"Perder la relación con nuestro pasadoimpide encontrar nuestro lugar en la historia”
Pablo Pschepiurca es arquitecto, escribe sobre el tema, pero esta vez decidió sumergirse en el mundo de la literatura.
La novela es la historia de cuatro migrantes, ya sea por persecución política o por amor o desencanto, desde la actual Polonia, o bien huyendo de la hambruna y los pogromos de lo que hoy constituye Ucrania. Cuatro migrantes que en efecto existieron y que murieron en la ciudad de Buenos Aires entre 1934 y 1953. Si bien está alejada de la estricta búsqueda biográfica, Pablo Pschepiurca recrea en estas páginas una imaginaria pero verosímil genealogía familiar, la de sus cuatro abuelos, nacidos hacia fines de 1800.
Mendel, en el poblado de Wegrow, en la provincia de Varsovia; Sara, en la pequeña aldea de Bychawa, en la provincia de Lublin; Jeudith, en el pueblo de Talne, y Gersh, en la ciudad de Uman, estas dos últimas, localidades de la provincia de Kiev.
Los cuatro personaje crecieron durante un período crucial, las primeras décadas del siglo XX. La Revolución de 1905, la Gran Guerra, la Revolución Rusa, la Guerra Civil, los pogromos, las pandemias y hambrunas fueron para ellos experiencias constitutivas, tanto como las calles y plazas, ya inexistentes, de los pequeños pueblos de su infancia, de las ciudades de la juventud, de las grandes ciudades europeas.
En esta historia de ruptura con viejas tradiciones, de superación de pruebas desmesuradas y de abrazo a una nueva cultura.
Pschepiurca es arquitecto, escribe sobre el tema, pero esta vez decidió sumergirse en el mundo de la literatura.
—¿Cómo surgió la novela?
—Siempre fui muy lector y fantaseé con escribir. Sí tenía un ejercicio de escritura, más bien ensayístico, técnico. Esta es mi primera novela. Me interesaba ir un poco más allá y tratar de entablar un vínculo con mis raíces. La pandemia una posibilidad de tiempo de explorar. Esa exploración se transformó en una investigación. No te digo rigurosa, pero me dedicaba 6-8 horas diarias y me vi embarcado, me vi metido en un mundo que me resultó absolutamente fascinante, que yo lo conozco bien desde el lado histórico, que lo conocía desde el lado artístico, cultural, arquitectónico, etc., que son las dos primeras décadas del siglo XX. Lo quería contar desde las vidas comunes de aquellos que lo padecieron.
"Mi familia paterna es de lo que hoy es Polonia. En ese momento no era Polonia. Y mi familia materna es de lo que luego sería Ucrania. Todo eso era el imperio ruso. Primero tuve que empezar a conocer todo esto, me hizo conocer un mundo terrible, pero de dónde esta gente había salido, porque evidentemente estoy acá, y de alguna manera llegaron", cuenta.
"A mí me parecía que yo debía ser verosímil. Que si ellos me daban ese legado y que nunca habían podido hablar, estas cuatro palabras que surgen en los cuatro monólogos, son las cuatro palabras que traté de avistar a través de la verosimilitud de sus vidas. Le di encarnadura de alguna manera de modo tal que pueda levantarse. La investigación es muy materialista y tiene que ver mucho con la historia de la vida cotidiana y tiene mucho que ver con la microhistoria, que son cuestiones que a mí me han formado", sostiene el autor.
"Los nombres sí son de mis cuatro abuelos. Después no se cual es el limite, es lo que yo quisiera, es lo que me hubiera gustado que me contaron, así por llenar el álbum de cuando tus abuelos te cuenta cuando eras chico donde ibas a la escuela. Acá es al revés, es como que los abuelos le piden al nieto que llene lo que nunca nadie contó. Y bueno, a eso me convocaron" , afirma.
—¿Qué te dio a usted poder escribir este libro?
—Bueno, viene de la mano de querer no escribir un libro de moda. Es como que me metí en otro tiempo, me metí en otro siglo, de respetar esas normas. Me involucré, me sumergí y me gustó. Si yo no escribía esto, había algo que faltaba. Y no son mis abuelos. Yo hubiera querido conocerlos. Estos no son mis abuelos. Pero de alguna manera lo son. Estoy muy agradecido y conmovido por haber podido crear, no sé si personajes o unas personas con las que pude dialogar y pude de alguna manera hacer una reparación, o sea, ponerles una mano, tocarlos.
—¿Qué le gustaría que encuentre?
—Que pueda leer y reconocer unas personas, unas personas que han tenido una vida. Es muy difícil, una vida muy complicada, podría haber sido otra vida, pero es la que les tocó. ¿Y qué es lo que hicieron con eso? ¿Y qué es lo que han hecho con sus posibilidades, con sus capacidades, con sus frustraciones, con sus deseos? ¿Cómo cuatro personas pueden vivir y atravesar tantos cataclismos históricos y así y todo tener humor o mal humor o berretines o frustraciones, tristezas, deseos de unos zapatos de charol? ¿Sin morir? . La vida misma en medio del infierno. Me parece que esta gente fue arrojada de alguna manera a la historia y han tenido muy poco margen de decisión. Y eso me conmueve porque es como estar en un remolino y de pronto llegar a una agua calma. Perder la relación con nuestro pasado es imposible encontrar nuestro propio lugar en la historia.
"Es una búsqueda consciente, emocional, afectiva y que coincide también con muchas de mis pasiones que es conocer la vida cotidiana, conocer la historia, hurgar, rastrear", afirma.
—¿Y vas a seguir escribiendo? ¿Te gustó este camino?
—A mí me gusta mucho la arquitectura. Soy un arquitecto de equipo, trabajo en grupos. La literatura por lo menos, en la escritura, hay un acto de intimidad y un placer del hallazgo de la palabra. Me genera satisfacción escribir y ya tengo otra en camino.