-¿Le llevó mucha investigación?

-Sí, de hecho tomé conocimiento de los hechos que enmarcan la historia real que sirvió de tema para el libro, la de Elisa y Marcela, en 2015 y me tomó algunos años investigarla y madurarla. Pero sobre todo encontrar el camino correcto y la voz adecuada para contarlo.

-¿Es complejo retratar cuatro generaciones de mujeres?

-Para mí, en realidad fue la parte más difícil y desafiante. Entrelazar no sólo las diversas generaciones de las mujeres protagonistas del libro, sino también dar sentido, cohesión y consistencia a sus existencias. Y enmarcar la herencia psicológica que las persiguió con las mentalidades, ambiciones, éxitos y fracasos de cada una de ellas y el tiempo en que les tocó vivir. Pero las historias viven de la riqueza de estos desafíos. Espero que los lectores aprecien la forma en que resultó estar escrito y entrelazado.

-¿Qué rescata de cada una de ellas?

-Hay varias lecciones que aprendí de cada uno de ellas. El coraje y la osadía para enfrentar los dogmas cerrados de una época; enfrentar a amigos y vecinos, a la opinión pública, a las leyes y la justicia, a la policía, de varios países, en nombre de algo más grande por lo que Elisa y Marcela lucharon y creyeron. Pero también la forma en que uno puede nacer al margen de la sociedad y, enseguida, convertirse en un ejemplo de creatividad y admiración por la vena artística, sin olvidar los orígenes, como Cleide. O cómo afrontar los abusos machistas de la sociedad actual, aceptando romper con la rutina diaria, embarcarse en una aventura peligrosa o desconocida, con miras a rescatar algo más grande: el patrimonio y la memoria de toda una familia.

-¿Cuál es la importancia del amor en la novela?

-En el romance, como en la vida, el amor es el combustible para la transformación. Es la fuente hirviente de la existencia humana. Tanto el amor intenso, que lleva a los amantes a cometer los actos más inverosímiles, que generan un cambio en las rutinas de sus vidas, como el amor, frente al odio. La historia de Elisa y Marcela recuerda las grandes historias de amor, como la de Romeo y Julieta. Y creo que la literatura todavía tiene una deuda con el amor entre personas del mismo género.

-¿Cuál es el rol de la novela histórica?

-Creo que la novela histórica permite un acercamiento a la Historia de una forma más amena y sencilla. El conocimiento de nuestro pasado común ayuda a comprender el sentido de nuestra existencia, al menos como comunidad y civilización. Entender nuestros valores, cultura e identidad. Esto cobra aún más importancia cuando, como en el momento que vivimos, asistimos en directo a un potencial cambio en el orden mundial, a través de la guerra en Europa del Este. Me parece que leer ficción histórica, además de la importancia que resulta de la relación del lector con la literatura, del enfrentamiento con la condición humana en sus diversas dimensiones, nos otorga una perspectiva diferente de nuestro paso por la vida.

-¿Cuándo supo que quería ser escritor?

-Desde muy temprana edad, recuerdo disfrutar leyendo ficción y alimentando una enorme curiosidad sobre nuestro pasado común. Las civilizaciones que nos precedieron, sus mitos y leyendas, las transformaciones que dejaron en la Humanidad, la evolución de las mentalidades, creencias y conocimientos. Pero también de quienes, más conocidos o anónimos, fueron protagonistas de hechos históricos que contribuyeron al avance de la civilización. Por eso, siempre que leía una buena novela histórica, me fascinaba el mundo que allí se recreaba, y me venía a la mente la idea secreta de escribir también. Así que comencé a leer libros desde la perspectiva del escritor, no del lector. Tratando de averiguar cómo eran capaces de crear una buena melodía literaria, con sorpresas e imprevistos, para llevarme, con entusiasmo, hasta la última página. Pero eso no fue suficiente para que me convirtiera en escritor. Esto solo sucedió en una etapa posterior de mi vida, de manera repentina e inesperada, cuando, de repente, estaba escribiendo los primeros capítulos de "Laesclava de Córdoba", con una escena que tuvo lugar hacia el año 1000, en el atrio de la iglesia de mi aldea.

