En la Argentina se ven números decepcionantes de asistencia a las salas cinematográficas cada fin de semana. Si no hay un tanque -uno aceptado por el público, además: véase el fracaso de Han Solo-, la cantidad de entradas vendidas es magra. Es cierto que los complejos multisalas hacen una mayor diferencia con la venta de snacks y gaseosas, pero esa venta que deja las mayores ganancias dependen de que haya películas para ver y sean masivas. Una de las razones que se esgrime en un país permanentemente en crisis como el nuestro es, desde siempre, la economía o el precio de las entradas. Sin embargo, desde hace casi dos décadas, el valor promedio del ticket es uno de los más bajos de la región. Hoy ronda los $108, poco más de cuatro dólares a precio actual, mientras que en Brasil ronda los u$s7 y en México, los u$s8. El problema de la asistencia en salas pasa por otro lado: la aparición de las ventanas digitales (por un lado) y la destrucción de las audiencias que ven algo más que tanques. El fenómeno supera nuestro contexto: en los Estados Unidos, la asistencia en salas también baja de manera constante, y cada fracaso de un título grande lastima el negocio. ¿Qué hacer ante esta realidad?

En ese país hay una enorme competencia que aún es incipiente en el resto del mundo: el de los sitios de venta de entradas. Hay en realidad tres competidores con modelos diferentes: el muy establecido Fandango -que además monitorea la asistencia y el funcionamiento de los filmes-, la startup Atom Tickets, que está "bancado" por los grandes estudios y por cineastas de peso como Steven Spielberg o J.J. Abrams, y Moviepass, que ofrece una entrada diaria a su suscriptor a cambio de un fee mensual, a la manera de Netflix. Ese negocio es el que más se cuestiona, porque funciona con el mismo principio de las empresas de seguros: todos pagan pero no todos van al cine todos los días (el exhibidor recibe el precio total de cada entrada retirada por el sistema). Los otros dos están diseñando sistemas de fidelización: desde ofrecer una entrada gratis por cada cuatro compradas (Atom, desde esta semana) hasta un crédito de u$s6 para aplicar a entradas, snacks o merchandising (Fandango). El fin es siempre el mismo: llenar las salas.

¿Se logra? En los EE.UU., donde hay más de 40.000 pantallas, estas medidas parecen funcionar porque, incluso si el blockbuster ocupa muchas pantallas, nunca es más del 10% del parque total. Es decir, hay audiencias diversas. Pero en la Argentina, donde la cantidad está por debajo de las 1.000, un "tanque" que no funcione altera todo el negocio, incluso con entradas baratas o promociones. La mayoría del público nacional no paga el ticket completo porque tiene alguna promoción, y fuera de CABA y el primer cordón del Conurbano el precio es sensiblemente inferior (de allí el promedio nacional de $108). Pero las recaudaciones bajan incluso con entradas baratas. Sin diversidad, por lo tanto, no hay negocio, incluso si se regalan las entradas.

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