De menor a mayor. Una colección permanente que no impone a este Museo entre las grandes instituciones del continente europeo, pero que podría ser mejor tratada con una curaduría superior a la clasificación ofrecida en sus salones de las bellas artes.

Con un ordenamiento apenas cronológico y un recorrido sin señalamiento adecuado, las bondades y posibilidades edilicias y arquitectónicas del MAH aparecen desperdiciadas a la hora de disfrutar su patrimonio pictórico. En la primera planta, por el contrario, la muestra de relojes, máquinas de imprenta y otros artilugios acompañan una cuidada colección de armas y armaduras antiguas. 

En la plana superior, el porcentaje de obras anónimas o atribuidas a algún autor poco conocido es significativa. No obstante tiene piezas de impactante belleza. “La pesca milagrosa” de Konrad Witz (1400-1447) produce un efecto intenso a poco de pasar por el mismo sitio de camino al museo.

Con la vista inmersa en la imagen se conecta la creación litúrgica del autor con la actualidad de un espejo de agua todavía cristalino que domina ahora una ciudad desarrollada a ambos márgenes del río Rodano y del lago. Medio milenio de distancia en liquida atadura. Milagro mineral del lago vigilado por el Mont Blanc.

Luego, casualidad mediante, la compleja disposición de las salas menores, periféricas e interiores de las principales, ofrecen una valiosa sorpresa.

El humilde programa o plano (llamarlo catálogo sería presuntuoso) de entrada, destaca entre las 10 highlights del acervo junto a la obra de Witz, un autoretrato de Jean Etienne Liotard (1702-1789) en su edad madura, expuesto en el ambiente principal. Varios análisis de esta obra, destacan su valor y especulan sobre la posición y el mensaje dejado por el artista.

Sin embargo, el hallazgo complementario en las salas contiguas de la periferia, ofrecen otros autorretratos del mismo autor en distintos momentos de su vida y con diferentes aspectos. Todos posteriores a su mayor trabajo “ La bella chocolatera” (cita en Dresde).

. Autorretratos de Jean Etienne Liotard. En 1751, 1760 y 1770

Acostumbrados al iconográfico rostro de Van Gogh o a la monumental (y documental) muestra fotográfica de Man Ray, el recorrido por la vida de Liotard a través de su imagen, merece atribuirle la paternidad de las selfies nuestras de cada día, que en cada aniversario nos recuerda google, testigo impune del paso del tiempo sobre nuestra propia imagen. 

La plaza frontal del acceso al Museo presenta una pequeña, pero compacta y muy visible huerta de legumbres, rastreras y tubérculos que solo llegan a la mesa como materia prima del arte u oficio gastronómico que la ha transformado para que los sentidos se exciten sin caer en la visión originaria de la cosecha.

Como las muestras que exponen los talleres de los artistas, los pomos del oleo, las barras de bronce o los trozos del mármol virgen. Un silencioso espectáculo viviente, y muy atractivo para los más chicos que han perdido noción del ciclo vegetal y la cadena alimenticia.

Fácil acceso desde cualquier punto de la Ciudad. El pase único de transporte público está incluido con las tasas e impuestos de todos los hoteles, y permite el uso del tren, el tranvía, los buses y las lanchitas de pasajeros. Y la entrada es Gratis.

Arte Nobel

@artenobel