Hace mucho que no hablamos de realizadores del cine argentino. Así que vamos a mencionar a uno que es central en el “clásico”, y a quien se conoce -de nombre- porque fue el marido de Mirtha Legrand -de paso, de quien suele olvidarse el tamaño de actriz que fue en el cine-, el señor nacido en Francia en 1910, Daniel Tinayre. Porque, amigos, Tinayre era un verdadero autor cinematográ- fi co, un hombre con un mundo propio que estaba mucho más allá -en cuanto a manejo de los recursos técnicos y en cuanto a temas- de lo que solía hacerse en nuestro país. Algo interesante: dejó poca huella. Aunque muchos cineastas han visto y revisado sus películas, es poco lo que se encuentra de su estilo en el cine argentino, especialmente en el contemporáneo. Quizás la intensidad de ciertas secuencias de Lucrecia Martel o de Pablo Trapero, que utilizan la cuerda de la tensión, se acerca a las oscuridades de Tinayre.

Sus películas se debaten entre dos géneros: la comedia y el melodrama, aunque prima el segundo. Infl uido tanto por los creadores del realismo poético francés (especialmente Renoir, pero también hay elementos en el uso de las luces y del encuadre de Marcel Carné) como por los mal llamados expresionistas alemanes (más Murnau que Lang, de todos modos), las imágenes de Tinayre tienen una rara característica tridimensional, un relieve creado por la alternancia de zonas oscuras con otras luminosas. La cámara se mueve siempre con una elegancia que -seguimos con las referenciasen los mejores momentos se parece a Max Ophüls.

El mundo de Daniel Tinayre es doble: hay una superfi cie donde las cosas parecen normales y, debajo de ello, un universo larval, vicioso, lleno de pecado y peligro donde los héroes y las heroínas no tienen más remedio que aventurarse. En general descubren, tras el viaje, algo que vive en sí mismos, una oscuridad propia (ahí también hay una huella que lo une a Trapero). Lo interesante es que, en ciertas ocasiones, a los héroes se los ve bastante más cómodos en el mundo subterráneo que en el luminoso. Incluso en ciertas películas parecen buscarlo. Por otro lado, es uno de los pocos directores -sean del país y época que sea- que comprendió lo que implica la “aventura”, el dar el paso hacia un reino peligroso donde esperan los monstruos, donde uno mismo puede ser un monstruo. Otra cosa interesante: Tinayre conocía bien los géneros cinematográfi cos, sus lugares comunes y las posibilidades para eludirlos. Y en todos sus fi lmes, incluso en los más dramáticos, campea una cierta ironía. Hay un humor raro, más allá de la comicidad que aparece en sus comedias.

Elegir algunas películas es injusto, pero con estas puede empezar un recorrido que lo lleve al resto. Muchas de ellas pueden verse en plataformas on line, sobre todo en Cine.Ar (y gratis).

1) Pasaporte a Río. Arturo de Córdova es un ladrón: una joven (Mirtha Legrand) lo ve y él la obliga a viajar juntos a Río de Janeiro para salvar el botín. Ese punto de partida, que es el de cualquier comedia de rematrimonio, se complica con un segundo interesado en la dama, lo que transforma el triángulo también en material melodramático. La Legrand estaba en la cima de sus posibilidades como comediante, pero Tinayre no deja de mostrar la sordidez -y también, la elegancia- del personaje de don Arturo.

2) La vendedora de fantasías. Pocas veces en su carrera, Mirtha hizo lo que hace aquí, ser una chica a punto de casarse y devoradora compulsiva de novelas policiales que “entra” en una trama de ladrones y asesinos a pura comedia. Hay momentos -cuando se envuelve en una alfombra, por ejemplo- donde el manejo del cuerpo que tiene se asemeja al de las grandes cómicas de Hollywood. Mientras, Tinayre fi lma todo con oscuridad, como “imitando” al noir estadounidense. Película casi perfecta.

3) Deshonra. Fue en su momento la película argentina más vista (no hay datos fi ables, pero parece haber superado los cuatro millones de entradas). Una enfermera (Fanny Navarro) queda atrapada entre su amante y la mujer de este, en silla de ruedas (una increíble Tita Merello). Pero hay una trampa y la mujer va a la cárcel acusada de un crimen “por negligencia” que es en realidad una mentira. Lo que pasa dentro de la cárcel es extraordinario, mientras el misterio policial prosigue. Al mismo tiempo retrato social y fi cción pura y densa.

4) Extraña ternura. Pocas veces el tema de la homosexualidad se trató con tanto tacto como aquí. Norberto Suárez es un joven que vive con un hombre mayor (Pepe Cibrián), y la relación entre ellos es bastante clara aunque no se diga. Pero una noche sale a un cabaret y conoce a una increí- ble Egle Martin, y su vida -y la de aquel hombre- entran en una espiral de degradación moral. Basada en una novela de Guy des Cars, es un melodrama absoluto.

5) La Mary. Su último largo, es al mismo tiempo la historia de una mujer histérica con muchas represiones (una brillante Susana Giménez) y una irónica comedia negra sobre maldiciones, que fi nalmente desencadena en una tragedia (la secuencia fi nal y el personaje en sí recuerdan en más de un sentido a la casi contemporánea Carrie de Brian de Palma). A Carlos Monzón lo dobló Luis Medina Castro, y, como imagen de la animalidad, es perfecto. Una obra maestra, o casi.

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