Hay un consenso universal respecto de que Hayao Miyazaki es un genio. Es cierto que basta con ver alguna -cualquiera- de sus películas para darse cuenta, pero siempre es bueno explicar por qué uno es tan categórico en estos casos. En las últimas dos décadas, a pesar de que había comenzado a hacer largometrajes a principios de los ‘80, su popularidad en países como el nuestro creció lo sufi ciente como para dedicarle unos párrafos a explicar esa fascinación que ejercen sus películas.

Miyazaki es un dibujante autodidacta. Puede sorprender, pero es cierto. En realidad, si es por título, el hombre es economista y fue un miembro importante del partido socialista japonés en los ‘70. Paralelamente, siempre estuvo fascinado por los aviones y las máquinas voladoras en general, y fue esa obsesión la que lo llevó a dibujar. Dice que era muy torpe, que le costó aprender. Pero ese gusto lo llevó a trabajar para el estudio de Osamu Tezuka como dibujante de pequeños elementos de animación, y allí se fue formando. Evidentemente tenía talento.

Entre sus primeros trabajos figuran el diseño de personajes de series como Heidi y Marco, que en Argentina fueron enormes éxitos -sobre todo la primera. Tuvo a su cargo en los ‘70 la dirección de la serie Conan: el niño del futuro, que ya muestra sus rasgos de estilo, y debutó en el largometraje con Lupin III: el castillo de Cagliostro, película basada en otra serie de animación.

El arte de Miyazaki es “animé” sólo en apariencia. Mantiene la tradición de los personajes redondeados y de grandes ojos, así como la expresividad. Pero hay dos elementos que lo distinguen. El primero es la obsesiva atención al detalle; es decir, no opta por la animación restringida -a doce dibujos por segundo en lugar de veinticuatro como es el cine “en vivo”- sino por un cuidado artesanal por cada pequeño espacio del fotograma. En segundo, sus personajes pueden tener una separación mayor de la normal entre los ojos (la distancia entre ojo y ojo es de otro ojo), lo que genera un efecto de gracia y humor en esos rostros.

Hay varios temas que recorren su obra. Una es la pregunta sobre qué es “ser japonés”, lo que muchas veces lleva a una exposición de espíritus y tradiciones shintoístas. Otro, qué relación hay entre el Japón y Occidente: de allí que en sus películas haya ecos de Lewis Carroll, J.R.R. Tolkien, Stevenson, Andersen, Dickens o Kipling, por mencionar sólo algunos autores clásicos. Y en tercero, el rol de la mujer, siempre componedora entre la ruptura que causa la tecnología en el mundo y la naturaleza, siempre restablecedoras de cierto equilibrio. Es interesante notar, también, que son pocos los “verdaderos villanos” en sus películas, y que algunos incluso lo son una parte del tiempo pero luego se revelan como seres nobles, como los piratas de Laputa o la Yubaba de Chihiro. En el mundo de Miyazaki todos tienen sus razones.

Miyazaki se destaca también porque no existe una película mala en toda su fi lmografía. Algo rarísimo. Por lo tanto, cualquier fi lme que encuentre será una gran fuente de placer visual e intelectual. Pero las más importantes para conocerlo son las siguientes:

1) Mi vecino Totoro. Es una de las obras maestras mayores del cine contemporáneo. Dos nenas van a vivir con su papá al campo para estar cerca de su madre, internada por una enfermedad que no se nombra pero ha de ser grave. Cada vez que algo triste o trágico puede pasarles, aparece Totoro, un espíritu mezcla de gato y oso gigante, que les enseña el mundo natural y les provee alegría. La película logra eludir todo golpe bajo y transformarse en un camino hacia la felicidad, y está a la par en humor y amabilidad de Ponyo y Kiki, otros dos cuentos de hadas sobre niños.

2) Laputa. Castillo en el cielo. Una banda de villanos busca a una niña que posee una joya antigravitatoria, última descendiente de un país volador llamado Laputa. Cae en un pueblo de mineros y es ayudada por un niño y una banda de piratas dirigido por una extraña abuela para eludir a estos villanos, que sólo quieren causar daño tecnología mediante.

3) La princesa Mononoke. Más seria, es la historia de cómo llegan las armas de fuego al Japón feudal y cómo una joven criada por una loba gigante debe enfrentarse a una mujer que maneja una fragua. Ahora bien, esta mujer no es realmente una villana y una de las grandes sabidurías de una película que es puro drama de aventuras consiste en que cada personaje tiene motivos para actuar como actúa. Compleja y poética.

4) El viaje de Chihiro. Una niña se ve metida en el mundo de los kami (los espíritus del shinto) y debe recuperar su identidad japonesa. Una obra maestra llena de personajes impresionantes y creatividad gráfi ca. Un poema animado que además aparece como una crítica al olvido no de las tradiciones japonesas -Miyazaki no es un nacionalista e incluso es crítico de esa posición política- sino de los valores que hay detrás de ellos.

5) Se levanta el viento. Un drama biográfi co sobre el diseñador de los caza Zero, que Japón usó en la Guerra del Pacífi co. Filme antibélico, cuestiona la idea “imperial” del Japón tradicional y es su único fi lme exclusivamente para adultos. No elude, tampoco, el maltrato y el abuso sexual del que fueron víctimas las mujeres coreanas durante la invasión de Japón a la península, un momento oprobioso que además le valió críticas al autor.