ROTTERDAM, PAÍSES BAJOS - ENVIADO ESPECIAL. Luego de una seguidilla de años con algo de menos presencia de películas argentinas en el Festival Internacional de Cine de Rotterdam (IFFR, tal como usualmente se lo reconoce), esta 48° edición vuelve a mostrar un número de obras de nuestro país que llama la atención por su cantidad. Este festival ha sabido reconocer y apoyar al cine argentino desde las épocas seminales de Agresti, Rejtman y Trapero; mucho de lo que terminó conformando lo que luego se conoció como Nuevo Cine Argentino (NCA) en la década del 90 del siglo pasado, surgió con la intervención y acompañamiento del festival y del importante fondo Hubert Bals. El 2018 fue particularmente bueno aquí para nuestro cine, ya que a la nutrida embajada se sumó una retrospectiva completa de la obra de José Celestino Campusano y, en el año de la gran Zama, una Masterclass de su directora, Lucrecia Martel, que sin dudas ha quedado en la memoria de todos aquellos que pudieron formar parte del evento. Sin llegar a ese número, esta entrega confirma el buen momento que, en lo que hace a presencia en festivales internacionales, está atravesando el cine nacional.

El prolífico director de Vil romance y Fango vuelve a Rotterdam con una nueva producción en Realidad Virtual (el año pasado había estrenado aquí su largo en VR Brooklyn experience), La secta del gatillo y suma un nuevo largometraje, filmado tras su completa retrospectiva del año pasado, Hombres de piel dura. En el catálogo de la muestra, en la traducción al inglés (el original nos excede), se hace referencia a Campusano como un director anarquista, en una caracterización que puede resultar discutible. El realizador ciertamente se mueve con una independencia y una irreductible fuerza de trabajo que lo llevan a aparecer como un extraño tanto para el cine más industrial como a aquel que habitualmente puebla los festivales de cine de todo el mundo. Campusano sabe que el cine es, también, un trabajo colectivo y siempre encuentra la manera de seguir haciendo y difundiendo su obra, cada vez más extendida pero también más diversa y heterogénea (temática y formalmente). Anárquico, definitivamente no; anarquista, tengo mis dudas; único e incansable, sin dudas.

Ya ha pasado un buen tiempo desde que la primera entrega de la monumental película de Mariano Llinás, La flor, pasara por el Festival Internacional de cine de Mar del Plata. Su versión completa recién pudo verse en abril de 2018, en el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (BAFICI), donde se llevó (merecidamente, por cierto) el premio mayor de la competencia internacional. Luego vinieron los múltiples festivales en el exterior (entre ellos los muy prestigiosos de Locarno y Viena), en los que siempre “la película de 14 horas” se transformó en el hito, el evento del que todos hablaban (aunque no todos la vieran completa). Su extensión llama al chiste fácil y al acercamiento desde el costado más deportivo y menos cinéfilo del asunto; sin embargo, la película que tuvo su “estreno comercial” en el templo cinéfilo argentino por excelencia, la Sala Lugones, en el décimo piso del Teatro General San Martín, es una obra mayor, llamada a ser un clásico. Y cuando hablamos de clásico no nos referimos a las formas sino a la certeza de que esta película quedará en la memoria y en la historia; se trata de una de aquellas obras que seguramente ha de resistir airosa el difícil test del paso del tiempo.

También premiada en el BAFICI, pero en la Competencia Argentina, Las hijas del fuego llegará al IFFR precedida de un recorrido y reconocimiento internacional muy importantes (entre otros, en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián). La película de Albertina Carri, que todavía puede verse en alguna trasnoche del cine Gaumont y en el MALBA, es una road movie que genera una experiencia ciertamente inquietante y movilizadora para todos los espectadores. Como en toda película de viaje quienes lo comienzan no terminarán siendo lo mismos al final del camino; lo particular es que, en este caso, ello incluye al público. Más que de “sexo explícito” en este caso debería hablarse de “placer explícito”, algo habitualmente ajeno a las pantallas cinematográficos. El hecho de que aquel placer esté ligado a decisiones que hace no tanto tiempo eran identificadas como anormales (y hasta inmorales) añade un potente componente y compromiso políticos que multiplican aún más el placer.

Introduzione all’oscuro, de Gastón Solnicki (Papirosen, Süden) tuvo su premier mundial en el Festival Internacional de Cine de Venecia, en una edición particularmente interesante. Luego de su pertinente paso por la Viennale (la película es, también, un homenaje a quien fuera su director Hans Hurch), el IFFR no podía dejar de programar esta historia de duelo y declaración de fraternal y cinéfilo amor. Viaje personal, cargado de cariño y respeto, la ciudad de Viena, sus lugares, su comida, la música conforman un todo único, inescindible de su realizador. Los porteños podemos ver esta película en la sala del MALBA, los sábados a las 20:00, aunque hay que ir con tiempo porque en todas las funciones hasta el presente las entradas se han agotado. En otras secciones podrán verse la última película de Benjamín Naishtat, Rojo, y tendrá su premier mundial la opera prima de la escritora, actriz, directora de teatro y dramaturga Romina Paula, De nuevo otra vez. Como la de Solnicki, forma parte de la selección de Bright future, dedicada a jóvenes talentos emergentes, caracterizados por un estilo o visión muy personales. Por último, también se proyectará la última película de Carlos Sorín, Joel (esta vez en la sección Voices, conformada por películas con historias potentes, personajes cautivantes y temas importantes).

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