En estos días andamos por el Festival de Mar del Plata. Hay varias películas con sexo incluido, y podríamos trazar dentro de la enorme cantidad de filmes una especie de mapa erótico. Pero en lugar de eso, vamos a dedicarnos a hablar de una sola película, además de una película -digamos- “vieja”, porque nos va a permitir entender unas cuantas cosas. La película en cuestión -el autor la vio a los 17 años, así que le pega un poco el viejazo al recordarla- se llama Doble de cuerpo, fue un éxito de taquilla en Argentina -meses se vio su cartel, ese que inspiró la canción Persiana americana de Soda Stereo, en la calle Lavalle- y de lo más conocido del realizador. También es una obra maestra y también es, a pesar de su apariencia de farsa de suspenso, un melodrama donde la víctima y el héroe es, al mismo tiempo ambas cosas, el cine.

Si no la vieron, la historia es la del actor de películas clase B Jake Scully (Craig Wasson) que sufre claustrofobia y tiene un problema en un rodaje: hace de vampiro y no puede permanecer en el ataúd. El día que vuelve a su casa temprano, encuentra a su bellísima novia montada, literalmente, sobre su amante. Lo interesante es que el rostro con que la chica mira a Jake es de “y buéh, qué querés”, más que de pena o culpa. Se queda sin casa. Va a su clase de teatro y la pasa mal, contando su asunto con la claustrofobia. Uno de sus compañeros, en un bar, le ofrece prestarle la casa que, a su vez, está cuidando. Jake acepta: es un enorme loft sobre una torre con vista panorámica a la ciudad y a un edificio en particular. Hay un telescopio. Y el amigo de Jake, a cierta hora, le indica que mire porque “hay algo más”: del otro lado, en un dormitorio con las ventanas abiertas, una bellísima morocha se coloca diamantes y se masturba. Jake queda solo. Jake se obsesiona con lo que ve y Jake, por azar, encuentra y sigue a esa mujer con la que tiene un encuentro erótico. Pero luego, esa noche, cuando llega la hora del show, alguien va a matarla. Él trata de rescatarla pero no sólo no lo logra sino que lo culpan de no haber avisado a tiempo. Destrozado, vuelve a la casa y se obsesiona mirando porno, tratando de encontrar algo que le recuerde a su vecina asesinada y, entonces, descubre algo inquietante: cierta actriz porno se masturba igual que su vecina en un video y, cosa curiosa, tiene el mismo tatuaje en forma de paloma en una nalga. Nuestro (anti) héroe se introduce en el mundo del porno para buscarla, la encuentra, trata de “convertirla” en aquella y develar el misterio, y casi pierde la vida cuando aparece el asesino y se descubre que fue víctima de una confabulación. Todo termina bien: Jake zafa, vuelve a sus películas clase B y ahora está de novio con la actriz porno (una gran Melanie Griffith), así que bueno, encontrarla con otro ya no sería problema.

La película recuerda obviamente a dos grandes obras maestras de Hitchcock y del arte en general: La ventana indiscreta (1955) y Vértigo (1958). Pero mientras que Hitchcock consideraba que mirar era un pecado y se pagaba un precio para redimirse, De Palma cree que no, que ya está, que ganó el diablo y que lo máximo que se puede hacer es aceptarlo y vivir en ciertos márgenes. La secuencia donde Jake sigue a la misteriosa mujer (Deborah Shelton, una belleza bastante superior a Melanie, digamos todo) es una referencia a la de Vértigo en el Museo de San Francisco, pero en lugar de ocurrir en un lugar lleno de arte, es en un shopping, cima del consumo en la era Reagan. Todo lo que vemos es al mismo tiempo una cosa y otra, así como la mujer asesinada es y no es la misma que se masturba frente a la ventana. Esas escenas de autoerotismo son un gran desafío para el espectador: De Palma las fi lma de tal modo que le prestemos atención a la chica, “seamos” Jake, y perdamos de vista los detalles importantes que nos permitirían desconfiar de lo que vimos. De paso, es obvio que este filme pierde muchísimo en la TV, dado que requiere, para que su hipnósis sea efectiva, una pantalla muy grande.

El sexo está en todas partes desde la magistral y cómica secuencia de apertura con infidelidad incluida. En el centro de la película, Jake se conchaba como extra en la filmación de una película porno que es, también, un videoclip (Relax, clásico gigante de los 80 por Frankie Goes to Hollywood, una referencia acertadísima porque del “otro Hollywood” es que habla el filme). Y allí tiene relaciones con la prostituta que busca mientras lo filma. Esa escena es otra referencia a Vértigo, que, como el propio Hitchcock explicaba, era una pura perversión: “Básicamente, el protagonista se quiere acostar con una muerta”. Pero recuerden: aquí Jake protagoniza películas de vampiros clase B, así que no sería ilógico “dormir con una muerta”.

Lo interesante de la película es su moral. Para De Palma, el sexo es algo que se usa para adormercernos en nuestros sentidos más primarios. No es que condene la pornografía, sino su comercio, y habla de todo el cine. No es que condene el gran entretenimiento (Doble... es gran entretenimiento) sino su manipulación a veces demagógica y adormecedora. El poder nos obliga a mirar lo que nos satisface instantáneamente mientras lo importante o esencial nos pasa inadvertido. Ahora bien: De Palma es un maestro del cine, lo que implica que cada una de las secuencias de la película nos convence totalmente y nos transmite emociones. Las escenas de sexo son realmente eróticas, muy superiores en temperatura a las de películas más o menos contemporáneas como la inenarrable Nueve semanas y media (que intentaba “adaptar” Último tango en París) o cosas como las películas de Zalman King (que, de paso, eran mil millones de veces más calientes que “50 sombras de Coso”). De Palma es un gran artista, y como tal un pensador que no tiene respuestas únicas pero sí provoca pensar a partir del enorme placer -de todo tipo, erótico también- que generan sus películas. Vayan a verla como corresponde.