Arriba del escenario es el director de un diario, un hombre poderoso, manipulador, que debe dejar su puesto en manos de uno de sus dos subdirectores: una mujer y un varón. Es a ella a quien le propone “doble o nada”, un desafío y un juego de poder donde pesan el amor, la traición y la ambición. Ese personaje es totalmente distinto del hombre que en la mesa del bar del teatro La Comedia se dispone a una charla, habla bajo y pausado, con cierta timidez y una gran humildad aún siendo consciente de que es uno de los mejores actores argentinos. A Miguel Ángel Solá muchas veces le tocaron personajes de “malo”, aunque la persona detrás del actor está muy lejos de ello, lo que prueba su gran capacidad de interpretación. Solá es un hombre sencillo, sensible y con deseos de escuchar al otro a pesar de ser él el entrevistado. Este domingo cierra la temporada del año de, precisamente, Doble o nada, la obra que realiza junto a Paula Cancio, actriz espa- ñola que también es su mujer.

“Hay demasiada gente que cree que tiene el carnet de impunidad -cuenta Solá respecto de su personaje-, de manipulación gratuita, que tiene ascendencia sobre el inmediato inferior, o de la gente que de él depende. Desagradecidamente, la mayoría de las personas depende de otros, que a su vez dependen de otro y así hasta que llegás a la punta del pirámide y no sabés quién está, o si habrá otra pirámide tipo espejo a partir de ahí”. El actor sostiene que “para crear un personaje así, no necesitás inspirarte en nadie; el mundo es parte de esa basura. Por otro lado es un personaje que tiene un montón de sentimientos muertos y vivos. Me habla al oído para contradecir lo que digo, como si fuera un alter ego del personaje. Todo es mentira y todo es verdad. Todo lo dice de verdad como parte de la mentira”, explica.

El juego de Doble o nada dice que implica también ejercer el poder sobre una mujer. “La quiere -dice-, cómo no va a querer a alguien de quien conoce secretos inimaginables. En un momento de la obra le dice ‘qué pena que los mundos paralelos no fueran abordados a discreción’; lo que en realidad quiere decir es ‘qué pena no haberte cogido a tiempo’. Creo que, aunque al oído me dice ‘miente, pero es una manipulación’, él la quiere. Aunque no puedo asegurar nada de este personaje: sólo sé que lo hago y que al oído me dice cosas”, reflexiona Solá. “Él la quiere, la quiso siempre, no se acercó porque sabía que tenerla un momento significaba arruinar eso que él veía en ella, que en definitiva es lo que hace que ella sea durante seis años su protegida, aprenda su trabajo y desarrolle sus habilidades y capacidades de acuerdo a cómo siente y piensa, algo que pertenece más al periodista que estuvo en las trincheras”, relata el actor, al mismo tiempo atento a escuchar las observaciones del otro frente sobre la obra.

Si algo queda claro en la obra es que el protagonista está muy lejos de aquel periodista de trinchera. “Va cambiando el contacto con el mundo real -explica- desde el último piso del edificio, alejado de la alegría de los demás, del sufrimiento de la gente, de caminar en la calle. Deposita el culo en un lugar y desde ahí comanda todo un grupo editorial”, cuenta Solá, que considera que “la vida todo el tiempo te pone en doble o nada y te hace preguntar hasta dónde podés estirar tu dignidad”.

Para un hombre de la trayectoria de Miguel Ángel Solá la sala teatral es un templo. “El escenario -se entusiasma- es un lugar de búsqueda de la verdad. Los actores tenemos la verdad de la ficción. Cada lugar al que uno le da vida es un lugar de búsqueda de la verdad; después es cómo uno se va a acomodando a la vida, qué te permite. Si no hay esa esperanza, la vida es absurda”. Y además resalta: “Es hermoso trabajar con mi mujer, vamos aprendiendo los dos. Fue más fácil con una obra como Adán y Eva, donde decís cosas bellísimas; es más difícil con una obra como esta, donde todo el tiempo nos estamos diciendo cosas feas a la cara. Pero sabemos contenernos, abrazarnos, pasar los malos tragos juntos. Paula es una excelente actriz, madre, compañera; una ayuda hermosa en la vida para mí”, dice de su pareja, de quien cuenta que fue por él que subió por primera vez a un escenario.

Ante la anécdota de una firma en el programa de Los Mosqueteros en el que el hizo un monigote con un cartel que decía “feliz vida”, dice: “Cómo no le voy a poner eso a alguien que se tomó el tiempo de venirnos a ver al teatro. La gente, con las miles de cosas que le pasan, viene y se compromete con vos, y de eso voy estar agradecido toda la vida. En el teatro no hay red. Tengo la suerte de haber sido dotado con una capacidad, soy consciente de esa capacidad, pero no soy dueño de ella, es de los demás, de lo que vean los demás. ¿Cómo no voy a poner ‘feliz vida’?”, dice mientras dibuja aquel mismo monigote. “Lo aprendí a hacer cuando tenía 7 años, se lo copié a un compañero cuando estábamos los dos en penitencia y lo seguí haciendo”, redondea. Y una vez más el dibujo vuelve y el cartel de “feliz vida”. Doble o nada.