El pasado fin de semana solo se vendieron en los dines de la Argentina unas 427.000 entradas, un 24% menos que el anterior. Cifra baja, bajísima en realidad. De hecho, en la tabla es claro que no hace falta llenar una sala para ingresar al top ten. Es cierto que los promedios son mentirosos porque varios de los títulos carecen de funciones durante todo el día (las infantiles solo se proyectan por la tarde, las de terror, por la noche y así siguiendo), pero de todos modos queda claro que no la cartelera no pasa por su mejor momento. Hablando de terror -en sentido real y figurado, ya que estamos-, el estreno más rendidor de la semana fue Pesadilla en el infierno, un filme de horror franco-canadiense, lo que demuestra que es uno de los pocos géneros con un público fiel que sigue -críticas aparte- toda novedad que se estrene. No son muchos, pero permiten recuperar el gasto de lanzamiento (en general). El fenómeno, de paso, es internacional: el terror es una de las pocas formas de cine que puede realizarse bien con presupuestos no demasiado grandes y que atraviesa fronteras idiomáticas y culturales con mayor facilidad. Más o menos lo mismo pasa con el cine animado específicamente pensado para los más chicos, de allí que la película alemana Luis y sus amigos del espacio siga firme en mitad de tabla, sumando de a poco pero seguro.

Animal es ya la película argentina más vista en esta primera parte del año, y sigue en el segundo puesto. Notable: Guillermo Francella confirma que es uno de los pocos nombres que puede sumar en la taquilla con su sola presencia, incluso si, como en este caso, se trata de un drama (género que de todos modos viene ejerciendo con idoneidad desde hace tiempo) y no de una comedia. Aquí funciona ese módico "star system" que sirve para algunas películas, argentinas o no.

Y sigue ganando Deadpool 2. Cerca ya del millón de espectadores el filme cómico y de acción y superhéroes está perfectamente sincronizado con el estado de las cosas en las que, si no hay un tanque, la taquilla no tracciona. Y no cualquier tanque: animaciones de marca o superhéroes son casi lo único que establece diferencias a la hora de los números. Deadpool 2 es, a pesar de sus alusiones sexuales, sus insultos y su sangre, en el fondo una película familiar que no se toma nada en serio, más parecida al cartoon. Y es el cartoon para jóvenes adultos que lloran la falsa muerte de muchos seres Marvel en Infinity War. Eso explica en parte el éxito: risas y espectáculo juntos. Mientras, Han Solo: una historia de Star Wars, sigue deslizándose -tristemente, porque no lo merecía- al olvido o, peor, a la indiferencia del público. De hecho, ya no tendrá funciones en cines IMAX dada la escasa convocatoria lograda (vuelven Deadpool 2 y Avengers: Infinity War). En otros campos, el cine de autor menos convencional, en pocas salas, parece funcionar: Isla de Perros, el hermoso filme de Wes Anderson realizado en animación stop-motion, suma poco pero suma en pocas pantallas, casi una forma de resistencia ante un estado de la cartelera bastante desolador para todo lo que no sea el espectáculo hipertrófico. Una luz en estas sombras.

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