*Especial desde Cannes

Los últimos años (2017 fue, quizás, el ejemplo más patente) se habían caracterizado por una Selección Oficial muy floja, mayoritariamente centrada en cierto cine de la crueldad, que acude al shock o al chantaje emocional para generar una falsa sensación de importancia. Es cierto que había unas contadas obras que valían la pena; pero esas, justamente, no fueron las reconocidas por los jurados. Este año hubo un cambio sustancial: en la Competencia Oficial hubieron muchas muy buenas películas y el jurado presidido por Cate Blanchett, sin ser demasiado jugado, supo conservar cierto equilibrio.

Como sucede casi siempre, las películas de apertura y cierre fueron muy flojas, tal el caso de la comentada Todos lo saben de Asghar Farhadi, con Penélope Cruz, Javier Bardem y Ricardo Darín, como el de El hombre que mató a Don Quijote, de Terry Gilliam. El otrora miembro destacado de los geniales Monthy Python viene entregando películas cada vez más gruesas, explícitas, gritadas. Entre ambas, entre el 8 y el 19 de mayo pudieron verse las mejores películas en mucho tiempo de directores fundamentales del cine del presente (cuando no, de la historia del cine) como Jean-Luc Godard (Le livre d'image), Spike Lee (Blackkklansman), Jafar Panahi (3 faces), Lee Chang-dong (Burning), Hirokazu Kore-eda (Shoplifters), Nuri Bilge Ceylan (The wild pear tree), Jia Zhang-ke (Ash is purest white).

La Palma de Oro para Kore-eda reconoce a un director que tuvo obras mayores que ésta (Nobody knows, para mencionar una que tiene algún punto de contacto con la premiada). La soledad e indefensión de los niños en un mundo adulto que no termina de comprenderlos y la creación de "nuevas familias" en las que pesa más el amor que los vínculos de sangre son temas que interesan siempre al realizador, que esta vez ha sabido escapar de la meliflua deriva en la que venía incurriendo. La Palma de Oro especial, a la película presentada y a toda su trayectoria, para Jean-Luc Godard suena a premio consuelo, a reconocimiento de que no pudo existir consenso en el jurado para jugarse con una obra disruptiva, realizada -además- por un personaje que ha sabido tener una tensa relación con el festival. En orden de importancia, el lauro que sigue es el Gran Premio del Jurado, que fue otorgado a BlacKkKlansman, del estadounidense Spike Lee. Merecido reconocimiento al realizador de Haz lo correcto y La hora 25, y compromiso político frente a una obra que no teme dejar en claro la profundidad con que el racismo hunde sus raíces en la esencia del pueblo estadounidense. El final de la película, en la que la historia del policía afroamericano que se infiltra en el Ku Klux Klan se vincula con los discursos de Trump en la actualidad, resulta ciertamente inquietantes.

El premio del jurado para Nadine Labaki y su Capharnaüm abre el costado menos aceptable del Palmarés. La película libanesa es una sucesión de golpes bajos en los que se somete a varios niños a todo tipo de humillaciones para que la burguesía bienpensante de todo el planeta pueda expiar sus culpas y decir "qué barbaridad". Se supone que el festival premia películas y no la pretendida bondad de los supuestos compromisos políticos. En todo caso habría que preguntarse sobre la ética de esta verdadera explotación y eludir el chantaje contenidista: estar de acuerdo en cuanto a que hay que combatir el hambre y la miseria no puede llevarnos a avalar películas como esta. En línea con esta decisión, los premios a las mejores actuaciones se quedaron en las interpretaciones más explosivas, superficiales, gancheras y tribuneras. En el caso de los hombres el galardón fue para Marcello Fonte, de la cruel Dogman, de Matteo Garrone (que fue comprada para su distribución en Argentina); y, entre las mujeres, se premió a la kazaja Samal Yeslyamova, por Ayka, de Sergei Dvortsevoy (otra deriva miserabilista que pretende emular a los hermanos Dardenne).

El premio a la dirección fue, muy merecidamente para el polaco Pawel Pawliskowski, por el excelente film noir atravesado por el jazz Cold war y la mejor película del festival, Lazzaro Felice, de Alice Rohrwacher (Gran Premio del Jurado por Le meraviglie) sólo obtuvo el premio al mejor guión, compartido con Jafar Panahi por 3 faces. La Cámara de Oro, que reconoce la mejor opera prima de todo el festival (no sólo de la selección oficial) fue para Girl, del belga Lukas Dhont.

No es que haya que creer demasiado en los premios, pero su reseña sirve para repasar una buena edición en la que la que la muy sólida presencia argentina pudo llevarse el Gran Premio Ecran Junior para Mi mejor amigo, de Martín Deus. A pesar de los elogios, El ángel no logró llevarse nada más que una muy buena cosecha de críticas positivas (lo que le dará un buen respaldo en el mercado internacional a la hora de estrenarse en otros países) y algo similar sucede con Muere monstruo, muere, que por otro lado dejó perpleja a una parte de los especialistas. De todos modos, se habló bien de la pantalla nacional y eso, en este marco de negocios, no es para nada despreciable.

Para el final una referencia a la ceremonia de cierre y lo más relevante que ocurrió allí: el discurso de la actriz y realizadora Asia Argento que recordó que había sido violada en el Festival de Cannes cuando tenía 21 años por Harvey Weinstein. Señaló también la complicidad y silencio de entonces (y de ahora) por parte de quienes estaban ocupando las butacas del gran teatro Lumiere. La sensación, estando en la sala, excedía la incomodidad. Lo que había era temor frente a una persona valiente, sin pelos en la lengua. Es más fácil aplaudir las declaraciones superficiales y demagógicas, es más fácil disfrazarse para que parezca que se apoya una causa que en realidad no interesa. Hacerse cargo de la verdad es muy difícil. Pero es el primer paso para el cambio en serio.

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