El año pasado salió a la luz una retrospectiva completa y restaurada del realizador francés Jean-Pierre Melville, una maravilla. Hace algunas décadas, por lo menos hasta los ‘70, Melville era un realizador conocido e importante, y sus películas, casi todas policiales, funcionaban muy bien en taquilla. Falleció en 1973, pero en esos años sus películas (El Samurai, El círculo rojo, El Ejército de las Sombras) aparecían continuamente en nuestros cines. Una pena que se haya perdido esa tradición, pero por lo menos tenemos el digital, donde toda su obra (no son demasiados filmes) puede verse.

Melville no se llamaba “Melville” sino Jean-Pierre Grumbach, pero era un enorme admirador del autor de Moby Dick y del cine americano en general, del cual tomó temas y modos y los adaptó a su propio contexto. Se nota sobre todo en dos elementos: la primacía de la acción por sobre la palabra (no necesariamente la acción rápida y vertiginosa sino el movimiento de los intérpretes y las cosas), y la apuesta a la aventura siempre por encima de lo didáctico. Su mundo está poblado de criminales, y de hecho el punto de vista de sus filmes más famosos es el de alguien que se ubica por fuera de la ley. Hay en esto no sólo una lógica narrativa alrededor de la aventura y el peligro (el robo elaborado, parece decirnos, es la única aventura posible en un mundo de explotación y donde todo está controlado por el poder) sino también una exposición ética. Es justamente quebrar las propias reglas “del oficio” lo que aniquila a sus personajes.

A diferencia de sus contemporáneos de la nouvelle vague, Melville creía en el clasicismo y construía con elegancia las tramas y, sobre todo, la puesta en escena de cada una de sus películas. Y si bien eran en su mayoría “de gé- nero”, también incursionó en el melodrama (León Morin, padre) y en la tensión política (su ópera prima El silencio del mar, trata de un modo poético y preciso el drama de la ocupación nazi en Alemania, y retomaría el tema en la impresionante El Ejército de las Sombras), pero su mayor obra es la del submundo criminal. En todos sus filmes hay un universo subterráneo y complejo que debe salir a la luz con violencia, que es reprimido, también, con violencia.

Otro dato que no debe pasar inadvertido: era un sublime director de actores y le tocaron -o, mejor dicho, eligió- tipos que entendieron perfectamente que su estilo no pasaba por el histrionismo sino por la quietud, por la cara de póquer, que multiplican la emoción y la sorpresa. Desde Jean-Paul Belmondo en El soplón hasta Lino Ventura en El Ejército... pasando por el gigantesco Alain Delon de El Semurai y Un flic (o Jean Gabin, o Gian Maria Volonté), todos sus actores -el universo de Melville es sobre todo masculino- llevan la traza del silencio, del hacer más que el demostrar. Esa es parte de su ética, y eso también puede ser lo que los pierde: son personas siempre fieles a sí mismas, incluso a sus peores taras.

Recomendaríamos todo, absolutamente. Pero dado que hay que elegir algunas películas por donde empezar, vamos a las más famosas y más fáciles de conseguir.

1) Bob Le Flambeur. Un personaje sólido, un señor grande que sabe vivir la vida y que se la gana apostando. Un tipo curtido en los bajos fondos que, un buen día, pierde demasiado en un golpe de mala suerte y, con estoicismo, planea un robo para resarcirse. Robo que no sale demasiado bien. Pero lo curioso es la filosofía con la que el personaje se toma la derrota e incluso la muerte inminente.

2) El soplón. Belmondo es un soplón profesional que decide llevar a cabo un golpe. Pero por supuesto que tiene como socios a gente en la que no necesariamente puede confiar, lo que implica ponerse a comprender cómo fue mirado hasta entonces. Un gran filme de suspenso, pero sobre todo un gran trabajo de Belmondo (que repetiría después en Léon Morin y en El guardaespaldas, otras dos joyas del director).

3) El Samurai. Quizás usted vio El Killer, de John Woo. Aclaremos de entrada que El Killer es una especie de remake de El Samurai. No sólo eso: Melville es uno de los realizadores favoritos de muchos autores de acción de Asia, entre ellos también Johnny To. Pues bien, esta es la historia de un sicario perfecto que comete un pequeño error y es visto “trabajando”. Y lo que sigue es la tensión entre seguir la ética del sicario -sólo matar a quien le pagan por hacerlo- o hacerlo por las suyas. Delon casi no habla y se vuelve tremendamente humano. Y, como siempre en Melville, la ciudad es un laberinto oscuro.

4) El círculo rojo. Esta es la historia de un robo de diamantes milimétrico, llevado a cabo por un grupo de ladrones perfecto (Volonté, Delon y ese genio llamado Yves Montand) que no termina de salir bien y deriva en tragedia. La cámara de Melville es de una precisión notable y el suspenso es tremendo de principio a fin.

5) El Ejército de las Sombras. Una película polémica sobre la Resistencia francesa contra los nazis, que ponía en evidencia la manipulación de la que fue objeto un movimiento popular y desesperado cuando fue coptado por el Partido Comunista francés. Es decir, una película políticamente incorrecta que fue muy discutida. El mal aquí está en todas partes, no sólo entre los nazis, y el realizador se pregunta si el fin justifica los medios. Su película más larga, y también una de las más oscuras y apasionantes. Pura fábula moral sin moraleja.