En 1881, sin hablar una palabra de inglés y con cuarenta mil dólares procedentes de una estafa de valores, el arquitecto valenciano Rafael Guastavino viaja a Nueva York con intención de patentar allí la técnica medieval de la bóveda tabicada.

"Hace unos tres años, gracias a que se iban publicando en España algunos artículos en revistas de arquitectura sobre la figura de Guastavino, casi siempre a manos de académicos e historiadores de la arquitectura. De pronto me pareció que el personaje no solo era interesante desde el punto de vista biográfico (en el sentido más tradicional de la palabra) sino también desde el punto de vista identitario, porque en España muchas veces se intentaba hacer de él una lectura nacionalista o reinvindicativa, cuando a mí me parecía que en realidad se parecía más a un personaje picaresco", dice Andrés Barba a Veintitrés.

—¿Vida de Guastavino y Guastavino te llevó mucho tiempo de investigación?
—Un año, varios meses en España y luego en Estados Unidos, en Nueva York, en los archivos de la Public Library y de la Universidad de Columbia.

—¿Es un biografía con ficción?
Toda biografía es, inevitablemente una ficción, incluso las que se presentan como más documentadas y testimoniales. Esas, quizá, son las más sospechosas de todas. Toda la idea de este libro gira en torno a una fórmula que recuerda al lector (y en la que el autor se recuerda a si mismo) que la literatura en este sentido está atrapada en una contradicción esencial: tiene que hacer "como si" fuera posible contar una vida, aun cuando sabe que no es posible.

—¿Qué te atrajo de la vida de este hombre?
—Las reacciones que provocaba en el absurdo panorama identitario español, y sobre todo lo ambigua que era su figura, lo accidental y llena de sombras que era su participación en la arquitectura de Nueva York.

—¿Cómo es su relación con la paternidad?
Bastante delirante, como la de todos los hombres de su época, sobre todo cuando creaban empresas. Pensaban que sus hijos no eran más que una extensión de sí mismos.

—¿Qué hay del sueño americano?
—Pues que es una broma pesada, más pesada que la Estatua de la Libertad. Guastavino ni creía en esa ficción, el llega en 1881, cuando NY era una ciudad mugrienta de menos de dos millones de habitantes, muy distinta de la que estaba a punto de ser.

—¿Por qué elegiste contar la historia desde una biografía?
—Porque era un género que nunca había tratado, y porque odio la novela histórica. Es como un género degradado, una especie de novela rosa con respecto a la novela realista. Me parece que casi todas las novelas históricas están escritas desde parámetros completamente contemporáneos, tipo Cleopatra tiene depresión y esas cosas. La biografía es maravillosa, un género muy libre y disparatado, con muchos modelos de una gran libertad: Borges, Schowb, Michon, de Quincey, Echenoz.

—¿Qué es lo que lo hace un personaje digno de relatar?
—Los motivos por los que nos inclinamos a contar una vida ajena, o a fingir que podemos contarla, pueden ser múltiples. Y a veces hasta perversos. Podemos elegir contar la vida de alguien porque lo odiamos, porque nos parece detestable, por ejemplo. O porque es nuestro enemigo natural. Yo no sentía una gran admiración por Guastavino, pero me parecía que personificaba bastante bien a una parte del espíritu español que sí me divertía contar, porque en términos generales España me parece un país bastante paleto, pero con una dignidad extraña y con unos gestos muy particulares que nos hacen únicos cuando menos lo pretendemos.

—¿Qué te gustaría que el lector encuentre en este libro?
—Justo lo contrario de lo que espera. Para bien, obvio.

¿Cómo viviste la cuarentena?
—La viví en NY, en España y Argentina. De NY me tuve que ir porque mi seguro médico amenazaba con no cubrirme si enfermaba y en Baires y en España me denunciaron los vecinos. Ha sido como tomarse una cucharadita de lo peor de una dictadura militar. Pero eso es solo una impresión personal.

—¿Cómo la pasaste como escritor?
Esta pandemia ha puesto a prueba a la literatura. Ahora habrá que ver si los escritores estamos a la altura. Yo francamente espero que tenga su impacto, pero no en forma de tediosos diarios de la reclusión, sino en forma de cambio de paradigma. Creo que todos tenemos que encontrar palabras nuevas.

¿Salimos mejores o peores?
Obviamente peores, a la vista está. Pero tal vez los frutos lleguen más tarde, eso nunca se sabe. De momento lo único que hemos hecho es perder y perder.

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