ENTREVISTAh

"En muchas industrias, la esclavitud es la regla, no la excepción"

 El último viaje del Fenicios es la novela que la periodista y escritora Alejandra Rey acaba de publicar junto a cuñado ingeniero Horacio Massacesi.

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-¿Cómo surgió la idea la novela?

-Horacio Massacesi, el coautor, había viajado con su familia a Europa y mientras sus hijos y su mujer compraban en una tienda de esas enormes y se alegraban de lo poco que habían pagado las prendas, se preguntó cómo podía ser que fuera tan barato. ¿Qué hay detrás de cada camisa que se hace y se vende a tres euros?. Se imaginó que se podría tratar de trabajo esclavo y fue más lejos: dónde podía funcionar una fábrica con gente prácticamente secuestrada para que, en la era de las cámaras que todo lo ven, no registren eso. Volvió y me lo comentó, se dio mucha manija imaginando una enorme embarcación que jamás toca puerto, que se autoabastece, con gente de nacionalidades ignotas a bordo que llega engañada y me pidió que lo escribiera o que ayudara a hacerlo. Empezó como un libro por encargo y terminé enamorándome de la historia, porque cuanto más investigábamos, peor se ponía aquella idea de la esclavitud: es la regla no la excepción en muchas industrias.

-¿Cómo fue escribir a cuatro manos? . Vos periodista, el empresario ¿cómo compatibilizaron?

-Soy de las que piensan que cuando una sociedad es honesta todo discurre bien. En este caso, cada uno puso su metier: escribir es lo único que sé hacer y Horacio, con la mente de un ingeniero, me traía a tierra cuando me iba al carajo. Él se apegaba a lo pensado, esto es, tenemos que contar que los que embarcan llegan convencidos de que van a ser ricos y libres. Yo escribía y él leía y le daba vueltas a algunas ideas. Por supuesto, me apropié de los protagonistas: diseñé la historia de cada uno demostrando que a los nadie del mundo –desplazados, migrantes, minorías étnicas, pobres, desamparados- no los buscan nadie, se pierden en la noche de los tiempos y nada se altera. Horacio, en tanto, se encargó del barco y la tecnología (es ingeniero en sistemas) y de la psicología de los malos, esa gente que por dinero hace cualquier cosa o está dispuesto a todo. Ahora, con el libro en la calle, me atrevo a decir que no costó tanto, que fue muy bello escribir. Ah, y volviendo a las cuatro manos para escribir, con él nos conocemos de toda la vida porque somos cuñados.

 

"En muchas industrias, la esclavitud es la regla, no la excepción"

-¿Por qué el título?

-Tiene una doble lectura. Por un lado, es el nombre del barco/fábrica, una portacontainer equipado con todo lo necesario para no depender de los puertos. Y por otro, para demostrar que en el fondo todos, incluidas las víctimas de esta historia, somos Fenicios: nos gusta regatear, pavonearnos cuando compramos barato sin pensar en otra cosa que no sea la ganancia, vendemos al mejor postor sin miramientos, o nos atraen con dinero fácil y lo aceptamos, como hacían los Fenicios de la antigüedad.

-¿Por qué eligieron el policial para contar la historia?

-No lo elegimos, surgió por la trama. Conforme íbamos perfeccionando la idea inicial de gente que llega engañada y termina siendo esclavo, se imponía que algunos tuvieran el ansia de libertad y, claro, eso sería una batalla. En lo personal, es un género que me fascina: he leído policiales de autores famosos y de otros ignotos y exploro el género porque siempre hay algo para dar.

-¿Cómo fue la relación con los personajes?

-Los amé apenas comencé a pergeñarlos. Todos los personajes tienen algo de gente que conozco o nacieron en lugares que visité. La idea de Horacio era que el barco fuera una Babel para que no se comprendieran entre ellos, que se hablaran muchas lenguas, desconocidas preferentemente. Discutimos mucho sobre cada uno. Había mañanas que me levantaba y mataba un par, pero el ingeniero insistía en que tal o cual tenía que quedar vivo para realizar X cosa. A veces los personajes son muy tiranos, algunos de estos lo son, y es difícil la relación de los autores con cada uno de ellos. Los odias, los amas, les tenés pena. La vida misma. Estudié mucho el perfil de la juventud, de mi hija, amigas, sobrinos, vi cómo piensan o sienten la vida, tan diferente a lo que me pasaba a mí a esa edad. Fue una faena interesantísima. Tuve, además, ayuda de lectoras de los primeros bosquejos que aportaron mucho: mis queridas amigas Graciela Melgarejo y Silvia Pisani, por nombrarte solo a dos, fueron vitales y piadosas.

