Hay una especie de prejuicio con el cine mudo y en blanco y negro que es preciso desarmar. No se trata de algo viejo o antiguo, que ya no pueda verse. Es cierto que hay muchas películas que sí, han quedado muy desfasadas en el tiempo y sólo pueden observarse como testimonios de una época. Pero es falso que todo sea así. Cuando nos acercamos a las obras de Griffith, Keaton, Chaplin, René Clair, John Ford, Fritz Lang, Renoir, Hitchcock o Manuel Romero realizadas en esos tiempos sin sonido, se descubre una modernidad y un ritmo que es difícil de encontrar en el cine de hoy. En esa lista hay que agregar a Friedrich Willhem Murnau, alemán y (mal) incluido entre los “expresionistas” que hicieron películas en las décadas del ‘10 y del ‘20 del siglo pasado.

Hay muchos mitos alrededor de Murnau, que en realidad parece haber sido un tipo expansivo, un bon vivant que creía en el cine realmente como arte (algo que era bastante común en los europeos, aunque en nuestra mentalidad caló demasiado hondo la idea de “cine como atracción de feria” que los americanos impusieron con no poco desprecio por el arte que mejor hacen). Murió prematuramente cuando había comenzado una más que promisoria carrera en Hollywood, en un accidente de tránsito. Al parecer, siempre según el mito, mientras iba a alta velocidad en un auto obsequió al conductor una sesión de sexo oral. Lo cuenta Kenneth Anger en Hollywood Babilonia, esa biblia de la maldedicencia. Pero parece que fue cierto. En todo caso, la anécdota muestra el vértigo del realizador para vivir... y para filmar.

Dijimos “mal” incluido en el expresionismo. El expresionismo alemán, basado en el teatral, solamente aparece en el blanco y negro furioso y las perspectivas alucinadas de El gabinete del doctor Caligari. Y nada más. Murnau era sobre todo un romántico y creía en el movimiento. Era, también y a su modo, un pícaro. Su primer película de éxito, Nosferatu, es Drácula, ni más ni menos, con los nombres cambiados para no pagar derechos. Lo que no quita que sea una obra maestra.

Fue un pionero en el uso de los efectos especiales, siempre utilizados en sentido dramático. No “inventó” nada especialmente (salvo en su versión de Fausto, como veremos), pero sí depuró el uso de los trucos: cuando era necesario y para dar una sensación de realidad en lo fantástico similar a la que usaría Spielberg décadas después.

Su gran tema es el poder y la manipulación, y sus héroes aparecen perdidos ante seres grotescos y leyes injustas. Su estilo, salvo en Nosferatu, es la búsqueda de que el espacio tridimensional se transmita desde la pantalla plana. Mucho de lo que amenaza a sus héroes y heroínas aparece fuera de campo. Y hay una lucha constante en sus personajes contra ellos mismos, lo que se refleja en el ambiente, como en todo buen melodrama. Es un cine espectacular incluso en sus historias más bucólicas y siempre busca la originalidad. Sigue siendo original hoy.

¿Qué ver? Cinco clásicos -toda su breve obra es clásicanotables.

1) Nosferatu, una sinfonía de horrores. Drácula es el calvo Max Schreck, un ser grotesco. Murnau usa cámara acelerada, vira negativos y crea transparencias para contar el cuento que se concentra en el héroe, Harker, que debe “cruzar el puente para que los fantasmas salgan a su encuentro” y transformarse en otra cosa para vencer, con la ayuda y el sacrificio de su amada, al Mal. La fotografía y el horror siguen siendo notables.

2) La última carcajada. Este filme mudo transcurre en un pueblo alemán o austríaco, pero los carteles son en idioma inventado y no hay intertítulos ni diálogos. Es la historia de un botones de hotel a quien degradan y quitan el uniforme, lo que altera su vida completamente. Todo parece dramático pero incluye algo de sátira que se percibe en una segunda visión, amén de la enorme pericia técnica de Murnau. El final es una ironía sobre los “finales felices” del Hollywood de entonces.

3) Fausto. Es una película muy ambiciosa, notable en el uso de escenarios y figuras. Murnau llenaba los espacios con humo de incensarios para que los rayos de luz se vieran y generaran la impresión de las tres dimensiones espaciales (sí, este es el procedimiento estándar de Spielberg en las secuencias nocturnas). Lo importante es la tensión interna del protagonista, y el correcto uso del diablo como una figura grotesca y de humor cínico. De lo más suntuoso del período mudo.

4) Amanecer. Aunque es alegórica, esta historia de un hombre que debe luchar entre sus tendencias frívolas y las más santas -personificadas por una mujer sensual y su propia esposa- es otra vuelta de tuerca, casi confesional, de la lucha interna del hombre contra sus propios demonios, que aparece en toda su filmografía, Realizada en Hollywood, es de una belleza y un ritmo notables, y el humor, a pesar del marco melodramático, se cuela más de una vez en esta historia.

5) El pan nuestro de cada día. Su última película (casi, en realidad: Taboo, codirigida con Flaherty, se estrenó tras su muerte) es la historia de una chica de ciudad que se enamora de un joven campesino y decide seguirlo, pero no es aceptada por esa comunidad. Hay un registro casi épico de los paisajes y las tareas del campo (Malick lo estudió para su Días de Gloria) y el filme es sobre el sacrificio y, nuevamente, almas desgarradas entre dos polos. Una obra maestra muy bella.