Especial desde Cannes

Posiblemente la de Once upon a timeà in Hollywood haya sido la Premier más esperada de esta 72° edición del Festival de Cannes. De hecho fue de las últimas películas anunciadas, viendo si culminaba su edición, y la presencia en la alfombra roja de Tarantino, Brad Pitt y Leonardo di Caprio es algo que el festival no quería perderse. El público y la prensa ciertamente tampoco.

Las proyecciones (pocas: ha sido la única película de la Competencia Oficial que no se pasó antes a los representantes de la prensa audiovisual y a los pocos elegidos de los diarios considerados más influyentes en el mundo) generaron colas para ingresar de más de dos horas de espera y no son pocos los acreditados del Festival que dejarán Cannes sin haberla visto. Que el Team Tarantino y su circo formen parte del combo y la exigencia del director de que las proyecciones sean en 35 mm, suman al evento el carácter de único, de los que generan la posibilidad de decir "Yo estuve alli". Tarantino es, también, un gran publicista. Envió una carta a la prensa (que fue luego leída antes de la proyección) pidiendo que no adelantará detalles de la trama que pudieran afectar la sorpresa y el disfrute por parte de futuros espectadores. Estrategia de marketing innecesaria para una película que se sostiene, incluso en una segunda visión, demostrando que eso de los spoilers aplica a las series cimentadas exclusivamente en ingeniosos giros del guión, no al cine. Menos aún al Cine con mayúsculas como el de Tarantino.

El realizador ha estado en la glamorosa alfombra roja frente a la Costa Azul desde su primera película, Perros de la calle. Ya tiene su merecida Palma de Oro por la seminal e influyente Tiempos violentos. Su última participación aquí fue con la recordada Bastardos sin gloria, con la que Once upon a timeà in Hollywood comparte la idea de reescribir la historia. El comienzo de las casi 3 horas de metraje nos sitúa en Los Ángeles. El Año es 1969, y las referencias a Vietnam son más laterales que las que aluden al flower power, la psicodelia y el hippismo. Sin embargo, el principio es todo cine (más algo -mucho- de cultura pop: televisión y música). La excusa de presentar a los protagonistas (un actor de westerns de cine y TV) y su doble de cuerpo (también amigo y valet) nos mete con visible alegría en un camino caprichoso en el que Tarantino se da el gusto de citar, mostrar y recrear todo lo que ama de esa época. La presencia de Sharon Tate, más algunos otras estrellas de las que conocemos su carrera y destino hacen temer por un momento que el "una que sepamos todos" derive en la condescendencia de Woody Allen en Medianoche en Paris. Pero no; el bueno de Quentin no afloja y va hacia otro lado. Vamos a respetar su jueguito para sumar al público que se desacostumbró al cine para adultos y no diremos hacia dónde. Sólo insistiremos que estamos ante una gran película, que hay que ver en cine.

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