Claire Keegan vuelve a demostrar su talento para construir pequeñas historias con un trasfondo muy profundo.  Cosas pequeñas como esas  introduce al mismo tiempo la historia reciente de Irlanda y sus secretos más oscuros. 

Trascurre en el invierno de 1985. Bill Furlong, el protagonista, trata de mantener equilibrada su vida cotidiana. “¿Cómo serían las cosas, se preguntó, si se dieran el tiempo de pensar y de hacer un alto? ¿Sus vidas serían diferentes o muy parecidas, o simplemente perderían el control sobre sí mismos?”, se pregunta Furlong. Y es allí donde pone el foco la autora irlandesa, qué pasa cuando un hombre común mete en asuntos que no son los suyos, qué pasa cuando se rompe el orden establecido, cuando se pasan barreras que se supone que no son las propias. La novela es un diálogo constante entre lo íntimo y lo social. Los pequeños detalles son ese lugar en donde puede encontrarse el infierno. 

Furlong es un trabajador  que vende carbón y madera que sube su demanda en pleno invierno.  De niño fue criado por una mujer que  lo trató como si fuera un hijo al mismo tiempo que empleaba a su madre, sin nunca saber quién fue su padre. 

 De adulto descubre que en el convento en donde realiza una entrega hay un grupo de adolescentes y niñas en pésimas condiciones realizando tareas de limpieza. Y que algo pasa con sus bebés. El temor a perder una vida  cómoda y predecible con cinco hijas, hace que su esposa se calle, pero él no se queda quieto.

Lo que encuentras es las Lavanderías de la Magdalena, también conocidos como Asilos de la Magdalena, administrados por la iglesia católica y el Estado irlandés de manera conjunta y que se mantuvieron activos hasta 1996. Se estima que la cifra de mujeres que fueron retenidas ilegalmente se encuentre entre las 10.000 y 30.000. En 2013 que el Estado irlandés pidió perdón por lo ocurrido.