*Especial desde Cannes

Contra lo que parecía indicar la película de apertura, la 71° edición del Festival de Cannes ostenta una selección en la Competencia Oficial que mejora por mucho la de los últimos años. Incluso si el festival terminase hoy, posiblemente sólo con lo visto ya habríamos tenido una mayor cantidad de buenas películas que el año pasado, especialmente denostado por la mayor parte de la crítica especializada.

Dentro del lote de la Competencia mayor, merecen ser destacadas dos películas muy distintas entre sí, pero con un punto de contacto: ambas obras están atravesadas por la música. La primera, la rusa Leto, de Kirill Serebrennikov (autor de la muy interesante Yuri's day, que en la Argentina pudimos ver gracias al BAFICI hace algunos años, y realizador de dos obras importantes como Betrayal y The student) sigue a un grupo de músicos, rockeros para más datos, en la ciudad de Leningrado. Estamos en los primeros ochentas y el momento en que punk y new romantic comparten el reinado de la música global tiene un efecto particular en la Unión Soviética, tan aislada de Occidente que pareciera, en algunos aspectos, seguir viviendo en los sesentas. Ese cruce de décadas, de miradas, de sensibilidades contamina formalmente la narración que mixtura un blanco y negro y un tempo por momentos muy nouvelle vague con la explosión de clips claramente ochentosos. Las versiones en ruso de (ahora) clásicos conocidos por todos es realmente encantadora. La otra película marcada por la música (en este caso el jazz) es la polaca Cold war, de Pawel Pawlikowski (ganador del Oscar por su drama Ida). Film noir hecho y derecho, las idas y vueltas a uno y otro lado de la cortina de hierro tienen que ver con un trágico amour fou entre un músico y director de coro en la Polonia comunista y una joven muy dotada para el canto. Si no fuera porque después también se proyectaron películas excelentes, diríamos que se trata de una elección cantada para formar parte del Palmarés.

Otra de las grandes películas de la Competencia Oficial es Ash is purest white, del chino Jia Zhang-ke. El director que comenzó su carrera internacional reconocido en la extraordinaria edición de 2001 del Bafici por Platform, ha sabido moverse entre el documental y la ficción, demostrando que no existen fronteras demasiado claras entre ambos acercamientos al cine (en nuestro país su obra pudo verse en festivales o en salas de ensayo; sólo su melancólico homenaje al melodrama a lo Douglas Sirk Lejos de ella tuvo estreno comercial). El conjunto de su filmografía impresiona por cómo sigue el pulso de los cambios en China, y esta última película hace foco en quienes no han podido seguir esa transformación radical y veloz; la pequeña mafia pueblerina pierde terreno frente a los grandes negociados inmobiliarios.

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