un ring y un condenado que “parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate”. Las imágenes familiares subrayan el horror de la escena. Severino, al caer, conserva las manos en las rodillas; bajo fuego el hombre sigue cuidando el fuego como si para un ácrata el fusilamiento fuera, en la confirmación de su causa, como tomarse un mate.
Roberto Arlt dice que Severino camina como un pato, una afirmación que no es posible discutir: es una figura: al pato se le dispara en el parque de diversiones, pato también es el hombre pobre, el que no tiene zapatos de baile.
En A sangre fría Truman Capote describe en los cuerpos de los criminales que van a morir ejecutados (en el libro y en la vida) la profecía de la muerte cuando los protagonistas ya han sido enterrados luego del cumplimiento de la pena de muerte (Dick tiene tatuado un diablillo que sostiene una horca, Perry varias calaveras y tumbas). La realidad provee objetos, palabras. Pero su uso metafórico puede provocar algo milagroso: que el lector sufra por los que sabe muertos, como si estuvieran vivos y fueran a morir.

La bandera
Roberto Arlt escribe “He visto morir”, el titular sensacionalista en primera persona: el más amarillo. Pero para haber vivido la experiencia necesita nombrar a sus compañeros, a ese contra-ejército de la prensa: “Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez de Última Hora, Enrique González Tuñón, de Crítica y Gómez, de El Mundo (nótese que sólo el cronista del propio diario –donde Arlt redactaba policiales–, y escritor, tiene nombre y apellido).
El color amarillo no tiene importancia porque Arlt ha pintado con las palabras su juicio final.
Con los “labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas”, “la lengua más roja que un pimiento” y los “ojos renegridos por el efecto de luz” ha hecho flamear los colores de la bandera anarquista. 

Eje periodístico y literario

Roberto Arlt (Buenos Aires, 1900-1942) es una figura central de la literatura argentina, de cuya definitiva modernidad ha sido, según Ricardo Piglia, su mayor artífice. Además de una obra narrativa que incluye las novelas El juguete rabioso (1926), Los siete locos (1929), Los lanzallamas (1931) y El amor brujo (1932) y los volúmenes de cuentos El jorobadito (1933) y El criador de gorilas (1941), escribió obras teatrales como Trescientos millones, Saverio el cruel (1936) y El desierto entra en la ciudad (1942), y alrededor de dos mil aguafuertes aparecidas en el diario El Mundo y recopiladas en diversas ediciones.