En un hecho insólito para la industria televisiva estadounidense, Will & Grace regresó luego de 11 años de su final... haciendo de cuenta que éste nunca sucedió.

Efectivamente, los que siguieron esta irreverente ficción estrenada a fines de los 90 y que tuvo ocho exitosas temporadas, recordarán que la despedida tuvo un sabor amargo pero fue un cierre: los mejores amigos Will y Grace se separaban por no poder conciliar sus nuevas vidas en pareja sin celarse mutuamente de forma insoportable.

Así, se vio que pasaron ¡20 años! sin hablarse hasta que se reencuentran debido a que sus respectivos hijos se conocen en la universidad y se enamoran. Peor aún: se casan.

Un final flojo para una buena comedia que, sobre todo, le arrojó por la cabeza a la pacata sociedad norteamericana un cuarteto de amigos en el cual dos de ellos eran orgullosos gays y generaban con ello una sucesión de divertidos gags.

El tiempo pasó y ninguno de los cuatro protagonistas -Eric McCormack como Will Truman, Debra Messing como Grace Adler, Sean Hayes como Jack McFarland y Megan Mullally como Karen Walker- pudo cimentar una carrera de relevancia.

De esta forma, en septiembre de 2017 (a América latina llega muy tarde, el miércoles 18 de abril) debutó la novena entrega de esta sitcom que tiene 16 episodios de media hora y ya renovó para una décima.

¿Cómo resolvieron productores y guionistas el problemita de la conclusión ya vista una década atrás? Max Mutchnick y David Kohan, los creadores de Will & Grace tomaron el camino más simple: todo fue un sueño de la amante del alcohol, Karen. Es en serio: al inicio de esta nueva temporada, la adorable señora de voz chillona cuenta que soñó que Will y Grace estaban casados (cada uno por su lado, claro) y que habían tenido hijos que a su vez se casaban. Ambos la tranquilizaron y le contaron que, si bien estuvieron en pareja, nuevamente se encuentran solteros, viviendo juntos y convenientemente sin hijos a los que criar. Y aquí no ha pasado nada.

El pasado, pisado

Si bien el recurso peca de infantil y hasta suena poco serio, posee cierta lógica. Sería muy difícil que estos amigos, ya cercanos a los 50 pero igual de inmaduros e irresponsables, pudieran tener sus aventuras y charlas superficiales entre tragos y ocasionales conquistas sexuales con niños de los cuales hacerse cargo. Por lo tanto, la resolución de la trama obedece a razones prácticas; y a nadie realmente le interesa ver a los protagonistas criando niños. La chispa del grupo tiene sentido porque son incapaces de hacerse responsable por nadie, por siempre adolescentes.

Así es que se llega a la dupla de protagonistas compartiendo departamento nuevamente, con el eléctrico Jack de vecino -su personaje sigue siendo el más simpático- y la inefable Karen sólo preocupada por las apariencias y su estilo de vida de clase alta.

Ella y Grace siguen trabajando en decoración de interiores. Pero Karen es la encargada de introducir la mordaz crítica política en la historia: dado su "pedigree", resulta ser amiga nada menos que de Melania Trump, algo que molesta a sus tres compañeros ya que, como gay friendly consumados, repudian el conservadurismo del presidente estadounidense. Karen le consigue trabajo a su amiga para redecorar el Salón Oval, algo que a Grace le genera contradicciones morales pero, fiel a su frivolidad, terminará aceptando. Will coquetea con un congresista que representa todo lo que él rechaza políticamente, pero accede a conocerlo. Así todos se encuentran en la Casa Blanca en un evento y los chistes sobre el nuevo inquilino que hace que los empleados le digan "propietario" están a la orden del día.

Pasó mucha agua bajo el puente en 11 años, y la mirada sobre otras identidades sexuales es más inclusiva, lo cual se refleja en Will & Grace -según Jack, casi todos los agentes del Servicio Secreto son gays- por lo que la serie tiene el desafío de seguir siendo rebelde en pleno siglo XXI.

Se la podrá ver los miércoles, a las 22 por Fox, que emitirá dos capítulos seguidos.

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