Especial desde Cannes

La elección de la película de apertura de este año, para no perder la costumbre, se relaciona más con motivos políticos que cinematográficos. Se trata de The dead dont die, de Jim Jarmusch, quien, por supuesto, es una figura convocante, un director de culto. La presencia de estrellas de Hollywood teñidas de un aura cool muy propia del clan Jarmusch (Bill Murray, Tilda Swinton, Adam Driver, Tom Waits y hasta íIggy Pop!) también aporta lo suyo. Pero aquí la razón de ser de la decisión parece haber sido el mensaje.

En la conferencia de prensa previa a la apertura de la actual edición de esta muestra, el delegado general del Festival -su verdadero factótum, de hecho-, Thierry Frémaux, fue muy explícito en torno al desagrado que provocan aquí la figura y las políticas de Donald Trump. Jim Jarmusch, en el apocalipsis zombi que imagina en The dead dont die, ha sido incluso más terminante y duro. Nada hay aquí de la bella y cariñosa mirada sobre los vampiros de Solo los amantes sobreviven (en donde el amor podía ser refugio frente al triste presente) o la luminosidad con que la poesía daba otro vida al devenir de un chofer de colectivo en Paterson. Los muertos vivos del director de Flores Rotas mantienen las mismas manías, las mismas obsesiones y cegueras que antes de su deceso. La culpa, está claro, es suya. Nuestra.

La crítica internacional presente en Cannes criticó la película de manera unánime

Se puede hasta compartir esta preocupación, este análisis. El problema es que, quizás por vez primera en Jarmusch, el acercamiento carece de sutileza, de esa elegancia que parecía ser su marca de fábrica. Los grandes actores sostienen un poco esta película muerta (¿muerta-viva?), pero eso no basta para disimular guiños pedestres (la autoconciencia de estar en una película de Jarmusch), los caprichosos cambios de tono (del deadpan a las explosiones de gore) y la condescendencia hacia un público que se imagina inalterable en el convencimiento de la genialidad del director.

La prensa ha sido, por otro lado, unánime en señalar que la película es lo peor que el realizador de Ghost Dog, el camino del samurai, otro filme que seguía las reglas de un género y el retrato un poco melancólico y un poco desencantado de cierto paisaje americano. Todos señalan la explicitud y, sobre todo, la pereza de Jarmusch para encarar la película. De todas maneras, estos vaivenes críticos o políticos son la sal de Cannes y lo que le permite ser siempre una vidriera que excede el mundo del cine. De eso también se trata el juego, de que los fracasos sean, también, parte del glamour.