Decía, este griego nacido en Buenos Aires, que la poesía era "un brusco don del espíritu" y que en los arrabales se desataban "silenciosas batallas del ocaso", en esos mismos arrabales donde él sorprendía a los compadritos espectrales regresando "a su cuchillo y su puta". Este transeúnte cósmico que creía que el Río de la Plata era un "azulejo oriundo del cielo" y que solía afirmar que al gaucho "Dios le quedaba lejos".

Este hombre niño que le escribía elegías a los portones del Buenos Aires perdido: "Esta es una vieja elegía/ de los rectos portones que alargaban su sombra en la plaza de tierra" y que sospechaba que el tiempo en los desiertos había hallado la substancia "para medir el tiempo de los muertos".

Este ciego que nos enseñó a ver las otras dimensiones de la noche: "Dios, que con magnífica ironía me dio los libros y los noches". Este meteorólogo de las lluvias pretéritas: "la lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado". Hablo de un aventurero de la eternidad, que nació entre nosotros, que nació de nosotros: "el tiempo es otro río, saber que nos perdemos como el río y que los rostros pasan como el agua". Me refiero a un contemplador de la luna de enfrente: "la luna ignora que es tranquila y clara y ni siquiera sabe que es la luna". A un enamorado de lo imposible: "entre mi amor y yo han de levantarse/ trescientas noches como trescientas paredes/ y el mar será una magia entre nosotros". Este habitante de nuestro poniente, doctorado en campos atardecidos: "el poniente no se cicatriza/ aún le duele a la tarde". Este biógrafo de malevos sagrados: "siempre el coraje es mejor/ la esperanza nunca es vana/ vaya pues esta milonga/ para Jacinto Chiclana". Este alquimista del oro y la sombra: "De hambre y de sed (narra una historia griega) muere un rey entre fuentes y jardines". Este hermano mayor de la nostalgia de mañana: "Como si hubiera una región en el que ayer pudiera ser el hoy". Este nombrador del misterio: "Detrás del nombre hay lo que no se nombra". Este mendigo de la divinidad: "Así voy devolviéndole a Dios unos centavos/ del caudal infinito que me pone en las manos". Este artesano del tiempo: "el eco del reloj en la memoria", este mortal haciendo inventarios infinitos: "Hay una fotografía que ya puede ser de cualquiera/ Hay una piel gastada que fue de tigre./Hay una llave que ha perdido su puerta". Este amigo del más allá, que urde palabras para los polizones del acá: "¿Qué cumbre puede ser la meta?". Este hermano de los desterrados de la pobre realidad: "A veces en las tardes una cara/ nos mira desde el fondo de un espejo/ el arte debe ser como ese espejo/que nos revela nuestra propia cara". Este amanuense de l. resignada esperanza: "Sé que los únicos paraísos no vedados al hombre son los paraísos perdidos". Este topógrafo de las esquinas de Balvanera: "Sobre la huerta y el patio /las torres de Balvanera/ y aquella muerte casual/ en una esquina cualquiera".

Entre nuestros días, nuestras calles, nuestras tragedias y festividades, él anduvo. Se dedicó toda su vida al brusco don del espíritu. Por eso ahora dedica toda su eternidad a ser Borges.

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