-¿Qué fue lo que llevó a dedicarse a novela histórica?

- Fue la inmensa pasión por saber más sobre nuestro pasado colectivo y sobre las diversas geografías del mundo, tanto desde afuera como desde adentro. Y ciertamente el hecho de que he leído muchas buenas novelas históricas.

-¿Cómo hace las investigaciones para sus novelas?

-Es necesario acudir a los archivos, bibliotecas, leer las narraciones de hombres anónimos o conocidos que vivieron los hechos de una época determinada, interpretar mapas y consultar libros de historia. Visitar países, ciudades, pueblos o pequeños lugares, captar su espíritu, sus olores y colores, como entrar en las casas, pasear por las calles, visitar los mercados, rezar en los templos, admirar monumentos y escudriñar horizontes. Y también para observar personas de la vida real, sus rasgos, tics y expresiones, sueños, deseos, miedos y angustias. A veces era necesario buscar fuentes fiables en internet, o incluso leer otra novela ambientada en ese momento. Otras veces, callar, cerrar los ojos y sentirme dentro de los personajes. Intenta pensar como ellos. Pero creo que lo más importante siempre es la imaginación. Crear la trama, trazar el arco de los personajes, darle consistencia a la historia y ser capaz de sorprender a los lectores.

-¿Considera que la novela histórica permite viajar en el tiempo?

-Sí, me parece que, hasta que no se invente otra, y junto con el cine, es la máquina más viable y capaz para viajar en el tiempo. Sumergirse en la historia que cuenta un buen libro de ficción puede convertirse en una extraordinaria experiencia de viaje en el tiempo y de viaje interior.

-¿La saga familiar es complicada de escribir en relación a mantener la coherencia de los personajes?

-Lo más importante es que sea una buena historia. Para ello, sí, es necesario asegurarse de que se creíble, cohesionada, adecuadamente ambientada en cada momento y lugar del pasado, sin perder el hilo que une las distintas generaciones. Especialmente en los aspectos interiores y psicológicos de los personajes. Es como hacer un rompecabezas, en el que, si una pieza no encaja, todo queda desordenado. Entonces es un gran desafío, encajar un rompecabezas centenario de varias vidas, cada una con su mentalidad, sus sueños, vivencias, traumas y miedos, en busca de una especie de redención familiar.

-¿Le cuesta dejar ir los personajes una vez que termina de escribirlos?

-En realidad, no lamento mucho este drama. Para mí, es como dar a luz a un nuevo ser. Si nació, hay que dejarlo crecer, tener vida propia, conocer a otras personas. Siempre siento una alegría secreta cuando un lector me cuenta la experiencia de haber conocido a uno de los personajes que creé. Y también me pasa que, después de años de su creación, hasta me pregunto si no existieron en la vida real, como muchas personas que he conocido a lo largo de mi vida y dejé de verlas físicamente.

-¿Qué le gustaría que el lector encuentre en esta novela?

-Además de un buen momento de lectura, me gustaría que el lector descubra una bella historia que, basada en hechos reales, le permita reflexionar sobre la condición humana. Además esta es una novela que busca honrar tantas mujeres que, a lo largo de la historia, no han podido vivir libremente su condición de seres humanos únicos e irrepetibles, con derecho a buscar, en total libertad, su felicidad. Y aquellas que, contra vientos y mareas, y arriesgando su vida y su libertad, se atrevieron a romper las barreras mentales, los prejuicios, las leyes de castración de una época determinada. Por otro lado, es una novela que retrata lo mejor y lo peor de condición humana: amor, pasión, injusticia, persecución, miedo, odio y (in)felicidad. Hay varias generaciones de mujeres decididas a no vivir cien años de soledad. Sí, porque, al fin y al cabo, la voz de Gabo resucita y también entra allí como el personaje masculino que desafiará y desequilibrará el desenlace de la trama. Espero que a los lectores argentinos les guste esta novela tanto como a mí escribiéndola.