¿Cómo surgió la historia?

-La historia surge de la voz de Lina,y la voz de Lina surge de una entrevista que había leído a una maestra rural hace algunos años. Se llamaba Aída. Me acuerdo de estar leyendo esa entrevista y de conmoverme con la cadencia de su voz, con la mirada sobre el mundo que esa voz revelaba. De modo que esta historia nace de ese fraseo, de esa gramática.

-¿Cómo llegaste al título?

-La novela se llamaba Hasta encontrarte. Pero sucedió que ese título se asemejaba demasiado a otro título que Tusquets ya había publicado: Hasta que te encuentre, de John Irving. De modo que empezamos a buscar un título alternativo. Fue un larguísimo camino. Me ayudaron mucho mis adorados editores (tanto Paola Lucantis, de Tusquets, como Francisco Llorca y Magda Anglès, de Las afueras) y me ayudó mi agente literaria: la querida Sandra Pareja. Finalmente, de las opciones en danza, Quebrada fue la opción que más nos convenció: nos pareció que condensaba varias lecturas posibles y varios aspectos del texto. Por un lado, remite a las tierras de las que parten Lina y Relicario: la quebrada misma; por otro lado, remite a las rupturas vinculares, y -también- a las rupturas históricas, emocionales, que se van dando a lo largo del relato; y, por último, creo que también refleja la estructura de la novela, que está partida en dos relatos.

-¿Cómo definirías a Lina?

-Me dan ganas de abrazarla.

-¿Cuánto marca el desarraigo?

-Bueno, este texto está bastante marcado por los desplazamientos y por lo que se va dejando atrás, en el camino. En este sentido, sí, creo que el desarraigo es un tema que aparece en la novela, en varias ocasiones, sobre varios personajes. Y es un tema que me interpela desde siempre. Gracias por mencionarlo.

-¿Qué es concretamente lo que la lleva a Lina a emprender el viaje?

-El hastío, supongo.

-¿Cuál es el lugar del mar?

-Creo que el mar, en el caso de Lina, es ese lugar al que nunca se llega. Es una metonimia. Queremos llegar a alguna parte, pero ese sitio está siempre un poco más allá: nos obliga a seguir caminando. Y, al mismo tiempo, si pensamos en las coplas de Manrique -nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar / que es el morir-: llegar al mar es llegar al final de la historia singular que hemos habitado. La literatura es la singularización de una historia cualquiera, y de la de todos.

-¿Cómo definís al marido?

-Me genera mucha ternura.

-¿Qué te gustaría que el lector encuentre en la novela?

-Un texto no es más que una propuesta: una mitad de la historia. La otra mitad viene dada por la lectura del otro. De modo que no sé qué encontrará cada lector en esta historia, pero me haría muy feliz que este texto encontrara a sus lectores: unos ojos que le sumaran sus pinceladas al cuadro sugerido y que ayudaran a entender qué se ha querido decir allí, en esas páginas.

-¿Cuándo supiste que querías ser escritora?

-Cuando me deslumbré con la lectura. Entre los quince y los diecisiete años. Aunque leía mucho desde niña, recién a esa edad me encontré con textos que me deslumbraron. Ese encuentro fue un punto de inflexión. Empecé a leer con una lapicera en la mano, desde una fascinación absoluta, y empecé a subrayar eso que me llamaba: una feliz combinatoria de dos o más palabras,esos destellos en la lengua.

-¿Te cuesta dejar a los personajes?

-Depende de los personajes. A algunos, sí. A otros, más bien me alivia.

-¿Qué significa para vos escribir?

-No lo sé del todo, aún. Fundamentalmente, te diría que escribo porque no puedo evitarlo. Como esas cosas que simplemente suceden, sin que puedas negarte. Me acuerdo ahora de Bolaño, cuando decía que el escritor trabaja esté donde esté, incluso cuando duerme. Y me conmueve esa imagen acaso porque me interpela: esa realidad de irte a dormir y darte cuenta de seguís escribiendo, en tu cabeza, corriendo comas de lugar, poniendo puntos, buscando sílabas hasta el último hilo de conciencia. Es una enfermedad. No te deja. Supongo, también, que la escritura es un asunto de diálogo: un diálogo con lo que se ha leído. Una necesidad de decir y, en mi caso, una imposibilidad de decir como no sea con palabras: dibujo y pinto horriblemente, mi oído es pobre para la música, nunca cultivé la danza y, en cambio, el lenguaje siempre me produjo fascinación: esa alucinación que te llama, irrevocable; ese asombro tan inútil y tan imprescindible.

-¿Cuál es el rol de la literatura para vos?

-Yo tenía un viejo y querido profesor que decía que la literatura existe porque la realidad es inhabitable. Estoy de acuerdo con él. Te diría que la literatura -el arte, en general- cumple la función de hacer girar los planetas. Es lo que permite alejarnos de la mirada cansada, sostener la perplejidad de aquellos ojos infantiles que alguna vez tuvimos; permite renombrar el mundo, cuestionarlo, pensarlo, abrazarlo un rato y pedirle que nos devuelva un instante de belleza.