Nadie se ofenda, entonces, si hoy hablamos de Jesús en el cine, porque no es cuestión religiosa. Jesús compite con Drácula, Napoleón y Sherlock Holmes como uno de los personajes más veces llevado a la pantalla. Y, en realidad, son casi nulas las versiones religiosamente irrespetuosas. Como sucede con los propios Evangelios, cada una de ellas presenta un costado diferente del personaje, y en general se lo utiliza (como suele ser en el verdadero arte) para hablar o mostrar algo más que la mera ilustración de una historia.

Quizás la mejor de las primeras es la que está integrada a Intolerancia (1916), la increíble y monumental película de D.W. Griffi th. Allí se concentra en el episodio de la adúltera, que lleva un poco mecánicamente a la Crucifi xión. Es un Jesús todo dulzura y estoicismo, el actor menos crispado de un fi lme que narra en realidad cuatro historias que se combinan en el tiempo, todas sobre la intolerancia y el amor. Las secuencias de masas son hermosas, y la de la Crucifi xión en sí, un ejemplo de uso del encuadre y la luz en sentido dramático.

Una muy especial es Rey de Reyes (1961), de Nicholas Ray (un auténtico maestro del cine) de 1953, una remake del clásico del mismo nombre realizado por Cecil B. De Mille en 1927. Pero la de Ray es la interesante. Jesús no aparece tanto (interpretado por Jeffey Hunter) sino un escéptico soldado romano que lo sigue y se terminará convirtiendo y los auténticos antagonistas de la película: Judas (Rip Torn) y Barrabás (Hary Guardino). Ambos quieren expulsar a los romanos y ambos tienen posiciones opuestas en cuanto al método. Mientras que Judas cree en una reforma religiosa pacífi ca (y por eso sigue a Jesús), Barrabás cree en la violencia, incluson en el terrorismo. Ese es el verdadero núcleo de una película que desecha el camino violento y dice que la “revolución” de Jesús es básicamente espiritual.

Muchos católicos -incluso en la Argentina- defenestraron sin verla La última tentación de Cristo, que no se basa en los Evangelios sino en una novela de Nikos Kazantzakis. Martin Scorsese es devoto católico y su guionista, Paul Schrader, de formación rígidamente calvinista. El fi lme muestra a un Jesús (genial Willem Dafoe) que no sabe si le habla Dios o Satán, que no entiende su misión, que duda y sufre. Que se asusta al resucitar a Lázaro y que, tentado por un ángel, desciende de la Cruz y vive una vida de hombre normal, con sexo (eso le reprocharon a la película, aunque es muy púdica), hijos y una profesión tranquila. Pero el mundo simplemente se va al demonio por eso. Y entonces Jesús pide a Dios volver al sacrifi cio. Es decir, una película católica hasta la médula que habla de la aceptación de lo divino y del valor de un sacrifi cio. Además es genial (los trabajos de Harvey Keitel, Barbara Hershey, Harry Dean Stanton y el Pilatos de David Bowie se llevan las palmas) y revierte la mirada marxista y desencantada de la novela original. Hay que verla sin prejuicios.

Y por último -hasta ahora- la muy controvertida pero exitosísima y “aceptable” La pasión de Cristo, de Mel Gibson, quizás el director más sádico del cine contemporáneo. También un gran realizador, con un sentido visual propio y talento para contar una historia. Se concentra en el juicio, la tortura y la crucifi xión. Lo hace de modo aparentemente realista (el fi lme está hablado en hebreo, arameo y latín) pero es una invención. Si buscan en los Evangelios cómo le pegaron a Jesús, notarán que el asunto se menciona poco y nada. Es decir, nadie sabe si se usaron ganchos que arrancaban la piel, etcétera. Gibson incluye sutilmente algunas líneas de humor (a veces negrísimo, como cuando dan vuelta la cruz) pero hace otra cosa. La película dice que todo lo material y terrenal, todo el dolor, no es más que una ilusión, que la vida está en otra parte, y por eso la saturación sádica de sangre y el plano fi nal que parece, casi, el surgimiento de un superhéroe. Jim Caviezel como Jesús es, después del crispado Dafoe de Scorses, el más “humano” de los Jesús de la pantalla.

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