-¿Qué siente cuando definen su colección como Western litoraleño?

-A lo de western lo entiendo porque los hechos que se refieren en estas novelitas mías ocurren en barrios abandonados a su suerte, barrios y ciudades donde nadie conoce más que la ley del revólver. Pueblos envilecidos por las drogas y el alcohol. Sin embargo, a diferencia de los western entre mis personajes no hay marcadas diferencias entre héroes y villanos como ocurría entre los colonizadores del Far West según los mostraban las películas de vaqueros. Acá todos tienen algo de villano porque para no ser menos los pocos valientes que van quedando se defienden brutalmente o mueren en el intento de exterminar al otro. Entonces es el mal que triunfa y se burla del bien de una a otro orilla del litoral.

-¿Los casos que toma son reales?

-Los casos que me marcaron como cronista policial en Santa Fe dejaron su huella, es el caso de uno de mis personajes, un santafesino asesino serial que mató y descuartizó a su mujer en Paraná, pero mientras trabajé como cronista traté de separar la realidad de la ficción literaria porque cualquiera podría haber dicho "este tipo miente o es un fabulador", porque la verdad sea dicha si entré a trabajar en los diarios de la ciudad fue por mis cuentos y relatos fantásticos. De modo que ahora puedo decir que no reproduzco esos asuntos escabrosos que cubrí a lo largo de muchos años sino que, como en los sueños, sin que nadie los llame, se me presentan algunos personajes como fantasmas deformes de ese pasado.

-¿Cómo elige los temas?

-No planifico mis novelas, mucho menos los cuentos. No elijo un tema porque sé que el argumento estará en permanente desarrollo desde el principio hasta el final. Una sola palabra puede desencadenar una historia insospechada para el propio escritor y será el narrador que está en uno el que vaya marcando las pautas. Mis novelas, antes que policiales son de aventuras porque no hay misterio por resolver, no hay intriga, los hechos suceden caprichosamente como ocurre con la vida misma, esa que hoy te colma de halagos y mañana te da vuelta la cara.

-¿Cuál y por qué es su personaje favorito?

-Cómo saberlo, son todos hijos míos. No importa si bueno o si malo, si es Jekyl o Hyde. Alguno estará mejor logrado que otro, ese será el más convincente. Si ese es el punto hay un pibe que vive a la buena de Dios, vende libros y su vida se articula entre anarquistas, policías y pistoleros. Otro es un detective que ha perdido credibilidad y antes prefiere la venganza que la justicia. También hay otro que es malo como una araña. Un falso médico, un falso todo, un estafador, basura humana. También hay un asesino múltiple que no perdona ni a su hermana, pero con toda su bravura termina siendo títere de una policía corrupta.

-¿Cuánto de periodista de policiales hay en su literatura?

-Mucho, demasiado para mi gusto. El cronista policial trabaja sobre caliente, siempre sobre la hora de cierre de la edición. La página policial suele salir al mismo tiempo que la tapa de los diarios. Con la urgencia que se escriben las últimas noticias el cronista no tiene otra salida que echar mano de los recursos fáciles, entonces resulta que la redacción periodística se convierte en el arte de combinar lugares comunes y eso va en desmedro de lo que se espera de un escritor. Después no es fácil quitarse el trastorno de la hora de cierre y hay que vivir luchando contra ese cómodo atajo que malogra la propia expresión.

-¿Cuándo supo que quería escribir ficción?

-Mucho antes de iniciarme como periodista. Hay un libro de Ediciones Universitarias de la UNL (2015) que reúne 36 de mis cuentos, entre ellos algunos publicados allá por los 70 a los que Raúl Castagnino percibió como "narraciones que en unos casos ofrecen sabor a sinfonías locas y en otros a relatos fantásticos".

-¿Puede decirse que escribe novela negra del litoral?

-Novela negra remite a los clásicos del género policial y mis relatos no reúnen sus características. No hay investigación ni misterio a develar en esa última página donde el lector se entera, no sin sorpresa, que el asesino es el mayordomo. Solo ocurre que mis personajes, matan o mueren porque son delincuentes y corruptos, muchos enfermos peligrosos enfrentados en una guerra absurda y sin cuartel como es la que libran los narcos en Santa Fe.

-¿Las novelas hay que leerlas en orden o se pueden leer por separado?

-Algunos personajes son comunes a La Piojera, El desquite de Renard y El anatema del oro, pero las historias que protagonizan se abren y cierran sobre sí mismas. No hay una continuidad entre una novela y otra.

-¿Qué significa escribir para usted?

-Escribir es un juego que ofrece un deshago en medio de una atmósfera opresiva, es una fuga de esa realidad e incluso de uno mismo, es poner la mente en blanco para que sea el narrador quien nos cuente, nos exprese y nos sorprenda con sus historias, así como otros escritores lo hacen con nosotros.

-¿Le parece que nos faltan historias que transcurran en distintos puntos de nuestro país?

-En los distintos puntos del país no faltan historias, tampoco escritores, pero la gran ausente es la industria editorial.

-¿Qué siente al escribir sobre el litoral?

-Que el mal se reparte en el Paraná, a dos orillas.

-¿Qué le gustaría que el lector encuentre en esta saga?

-Me gustaría que disfrute la lectura y que cierre el libro con la convicción de que las historias son verosímiles y estuvieron bien contadas.

-¿Va a continuar?

-Ojalá pudiera continuarlas. Veremos. Por de pronto volví al cuento y escribí un nuevo libro que incluye distintas historias breves y fantasmagóricas en las que aparecen algunos personajes de esta saga.