Hemos hablado alguna vez de quien, a juzgar por el autor de estas notas, es el mejor cineasta de la historia. Su nombre es John Ford, y decía que hacía westerns. Pues bien, hablemos de cómo era su Oeste. Primero, tenemos que destrozar un lugar común: si bien en su período mudo Ford hizo sobre todo westerns -el sistema de Hollywood hacía que los directores se especializaran en un género- en el sonoro, donde realizó más de sesenta películas, los westerns son menos de una docena. Claro que entre ellos están Río Grande, Más corazón que odio, Pasión de los fuertes o Un tiro en la noche, que deberían figurar en cualquier manual escolar como películas obligatorias para entender el cine.

Ford fue además uno de los realizadores más influyentes de la historia, alguien admirado por señores tan diferentes en modos y miradas como Ingmar Bergman, Eric Rohmer o Steven Spielberg, y todos ellos lo han reconocido pú- blicamente como maestro. El estilo de Ford, que sobre todo quería filmar comedias (de allí que hasta sus películas más trágicas incluyan personajes o situaciones cómicas, porque aparte la vida es así), es aparentemente simple: planos americanos como regla, movimientos de cámara sólo cuando es necesario. No se “nota” la dirección técnica pero sí al autor temático.

El gran tema de Ford es la utopía americana. Dejemos de lado la sinonimia de “América” por “Estados Unidos”. Lo primero es un nombre de continente; lo segundo, de una confederación de estados. Pero “América” es, también, la manera de designar la utopía de la segunda oportunidad, del hogar de los valientes y tierra de los libres. La utopía americana es la de la igualdad de oportunidades y la aventura de conquistar un territorio nuevo, la construcción de una democracia donde la libertad es el valor supremo. Es importante tener en cuenta que la Revolución Americana es anterior a la Revolución Francesa y la inspiró, y que también fue inspiración de los movimientos de independencia de América del Sur. Era, pues, un ideal compartido.

trágica- de cómo se conquistó el territorio que incluye la frontera con México y el desierto hasta California al oeste y el estado de Washington al norte. Esa conquista implicó no sólo transformar en tierras labrables territorios no utilizados sino también el desplazamiento de poblaciones indígenas. Hubo matanzas, es cierto, pero la historia de la guerra contra el indio es mucho más compleja de lo que suele contar el lugar común. A Ford, por un par de frases que dicen sus personajes, se lo tildó de racista. No lo era: en sus westerns demostró que el racismo -contra los indios o contra los negros, como aparece en El sargento negro- es una tara de la sociedad que se vuelve contra quienes la sostienen.

La América de Ford es una utopía de civilización que no se realizó. Estuvo a punto, pero la barbarie de los civilizadores impregna sus posibilidades. Eso son sus westerns, donde también aparece la justicia y donde la dialéctica civilización-barbarie permanece irresuelta.

Para entenderlo, cinco películas.

1) Fuerte Apache. Parte de la “trilogía de la caballería”, los tres filmes sobre un regimiento de frontera en la lucha contra los indios. Aquí Henry Fonda interpreta a Custer -con otro nombre- y es el tipo “civilizado” que cree que por haber estudiado a Napoleón puede vencer a los indios. John Wayne es el soldado experimentado que además sabe que el alzamiento es por el maltrato que sufren los indios en las reservaciones, vueltos campos de concentración. La resolución es casi en favor de los indios.

2) Más corazón que odio. Un soldado del sur, racista, vuelve de la derrota de la Guerra Civil a la casa de su familia. La mujer que amaba se ha casado con su hermano. Un grupo de indios salvajes y sin pertenencia mata a todos menos a su sobrina. Durante años, se dedica a buscarla y considera en matarla si se asimila a los indios. Pasan muchas cosas, pero sobre todo Wayne debe cambiar de posición, aunque el mundo civilizado ya no tenga más lugar para él. Es el final del mundo arcaico del sur.

3) La legión invencible. Otra de la caballería. Es la vida en un fortín perdido, de mala muerte, donde un hombre está a punto de retirarse por edad (Wayne, otra vez) y su última misión es escoltar a las mujeres del regimiento a un lugar seguro, ante la amenaza de un ataque indio. Aquí Ford mira cómo es la vida cotidiana en un mundo perdido, de pioneros que tienen casi nada, olvidados de civilización y gobierno. Y también es una historia sobre mujeres y el rol que tuvieron en esa historia.

4) Tres padrinos. Tres bandidos se encuentran con una mujer agonizante y su recién nacido. Deciden cuidar al bebé aún a riesgo de sus propias vidas. Ford hace una evidente metáfora de los tres Reyes Magos, pero sobre todo muestra cómo el desierto requiere de decisiones morales para sostener la civilización posible. Otra vez Wayne lleva la batuta.

5) Un tiro en la noche. Para casi todo cinéfilo, una de las diez mejores películas de la historia. Wayne es un pistolero “bueno” en un pueblo que sufre el ataque de un pistolero “malo”, a sueldo de terratenientes que quieren amedrentar colonos. James Stewart es el abogado que viene a traer la ley, la educación, las elecciones, el periodismo. Uno es la ley salvaje; el otro, la civilización. Entre los dos terminan con el patotero, ese Liberty Valance que aparece en el título en inglés. Pero Ford nos muestra primero una solución y, después, la verdad de la historia. La película es una gema de ambigüedad: condena la ley del revólver pero dice que quizás la “civilización” no resuelve todo, aunque deja claro que el mito es mucho más que una cuestión social o política. Además, lateralmente, es una película sobre cómo debe contarse una historia, y sobre cuál es la verdadera responsabilidad de los narradores, incluyendo el periodismo. Obra riquísima, con mil lecturas, absolutamente imprescindible.

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