Venimos -se habrán dado cuenta- revisando realizadoras cinematográficas, mujeres que han logrado, a veces a los tumbos, hacer películas en un medio demasiado dominado por hombres. La semana pasada hablamos de Penelope Spheeris, una verdadera punk del cine que logró insertarse en el mainstream aunque en los últimos años estuvo de capa caída. Lo que nos lleva a una compañera de generación, la gran Amy Heckerling, de las mejores comediógrafas que dio la pantalla en las últimas décadas.

Heckerling es una de quienes mejor han retratado los problemas y los placeres de ser mujer en la pantalla de una manera universal a través de la risa. No solo eso: en los años ochenta y principios de los noventa, supo mirar con absoluta precisión las obsesiones de dos generaciones que definirían el tiempo presente. A pesar de ser una realizadora crítica, de esas que toman posición, carece de subrayados y, sobre todo, de prejuicios. Su estilo es clásico, límpido incluso cuando en ocasiones deriva hacia el absurdo o establece ciertas rupturas modernas en la manera de narrar una historia. Algo que la destaca especialmente es que sus filmes, a diferencia de los de Spheeris, son siempre luminosos y tienen una alegría que, en alguna ocasión, supera el paso del tiempo y la muerte.

Por supuesto, parte de su escuela es la televisión. Sin embargo, a pesar de que ha desarrollado -y sigue haciéndolo- una carrera importante en la pantalla chica, sus películas son sobre todo cine. Tienen la concentración dramática y espacial que se diferencia de la dispersión y la tendencia episódica de la TV. Por otro lado, es una extraordinaria directora de actores, que sabe sacarle el jugo a cada personaje, siempre diseñados de afuera hacia adentro. Uno sabe cómo es cada uno con solo verlos y las películas, a medida que avanzan, lo que hacen es agregarle profundidad emocional a través de situaciones lilgeras. Ese es un logro bastante excepcional en un cine que suele mantener a sus personajes en el puro diseño.

Cuando se habla de la igualdad de géneros, hay que tenerla en cuenta. El principal logro feminista de Heckerling consiste en que los hombres no son peores que las mujeres ni viceversa, aunque el punto de vista suele ser esencialmente femenino. No porque se declame la femineidad, sino por otra razón: se trata de retratar la experiencia de ser mujer como una manera de ser humanos. De allí que podamos identificarnos con la Kristie Alley de Mirá quién habla o con la Alicia Silverstone de Ni idea.

Esta capacidad para dar vuelta como un guante una serie de lugares comunes sin por eso perder una mirada o una posición es capital para entender la manera como la realizadora se acerca y utiliza las herramientas de lo cómico. Todos somos ridículos y en toda vida hay ironías. No se es más infalible por ser mujer ni por ser hombre, y en esa falibilidad reside muchas veces el camino a la risa.

Como suele suceder con las mujeres que dirigen, no tiene una obra demasiado extensa. Se sabe: Hollywood es reacio a financiar a una señorita a la hora de dirigir, salvo que haya tenido algún éxito previo (lo que genera un círculo vicioso). Para entenderla, vayamos a sus películas más logradas.

1) Picardías estudiantiles. Hay que bajarla o buscarla en SVOD porque en la Argentina se estrenó cortadísima en 1982. Es la historia de un grupo de estudiantes secundarios en el Sur de California, todos dedicados a perder el tiempo, pasar días en la pileta, el rock y las drogas. Hay un personaje de drogón extraordinario que consagró a Sean Penn, gran actor cómico entonces. El filme no juzga nunca, sino que arma una trama de comedia romántica -el guión es de Cameron Crowe, casi autobiográfico en medio del aparente “reviente”: De una ternura rara.

2) Mirá quién habla. No debe de haber mejor película sobre la maternidad de una mujer de treinta años, profesional y soltera, que esta farsa con momentos geniales -solo la secuencia de títulos, con el embarazo y los espermatozoides corriendo y charlando es brillante- y con ese perfecto uso de lo maravilloso con el bebé que piensa -y escuchamos- con la voz de Bruce Willis. De paso, ni Kristie Alley ni John Travolta estuvieron nunca más simpáticos y queribles que acá.

3) Ni idea. Adaptación (escondida) de Emma, la novela de Jane Austen, narra como Cher -una genial Alicia Silverstone-, chica frívola pero de enorme corazón, trata de encontrarle un sentido a su vida a través de la solidaridad, mientras su padre se dedica a la política. Pero el filme es mucho más que eso: no solo retrata la frivolidad como un juego amable, sino que además dota de inteligencia a personajes que, en apariencia, no deberían serlo, contradiciendo el lugar común de Hollywood. Paul Rudd como galán es un hallazgo (Rudd siempre es un hallazgo, de paso).

4) La revancha de los nerds. No se llama así: se llama Una noche en el Roxbury. La dirigió Heckerling pero tuvo que salir de los créditos y quedó John Fortenberry. Se basa en dos personajes de Saturday Night Live, los hermanos Butabi, dos hiper grasas con dinero cuyo único fin en la vida es entrar a cierta exclusiva discoteca. Los Butabi son Chris Kattan y Will Ferrell, y la película está llena de humor absurdo, aunque el núcleo es el amor fraternal de esos dos ridículos. Una genialidad que no se supo entender en su momento y hoy es film de culto.

5) Vamps. Dos décadas después de Ni Idea, Heckerling se reunió con Alicia Silverstone y narró, de un modo libre y luminoso, la historia de dos chicas que viven la noche de Nueva York porque, de todos modos, no tienen salida: son vampiras. Aunque todo es gracioso, aunque hay romance y aventuras y mucha música y ternura, es quizás la película más agridulce de la directora, con la elección por la muerte de uno de los personajes en un final maravilloso. Pero todo lo que pasa es, también, una toma de posición de las mujeres frente al acoso masculino. Puro cine independiente de formas y de presupuesto.