"Los escritores recurren al psicoanálisis para alumbrar aspectos del alma humana"
La escritora y psicoanalista Damasia Amadeo publicó su novela Bella Vista.
"Me apoyé en el nombre del lugar donde nací: Bella Vista. Y titulé al libro con ese nombre. Sin embargo, el acento está puesto en Vista. Es decir, mi vista de Bella Vista, mi mirada de Bella Vista, mis ojos buscando en los resquicios del patio las malas hierbas que había que arrancar... Hice de la vista la brújula del libro. Y de esa mirada extraje lo bello, lo más bello posible. Lo bello no quiere decir que todo sea color de rosa. Lo horrible también puede ser bello. Ese fue mi trabajo: extraer lo bello a partir de mi mirada. En cierto modo, hay una operación lógica que ordena la obra", dice la escritora y psicoanalista Damasia Amadeo.
-¿Es autobiográfica?
-No, no es autobiográfica. No se trata de mi vida. Se trata de una vista de esa que yo era y de cómo miraba las cosas que me rodeaban. Lo que en el libro puede parecer una secuencia temporal es una cierta trampa, dado que, efectivamente, hay una cronología. Pero dentro de esa cronología predominan momentos, hechos, situaciones, recuerdos, y la ficción, que los envuelve a todos.
-¿Qué implica la separación?
-La primera separación está en el título: separé Bella de Vista. Luego vienen las separaciones en su contenido. La separación de los chicos que iban a diferentes escuelas: los ricos y los pobres, por llamarlos de alguna manera. O la línea de brea en el medio del asfalto, que divide en dos el vecindario. La separación entre la calle de asfalto y la de tierra, con sus remolinos provocados por el viento. O la del interior del predio donde estaba la casa, de la calle, donde el portón, con su campanita, delimita un adentro y un afuera. Hay separaciones familiares: la casa donde vivía el abuelo y la casa donde vivía la familia. O la ligustrina, que separaba a la familia de ese vecino enigmático con su supuesto exhibicionismo. También hay separaciones de habitaciones: la de las mujeres y la de los varones. Está también la separación de los padres. Y muchas otras más. Pero lo importante es entender que la primera separación está en el título mismo de la obra, que inaugura un cierto ritmo de separaciones y va conduciendo hacia la separación final, la que instaura un vacío definitivo: la casa vacía y la mudanza a un espacio nuevo, a una etapa inédita de la vida.
-¿Todas las familias tienen secretos?
-Claro, todas las familias tienen secretos. No hay familia sin secreto. Algunos se descubren, otros perduran. Al secreto siempre se le suma un enigma. Ese algo que nunca se dice y que tal vez sea también un misterio para aquel que guarda el secreto. No me refiero a los secretos de la vida cotidiana, sino a la función estructural del secreto. El secreto como un agujero en el que se alojan, de tanto en tanto, hechos.
-¿Qué pasa cuando se pierde la inocencia en la infancia?
-No hay inocencia en la infancia, hay un pasaje de lo que no se sabe, y se nombra "inocencia", a lo que se va a saber, y se llama "la vida". Freud definió al niño como un perverso polimorfo, que es todo lo contrario de esa supuesta inocencia de los niños.
-¿Qué te gustaría que el lector encuentre en esta novela?
-Espero que el lector me comunique lo que encontró. No espero nada en particular, pero sí que la novela se lea y que, en todo caso, me llegue de los lectores lo que ellos encontraron en la lectura.
-¿Cuánto hay de la psicoanalista en la escritora?
-Sería muy difícil decir que no hay nada. Pero intenté, y creo que lo he logrado, no usar la interpretación, que es el instrumento fundamental del psicoanalista. Lo que prima en la novela es la descripción atenta de los hechos, que, a diferencia de lo que sucede en el psicoanálisis, los envolví con una cierta belleza, una belleza que, en todo caso, espero el lector encuentre. No hago un trabajo de asociación libre. Me cuesta mucho escribir una frase como yo quiero, y puedo pasarme horas y horas frente a tres renglones, para, muchas veces, terminar el día con esos tres renglones en la basura y empezar de nuevo al día siguiente.
-¿Cuándo supiste que querías escribir?
-Escribo desde que tengo uso de razón. Nunca dejé de escribir: comentarios de libros, múltiples artículos de psicoanálisis, libros sobre psicoanálisis, un diario en la pandemia; además, soy responsable de una colección de psicoanálisis en la Universidad Nacional de San Martín. Es decir que la escritura, en sus diversas formas, es un partenaire que me acompaña desde siempre.
-¿Qué puntos en común tienen la literatura y el psicoanálisis?
-Ninguno. El psicoanálisis no es un arte, no entra dentro de la categoría de las artes; es una práctica precisa, que tiene sus modos de funcionamiento y también forma a sus agentes, es decir a los psicoanalistas. Nada de esto pasa en el arte. No se forma a un Cervantes o a un Borges. Tampoco nacen escritores. Se hacen a ellos mismos. Sin embargo, el psicoanálisis recurrió a obras literarias. Freud sentía un placer particular al leer el Quijote y sacó de su lectura enseñanzas para el psicoanálisis. Lo mismo Lacan con Claudel, Rimbaud, Kafka o Shakespeare, por nombrar algunos. A partir del cuento "La carta robada", de Poe, Lacan afina su teoría del significante, excluyendo no obstante todo análisis literario. Los escritores también recurren al psicoanálisis. Este les permite alumbrar ciertos aspectos del alma humana. Pero nada más. Freud decía que el psicoanálisis no puede dar cuenta definitiva del genio artístico. Tampoco se complementan el psicoanálisis y el arte en cualquiera de sus formas.
