En esta columna pasamos revista a la obra de varios genios del cartoon clásico. Hablamos de Disney, de Chuck Jones, de Tex Avery y de Robert Clampett. Pero no hablamos de quien trabajó con todos ellos y fue importantísimo para redondear la existencia de ese género que tuvo su momento de gloria máxima entre 1928 y 1963. El se- ñor del que vamos a hablar hoy es Ignatz “Friz” Freleng, Hizo, como pocos, todo el arco de la existencia de la animación, desde el cine mudo hasta los primeros desarrollos digitales (un poco como su amigo Jones), pero además fue el más exitoso, en términos comerciales, a la hora de llevar el cartoon a la televisión. Sí, aunque fuera de Estados Unidos estaba más difundido el trabajo para la pantalla chica de William Hannah y Joseph Barbera (aunque hicieron lo mejor de sus carreras para el cine, con la invención de los impresionantes Tom y Jerry en 1939), en aquel país el que más facturaba era Freleng con la empresa que montó con el empresario William DePathie. Seguramente el lector recordará el “DePathieFreleng” al final de ciertos dibujos con cierto felino elegante. Efectivamente, don Friz creó a la Pantera Rosa en 1963. Pero no nos adelantemos

Después de estudiar arte, Freleng buscó empleo en la entonces lucrativa y naciente industria de los cortos animados para el cine. Era a principios de la década del ‘20 y se asoció con varios amigotes: Rudolph Ising, Hugh Harman, Ub Iwerks y la cabeza creativa del equipo, Walt Disney. Esa primera versión de los Estudios Disney creó a Alice in Cartoonland, una nena de carne y hueso que interactuaba con animaciones muy similares al gato Félix, estrella dibujada a la que todos le copiaban todo. Disney consiguió un trabajo mejor, se llevó a Iwerks y dejó en banda al resto (es una gran historia, pero no para hoy) y Freleng, Harman y Ising intentaron varias cosas hasta que lograron vender un personaje animado, Bosko The Talk-ink Kid, a un tipo que tenía una empresa que creaba los títulos de las películas. El tipo, que no sabía nada de cine ni de dibujo, se llamaba Leon Schlesinger y la serie de películas musicales creadas por estos tres, Merrie Melodies y Looney Tunes. Era 1928.

Freleng amaba el teatro de variedades y tenía un talento especialísimo para aunar el movimiento con la música. En complicidad con el compositor de estos cortos, un genio llamado Carl Stalling, y usando casi siempre el plano general -como si los personajes estuvieran justamente sobre un escenario- creó comedias impresionantes de unos pocos minutos. Se ganó por sus cortos cuatro Oscar, entre ellos el único para Bugs Bunny por Knighty Knight Bugs. Redefinió a Sylvester y Tweety y creó a la Abuelita, así como al pequeño hijo del gato, siempre avergonzado por su padre. Se parodió a sí mismo (solía enojarse mucho rápidamente) creando a Yosemite Sam (o Sam Bigotes en América latina) y tuvo una mirada alegre pero pesimista del género humano que se nota en algunos de sus mejores cortos (son cientos).
Cuando en 1963 Warner cerró definitivamente su división de animación, ya había creado los títulos dibujados para la película La Pantera Rosa, una comedia adulta. Pero el personaje rosado fue un éxito mayor que la película y lo hizo debutar -en cine- con el corto The Pink Phink, y se llevó otro Oscar más.

En el arte de Freleng lo que importa es el ritmo, no tanto la historia. Es menos experimental que Jones y menos violento que Avery, pero hay cierta amargura en sus películas. Aquí vamos con varios ejemplos (y puede buscar muchos más).

1) Ballot Box Bunny. Yosemite Sam decide presentarse a elecciones como alcalde de un pequeño pueblo. Su única propuesta política es matar a todos los conejos. Lo que lleva a Bugs a competir con él. La campaña electoral es pura trampa que siempre le estalla (esto es literal) en la cara a Sam. Las elecciones terminan y el pueblo elige a un caballo. El final final es una joya del humor negro.

2) Stork Naked. Daffy ve que su esposa está tejiendo escarpines. Supone -bien- que ha de llegar la cigüeña, pero no quiere hijos y la ataca con todo lo que tiene, incluyendo baterías antieaéreas. Las cosas salen mal para él, claro, incluso después de intentar guillotinar al adorable huevo. Hay otro corto “antimatrimonio” de Freleng, His bittter half. Es bueno verlos juntos.

3) Bird Anonymous. Sylvester quiere dejar su adicción por los canarios y tiene con él, constantemente, a un acompañante terapéutico, un gato adicto recuperado. Una auténtica pesadilla cómica de un pesimismo desolador, pero mientras nos reímos a más no poder.

4) Pizzicato Pussycat. Este filme no tiene un personaje conocido, sino que es uno de esos cuentos morales que los de Warner solían hacer de tanto en tanto. Es la historia de un ratón virtuoso con el piano y de un gato que lo usa para hacerse pasar, él mismo, por pianista. La prensa hace del gato un genio, pero un accidente estropea su gran debut. Ahora bien, más tarde descubre que es un gran baterista de jazz, y que el ratón es un genio improvisando. Pero ya es tarde. Una genialidad pesimista.

5) The Pink Phink. Un hombre (ese “poroto” blanco típico de esta serie) trata de construir una casa de color azul. La Pantera Rosa, la misma casa, pero de color rosa, obviamente. El desconcierto del hombre, que termina completamente alienado, se equilibra con la tranquilidad divertida y un poco maliciosa de la Pantera (que es un “Pantero”, digamos todo, aunque en inglés la cosa sea más clara). La gran partitura de Henry Mancini acompaña perfecto cada gag.