Una de las cosas más difíciles para realizar esta columna es encontrar películas pornográficas o de temática sexual que valga la pena ver. Así como el 3D o los efectos especiales no alcanzan para que uno no se muera de aburrimiento viendo un blockbuster, pasa lo mismo con el sexo: no alcanza con cuerpos voluptuosos moviéndose sin trabas ante cámara, sino de algo más para que nos llame la atención y querramos seguir viendo. Es cierto que la mayoría de los consumidores de pornografía lo hacen solo como un estimulante para una actividad por lo general autoerótica. Pero hace mucho, mucho tiempo, en una lejana galaxia llamada Los Setenta Y Ochenta, había aún un deseo de narrar e integrar el viejo uno dos mostrado sin trabas a los goces de la narración y el cuento. Mucha agua ha pasado bajo el puente, aún quedan algunos que lo siguen intentando pero el cine porno, si no está muerto, permanece en un largo eclipse.

Por eso es complicado bucear en él para encontrar títulos interesantes. Porque además -quizás usted crea que el autor es un erotómano consumado pero no, no es así- hay que verlas. Y le podemos asegurar que el noventa por ciento de las películas pornográficas son muy aburridas. Una cosa es que nos divierta el sexo; otra muy diferente es ver durante cinco minutos cómo un órgano entra y sale acompasadamente de otro órgano. Al poco rato, pierde el sentido y, con ello, el efecto. De allí que muchas veces hayamos escrito lo que vamos a repetir: el problema del porno es cuánto dura una imagen en pantalla, es una cuestión -disculpen el término, es lo que hay- de montaje. Así que confieso: si cree que buscar películas XXX hacen que uno viva en estado de orgía perpetua, aseguro que nada que ver. Más bien enfría.

Pero cuando aparece algo que vale la pena ser visto, uno grita ¡Aleluya!, aunque la palabra tenga su no sé qué de religioso. Como resulta que el autor no es un erotómano pero sí un especialista en cine de animación, el descubrimiento (está en Xhamster, de nada) de The Big Bang, película de 1984 dirigida por el belga Picha (todo lo que está pensando ya lo pensé yo, pero en francés y holandés, los idiomas de Bélgica, el juego de palabras no existe), uno festeja. Picha (ver paréntesis anterior y dejar de reírse como en primer grado, el autor también lo va a intentar) se llama en realidad Jean-Paul Walravens y tiene varios largometrajes humorísticos (El eslabón perdido y Tarzoon son los anteriores a The Big Bang) y su estilo es el de la caricatura colorida, una especie de versión europea del cartoon clásico americano, que abundaba en chistes sexuales aunque no éramos capaces de verlos tan simplemente en la tierna infancia. The Big Bang es, además, una película de alto contenido político que se burla de dos guerras: la fría (es una película realizada en el último pico de la tensión entre EE.UU. y la ex U.R.S.S.) y la de los sexos, naturalmente.

Ubicada en el año 1995 (futuro lejano de entonces), en la Tierra ha habido una guerra nuclear, toda la población es mutante y solo quedaron dos continentes: U.S.S.S.R., donde solo viven hombres, y Vaginia, donde solo hay mujeres. Un Concejo intergalácito descubre que, si no se arreglan las tensiones de la Tierra, el Universo entero va a desaparecer. Para solucionar el asunto, piden un superhéroe, pero Superman está retirado y la Mujer Maravilla, con licencia por maternidad. Así que buscan a un tipo muy común, le dan ciertos poderes -digamos- sexuales, y a que resuelva el problema. En el continente masculino, rescata y se enamora de la mujer-mascota; en Vaginia, es acosado por la líder, una señora con mucho busto (en el sentido de "cantidad"). La sátira recuerda bastante en estructura y en burla a algunos de los viajes de Gulliver, especialmente a Laputa y Lagado, los de mayor contenido político. Al final, se desata totalmente un apocalipsis cómico lleno de sexo y comicidad a una velocidad que pocas veces aparece en el sector más adocenado y comercial del género.

Pero lo más interesante de esta película que carece en realidad de material directamente pornográfico, consiste en su mirada totalmente despiadada y carente de corrección política de las relaciones entre los sexos. No podría hoy realizarse una película así, porque puede ofender a alguna gente. En realidad deberíamos decir que el humor tiene una cuota siempre ofensiva y, también, otra de amabilidad y generosidad. Que es esa combinación difícil de lograr la que establece la diferencia entre el insulto cuyo único film es lastimar a otro y el chiste que solo quiere mostrar los costados irónicos y oscuros de la Humanidad, exorcizarlos por medio de la risa. En el caso de The Big Bang, no queda nada que no sea burlado, incluso Dios, que hacia el final decide que la Humanidad está demasiado loca como para que le importe algo. Pero como esta es una columna de sexo y como en este caso no hay spoiler que moleste, en el último plano triunfa el amor en forma erótica.

The Big Bang es parte de esa extraña provincia del cine que constituye la animación, pequeña y de la que solo conocemos los productos más industriales o infantiles. De ese país chiquito, la película se ubica en la frontera con el erotismo y con la sátira total, y bien puede verse como un antecedente de la obra maestra South Park. Aunque con bastante más placer y alegría.

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