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Berlín
Especial para BAE Negocios

Los pronósticos catastróficos no se cumplieron y un clima relativamente amable acompañó una intensa y heterogénea edición del Festival Internacional de Cine de Berlín (sólo en los últimos días el frío llevó el termómetro a números negativos). No hubo tormentas ni lluvia ni nieve. Sí muchas y muy distintas películas. Como solemos decir en estas páginas, año tras año, existe un lugar común que le cae con demasiada dureza a la muestra alemana, algo que muchas veces tiene que ver con lo que sucede en la Competencia Oficial. Esa crítica se olvida de las múltiples facetas, de las muchas secciones que lo conforman. Así uno no puede sino hablar de "su" festival, del que quiso (o pudo) recorrer. Y en esa selección está gran parte de la satisfacción que habrá (o no) de lograrse.

Comencemos por el principio. En este caso por la historia, el pasado que (afortunadamente, en este caso) sigue estando presente. Uno de los sectores menos señalados en las coberturas del festival tiene que ver con las retrospectivas y la sección denominada Berlinale Classics. Este año el foco más extenso tuvo que ver con el cine de la era Weimar en Alemania. Cortometrajes y largometrajes de ficción y documentales filmados entre 1918 y 1933 conformaron 28 programas que se exhibieron en copias recuperadas (hermoso trabajo llevado a calidad 2K y 4k que implica una verdadera arqueología de la imagen a través del tiempo y la geografía, rearmando el rompecabezas en el que la censura hizo perder algunas piezas), en muchos casos presentados con música en vivo. Exponentes de lo que supo conformar un verdadero género, las "películas de montaña" (incluida nada menos que The blue light, de Leni Riefenstahl y Béla Balázs), las dos partes de la increíblemente moderna Christian Wahnschaffe y unas cuantas joyitas que suman la alegría de su recuperación en 35 mm (The adventure of Thea Roland, de Henry Koster; Brothers, de Werner Hochbaum). La primera de las películas citadas resulta particularmente interesante por la figura de Riefenstahl, muy conocida por su relación con el régimen nazi, y porque la versión que pudo verse es la del primer estreno, aquel en el que Balázs (judío) todavía figuraba en los títulos y que se recuperó de la copia de nitrato que la directora (recientemente fallecida con 101 años) guardaba en su poder. En los clásicos más allá de la retrospectiva señalada, la saludable heterodoxia que no confunde los términos ni reserva la calificación de "clásico" a los consagrados por todos conocidos, sabe cruzar películas tan distintas como la descomunal The ancient law (E. A. Dupont, Alemania, 1923) y Fail safe (Sidney Lumet, 1964) con Las alas del deseo (Wim Wenders, 1987) y la obra maestra absoluta Tokyo twilight (Yasujiro Ozu, 1957). El homenaje a Willem Dafoe sumó además, entre otras, Vivir y morir en Los Ángeles (William Friedkin, 1985), La última tentación de Cristo (Martin Scorsese 1988) y La vida acuática (Wes Anderson, 2004). Es emocionante ver cómo las entradas se agotan para ver estas películas, desmintiendo eso de que el público sólo quiere ver lo último, lo que le es contemporáneo. No estaría mal aprender de los festivales, y pensar en que estas proyecciones (estos reestrenos, como suceden en España o Francia) puedan tener lugar más allá de los reductos cinéfilos de la Lugones o el MALBA.

En las otras secciones, las más conocidas, Forum supo cumplir con las últimas películas de los consagrados Guy Maddin (genial la reversión de Vértigo vía found footage de The green fog), Sergei Loznitsa (Victory day), Hong Sang-soo (Grass) y Ruth Beckermann (The Waldheim Waltz), por nombrar mis preferidos. En Panorama brillaron Kiyoshi Kurosawa (Yocho) y Ursula Meier (Diary of my mind). Un auténtico seleccionado del cine contemporáneo más relevante.

La competencia fue despareja, como adelantamos. Los premios oficiales tampoco ayudaron demasiado. El Oso de Oro fue para la rumana Touch me not, de Adina Pintilie (que también se llevó el premio a la mejor ópera prima y el Gran Premio del Jurado fue para la polaca Mug, de Malgorzata Szumowska. La película paraguaya Las herederas, de Marcelo Martinessi, se llevó el Oso de Plata-Premio Alfred Bauer (también se llevó el galardón a la mejor actriz, Ana Brun); en tanto que como mejor director se eligió a Wes Anderson por Isle of Dogs; mejor actor, Anthony Bajon, por The prayer de Cédric Kahn; y mejor guión, Manuel Alcalá y Alonso Ruizpalacios por Museo. Una de las películas más interesantes de la muestra sólo se llevó el Oso de Plata a la Contribución Artística por la escenografía y el vestuario (hablamos de Dovlatov, de Alexey German Jr.), mientras que las dos obras distintas, esas que quedarán en la memoria, fueron ignoradas: Transit, de Christian Petzold, y Season of the devil, de Lav Diaz.

El premio al mejor documental de todo el festival fue merecidamente para The Waldheim Waltz, de Ruth Beckermann; en tanto, entre los galardones no oficiales, cabe destacar el reconocimiento por parte del jurado ecuménico a la argentina Teatro de guerra, de Lola Arias, que también se llevó el Art Cinema Award de la sección Forum.