"Los textos provienen de una amalgama entre mis lecturas, experiencias personales ,la observación del mundo, la imaginación y el inconsciente. Ese es el germen, pero después empieza a tallar la técnica. Algunos de los cuentos son de antes de la pandemia. El año pasado nacieron los restantes",  dice  Fabiana Galcerán.

-¿Por qué elegiste la versatilidad de las cosas para el título?

-Me gusta la palabra «versatilidad» porque alude al devenir. Para mi, más que el resultado, lo importante es el proceso y lo que se puede aprender en el camino. La capacidad de cada individuo de adaptarse a una situación específica es central: ser dúctiles y nunca cerrar las opciones, mantenerlas abiertas. "La Versatilidad de las cosas" muestra esa relación que tengo con el devenir.

-¿Consideras que tienen un hilo conductor?

-Sí. Me pareció importante, luego de elegir los cuentos que iban a componer el libro, el recurso de buscar similitudes entre ellos. Los fui agrupando en diferentes segmentos por afinidad temática o por el tratamiento de las voces, del lenguaje, etc. También están presentes, en esos recortes, mis obsesiones: las diferentes culturas, lo enrarecido de ciertas circunstancias o la oscuridad de algunos personajes. Los títulos para cada apartado reflejan esos aspectos, pero de un modo lateral, no explícito. Me pareció fundamental que invitaran a la lectura con preguntas, sobre todo, sin revelar aspectos esenciales.

-¿Cuáles eran los temas más importantes que te interesaba abordar?

-Creo que a la hora de contar se imponen nuestras obsesiones. Están ahí, pero nos gusta pensar que no obedecemos a ellas. Yo no tenía un plan en concreto. Las ideas de esos cuentos aparecieron en situaciones diversas de la vida cotidiana. Y luego fueron ganando espesor, relevancia. Cuando una historia te acompaña por muchos días, es que hay algo allí que debe ser contado. Yo creo que las historias "llegan" a mí, como una epifanía. Pero si llegan, es porque las estoy esperando. Tiene que haber una disposición, una escucha. Otras veces busco un clima, una tensión, un contraste y, a partir de ahí, aparece el argumento de un modo mucho más secundario.

-¿Cuánto hay del ojo de la fotógrafa en los relatos?

-Mucho. La fotografía es un relato, cuenta una historia. Yo intento que mis descripciones de sean vivas, auténticas y múltiples, que al momento de leer sea fácil y claro recrear esas imagines. Por otra parte, el recorte, el detalle o el encuadre son para mi fundamentales en la literatura. Un primer plano bien elegido puede pintar en dos o tres palabras todo un mundo: la particularidad de un personaje, su origen o situación cultural o social. Una imagen, una atmósfera, pueden dar cuenta, sin explicar, de aspectos muy complicados o incluso aportar indicios claves para el lector.

-¿Cuándo supiste que querías ser escritora?

-Empecé a leer alrededor de los nueve años. Estaba en cama con rubéola, creo. Una amiga me había regalado un libro sobre una familia de detectives: "Los Hollister". Y en ese momento se abrió ante mí un mundo maravilloso que no imaginaba. Sin embargo, no fue hasta que leí "Mujercitas" -me sentí tan atraída hacia la protagonista- que acepté el desafío de tratar de escribir. Y, de a poco, esa experiencia se convirtió en un deseo urgente y rotundo que me acompaña todavía.

-¿Qué te gustaría que el lector encuentre en estos relatos?

-Disfrute. Preguntas nuevas, sobre todo. Nunca busqué respuestas en la literatura. Espero que los personajes sean una buena compañía para el lector y que perduren a su lado antes de perder toda sustancia; antes de contaminarse con otros recuerdos.

-¿En que te cambió escribir a vos?

-Cuando era chica escribía un diario íntimo. Era mi confidente. Cuando no lo hacía, sentía que había fallado. Hoy me siento igual. Escribir me cambió a tal punto que soy una observadora constante de lo que me rodea: en todas partes hay historias, personajes y situaciones. La consecuencia de encontrarlas es una gran satisfacción y una ocasión de aprendizaje, de comprensión y empatía.

-¿Tenes rutina para escribir?

-No necesariamente. La rutina aparece cuando la historia ha madurado, de alguna manera, dentro de mí. Hay decisiones que tomo antes de sentarme a la computadora: dónde comienza y dónde termina. No siempre ocurre de la misma manera, pero cuando necesito determinarlo con anticipación, la experiencia puede ser incluso cruel. Entonces, una vez resuelto ese aspecto, hay una rutina impuesta, de celebración y trabajo. Busco días y horarios especiales para hacerlo. Pero también confieso que me levanto, a veces, de madrugada para seguir con una escena que me obsesiona. Depende de muchos factores el encontrar un determinado ritmo de trabajo; en especial, de la fuerza con que la historia pide ser contada.

-¿Qué posibilidades te da el cuento a la hora de escribir?

-Es un género muy difícil, casi tanto como la poesía. Hay un mecanismo de relojero, ahí, que amenaza todo el tiempo con romperse. A eso se deben, me parece, las diferentes e incluso contradictorias definiciones que hay acerca del cuento. En mi caso, con esto muy presente, me doy la oportunidad de jugar -partiendo de lo que entendemos como cuento clásico- con otras posibilidades más arriesgadas. En particular me interesa no clausurar, no cerrar los sentidos y, en la medida en que la unidad de un cuento que funciona es muy hermética, ese vértigo me atrae. Igualmente creo que innovar no es una cuestión que yo me imponga. Simplemente creo que cada historia pide sus propias reglas. Mi función es escuchar, estar atenta a esas necesidades para hacerle honor a los hechos que quiero contar. Pero además, para ser muy sincera, escribir para mi es una apertura en todo sentido. Expande mi imaginación, la mirada que tengo del mundo, mi sentido de la empatía. En una palabra: me hace feliz.