-¿A vos como periodista qué te dio la ficción?

-Me dio la oportunidad de ser, por fin, libre de escribir lo que se me antoja. Lo había hecho en tres novelas anteriores que hice como ghostwriter, pero ahora era libre del todo. Fue maravilloso, porque Horacio siempre aportó y escribió desde lo que él sabía: tecnología, máquinas crueles que esclavizan más ;y yo me apropié más de la parte humana de cada uno de los ¿héroes? y empecé a sentir como ellos. Digamos que hay que meterse en la piel de un esclavo, lo que no nos fue fácil, hasta que comprendimos que la esclavitud está a la vuelta de la esquina, en ferias de ropa barata, entre los quinteros que cultivan verduras o los soldaditos de la droga, cuya vida pende de un hilo tan finito que da miedo, es decir, si los buscás, tienen rostro. Y los vemos, están ahí cuando te limpian el vidrio en un semáforo, solo que no queremos verlos porque implicaría hacernos cargo. Entonces, es ficción, pero no ciencia ficción, porque convivimos con esclavos sin grilletes. En cuanto al género propiamente dicho, lo que tiene de bueno la ficción es que te deja descansar de tus propios problemas y miserias y, como parte de la fantasía individual, te hace muy libre.

-¿Por qué todos somos cómplices de la esclavitud?

-Porque sabemos que existe y no hacemos nada. Todos vemos hombres, mujeres y niños que están en la prostitución, los vemos en la calle, ¿de verdad no sabemos que detrás hay alguien que los explota? La esclavitud es la peor cara de cualquier sociedad. Europa, por caso, tiene a millones de migrantes que le tocan la puerta y no se la abren. Esos migrantes fueron esclavos de los europeos hace pocos siglos –que en el conteo histórico es solo un instante- y no se hacen cargo. En una nota que le hice a Arturo Pérez Reverte le pregunté por el fenómeno de los muertos en el Mediterráneo y de los desplazados en el umbral de España y me conmovió su respuesta: "No sé si yo lo veré, pero ellos van a triunfar en algún momento, porque tienen las ganas, la edad y nada para perder".

"En muchas industrias, la esclavitud es la regla, no la excepción"

-¿Hay mucha violencia, pero también amor en el libro, por qué?

-Violencia y amor están unidos, siempre, y vengan de a uno a desmentirme. Donde hay una está lo otro: no sé explicar psicológicamente por qué, pero lo veo siempre. Sí sé que todos queremos un abrazo al final del día. Solo el amor –no el de los enamorados necesariamente- da algo de paz y esperanza. Y a estos protagonistas les quitaron todo, menos la capacidad de fantasear y sentir.

-¿Cuál fue tu rutina para escribir una novela?

-Escribía cuando me surgía, pero también había días sin nada para decir. Hice (hicimos) mucha investigación para el libro sobre la industria textil, naciones desconocidas, costumbres extrañas, algo que me encanta, y mientras buscaba y buscaba, algunos personajes nacieron, crecieron y se hicieron grandes. No sé, la mente tiene ese espacio de la creatividad que para mí es un misterio, pero que mientras esté por mis neuronas, la aprovecho.

 

"En muchas industrias, la esclavitud es la regla, no la excepción"

-¿Pensás seguir por este camino?

-No tengo idea. Horacio tiene una capacidad de la que yo carezco y es que se le ocurren 30 ideas geniales por minuto. Espero que no se le hayan agotado, porque una secuela sería algo interesante. Sí confirmé que escribir me libera, de todo, es un oficio íntimo, quizá lo único genuinamente íntimo que se comparte y, aunque estresa, es apasionante.

-¿Qué te gustaría que el lector encuentre en esta novela?

-Un espejo de su alma, esa alma que tiene la solidaridad dormida frente a las injusticias del hombre.
 

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