Una de las noticias más increíbles de las últimas semanas proviene del negocio del sexo, específicamente. Y proviene de un país que tiene una relación original con el tema, Japón. Como muchas veces contamos en esta columna, hay fantasías y contenidos sexuales, especialmente desarrollados en la animación y la historieta ("manga") que no serían muy aceptables en occidente, o siquiera serían pensados como posibilidades. La "violación con tentáculos", el hermafroditismo hipertrófico ("Futanari"), las representaciones de amor homosexual entre varones adolescentes realizados para chicas, etcétera. No es que estas cosas no se piensen en Occidente, por cierto: el rango privado de la fantasía sexual es mucho más amplio y variado de lo que sus representaciones permiten pensar. Pero es difícil que tales imágenes o temas lleguen a conformar un mercado o un nicho. Por norma, quienes desean acceder a esas representaciones optan, justamente, por material japonés.

Es raro que en Japón la representación del sexo tenga algunos tabúes inexplicables, como la prohibición de mostrar el vello púbico (y que se permita ver una penetración en todo su esplendor). Como casi todas las cosas inexplicables de cualquier cultura, tienen un trasfondo tradicional y religioso que sería engorroso explicar en este espacio. De todas maneras, lo raro es también que la variedad que la animación sexual o erótica (eso que llamamos "hentai" y que se traduciría por "perverso" en un sentido muy amplio) tiene una imaginación desbocada. Como si en ese campo se liberasen de manera explosiva muchas de las represiones que la sociedad ejerce sobre sí misma en la vida cotidiana. El curioso erotómano también verá que sí existe una nutrida pornografía japonesa; mientras que el cinéfilo de ley recordará el pink cinema, el cine erótico y a veces decididamente porno que surgió en los años setenta en el archipiélago, y que generó obras maestras como Violated Angels (Koji Wakamatsu), Flower and Snake (Masaru Konuma) o Sex & Fury (Norifumi Suzuki). Algunas de estas películas eran además bastante violentas e incluso políticas en un sentido bien explícito. Pero si bien podían ser muy sangrientas, el sexo era en general fingido o se veía de modo breve. Se trataba de un elemento narrativo pero no obsesivo. El porno real llegó más tarde y, como muchas cosas en la cultura popular japonesa, se desarrolló en paralelo con el manga y, más tarde, con la animación.

El negocio de la historieta para adultos en la isla es enorme, gigantesco. Ahora bien: en el primer párrafo dijimos que había una noticia importante. Consiste en que dos de las cadenas más importantes de vendedores de historietas en Japón han decidido que, a partir de este año, dejarán de vender material para adultos. Dicho en criollo: si va a Tokyo, no va a encontrar hentai dibujado en los mayores vendedores de cómics. Lo que no implica que no se podrán conseguir; solo será más difícil. Las cadenas son 7-Eleven Japón y Lawson. Entre las dos, tienen en todo el territorio japonés unas 35.000 tiendas de muchísima venta. Calculen, pues, lo que implica numéricamente para los productores de esos contenidos. Sin dudas caerá esa producción.

La razón por la cual dejarán de vender estos artículos es bastante poco esotérica. El turismo en Japón ha crecido mucho en los últimos años, y crecerá mucho más desde el próximo septiembre, primero con el Mundial de Rugby que se va a realizar en ese país; más tarde, con los Juegos Olímpicos de 2020. Y consideran que el público occidental se lleva una pésima impresión de los japoneses cuando ven la cantidad enorme de hentai que se produce. La excusa formal es que la aparición de ese material junto con otro de acceso "para todo público" hace que los menores sean expuestos a la pornografía. Su hijo busca Pokémon y, hojeando, descubre que una señorita con cuerpo de tigre tiene relaciones con un monstruo multidotado. Puede pasar.

Lo raro de estas excusas es que puede pasar siempre, es decir que, siguiendo la lógica de la declaración, está bien que los menores japoneses vean penetraciones múltiples, seres hipersexuados, incesto y erotismo adolescente, no así los menores no japoneses. Por lo menos es un tanto exótico pensarlo así. Más aún cuando el material específicamente pornográfico se vende en bolsas de plástico negras y están prohibidas para los menores de edad.

Más extraño es que otras dos cadenas de retailers (Ministop y Family Mart) ya hicieron lo propio en 2018. Lo que se advierte detrás de este diseño no es la "protección de los menores" sino una realidad un poco más ramplona: el hentai está dejando de ser negocio, al menos el dibujado. Por un lado, mucho material se consigue gratuitamente (de manera legal o no, eso es otro cantar) vía web. En segundo lugar, el crecimiento del audiovisual porno y del acceso de banda ancha a Internet - Japón es uno de los que mayor inserción y rapidez tiene en ese campo- vuelven al menos obsoleta la historieta. Y tercero, la producción en papel es cada vez más cara.

El futuro entonces es bastante desalentador para la ficción porno dibujada. Con menos bocas de expendio, es lógico que haya menos -muchas menos- producción de ese tipo de material. Así que solo los títulos de éxito permanecerán en un mercado cada vez menos visible. Como mucha historieta no necesariamente porno, el hentai parece en vías de convertirse en un consumo de nicho muy específico, al mismo tiempo en que, paradójicamente, crece el mercado de la novela gráfica en todo el mundo. Pero ese mercado está orientado básicamente a los niños y adolescentes, lo que implica que la pornografía queda vedada. La liberación sexual (es decir, una mayor libertad para ver y ejercer el erotismo) quizás lleve a que sus representaciones ya no sean "útiles", no sean necesarias para el placer solitario. En algún punto, de eso se trata este ocaso -o eclipse, vermos- del hentai en el país que lo ha creado.

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