Guillermo del Toro es uno de los directores más interesantes de hoy, uno de los pocos que ha hecho de la fantasía una profesión de fe cinematográfica. La forma del agua, su película premiada en Venecia y máxima candidata (numérica) a los Oscar- es una especie de cuento de hadas donde una chica simple, muda, se enamora de una criatura anfibia, un monstruo que no lo es. Aunque impecable en los rubros técnicos y en el manejo de la cámara, hay algo de sobreactuado, de académico en la construcción de la película que termina conspirando contra la emoción que desea convocar. El cuento de hadas, cruzado con el terror y la ciencia ficción (después de todo, parientes) y con cierta vocación de metáfora contemporánea es más "lindo" que "bueno", más visible que memorable. Del Toro parece más cómodo cuando deriva al humor desaforado, como en Hellboy o Titanes del Pacífico.

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