J orge Luis Borges, que era un crítico de cine extraordinario, escribió una reseña totalmente negativa de King Kong, el filme original sobre el simio gigante de 1933 dirigido por Robert Schoedak y Merian C. Cooper. Es probable -le pasó con El Ciudadano- que, con el tiempo, pudiese cambiar de opinión, pero ya no podemos saberlo. Lo que sí es cierto es que King Kong es uno de los mitos más grandes y perdurables que nos ha legado el séptimo arte, con muchas versiones además, y que ha representado muchas cosas: pocas películas, pocos personajes han sido tan interpretados simbólicamente como el pobre mono de treinta metros.

Por otro lado, Kong es un personaje solo posible en el cine. Requiere de una pantalla enorme que permita desplegar toda su (des)proporción. Podemos verlo en la TV, pero gran parte de su fuerza se disuelve ante la pequeñez proporcional de la pantalla del living. Por otro lado, contra toda mala interpretación, Kong no es una criatura “menor” ni forma parte de la Clase B. El primer filme fue una enorme superproducción y su protagonista femenina, Fay Wray, era una estrella importante. La película tiene aún hoy efectos especiales asombrosos, y la enorme barrera de troncos -curiosidad: era lo que se quemaba atrás de la carreta que huía en Lo que el viento se llevó: aprovecharon que había que tirarla abajo para rodar esa escena- era gigante en serio. Toca tres temas: el primero, la desesperación de la gente durante la Gran Depresión; el segundo, el poder del cine y del espectáculo para disolver los malos momentos; el tercero, la imposibilidad del hombre de dominar con la razón las fuerzas irracionales de la Naturaleza. Nadie declama esto, por supuesto (aunque la idea de “cine dentro del cine” es clara: van a esa isla desconocida para rodar una película que impresione), sino que uno de los grandes aciertos, además de que creemos en los monstruos, consiste en que entendamos estos temas a pura aventura. Por otro lado, los efectos especiales mecánicos son de una belleza enorme, producto de un trabajo minucioso que inspiró al entonces muy joven Ray Harryhausen -maestro del efecto stop motion, responsable de películas geniales como Jasón y los Argonautas o la original Furia de Titanes de 1981- a encontrar su vocación. Hoy siguen siendo precisos (vean el pelo del mono moverse al viento, por ejemplo, una delicadeza increíble para una producción así).

Se ha leído a Kong también como la encarnación de lo afroamericano como fuerza tanto amenazadora (la visión más racista y antigua) como como venganza proverbial contra la dominación y la esclavitud blanca (una mirada más contemporánea). También se ha hecho hincapié en su imaginería erótica: el gran simio negro enamorado de la pequeña mujer blanca. Son lecturas quizás válidas, pero lo más importante es la idea de que el cine -el arte- es el hogar que le queda a lo desmesurado y trascendente, y que la tecnología “racional” tiende a destruir aquello que es, en última instancia, la encarnación de un espíritu irracional que nos atañe.

De las varias versiones de la historia, quizás la menos interesante sea la de 1976 protagonizada por Jeff Bridges y Jessica Lange, donde además se usaba una excusa “política” (se iba a la Isla Calavera para extraer petróleo, en fin...) y curiosamente sus efectos especiales son mucho más evidentes -y peores- que el original de casi cuarenta años antes. En 2005, Peter Jackson, enamorado desde siempre del cuento, hizo la versión más larga y complicada, aunque también llena de momentos de acción y bastante poesía. El combate de Kong contra tres tiranosaurios mientras arroja al aire y salva a la bellísima -y perfectamente casteada- Naomi Watts debería figurar en la antología de las mejores secuencias de acción y suspenso jamás hechas. Pero el momento en el que el mono juega en el lago congelado de Central Park ante la mirada comprensiva, no enamorada pero sí amorosa, de la joven es de lo más conmovedor que se ha filmado en los últimos años. Ahí también tiene mucho que ver el trabajo corporal y expresivo del gran especialista en actuación bajo captura de movimiento, Andy Serkis, un verdadero genio poco reconocido (recuerden su Gollum, recuerden su trabajo en El Planeta de los Simios). Jackson hizo una cosa enorme y épica, desmesurada y desequilibrada, pero también un acto de amor por un filme querido.

La última encarnación a la fecha es Kong-La Isla Calavera, de 2017. Intenta hacer un link con Godzilla y otros monstruos, aunque la verdad es que importa poco. No es una película perfecta, pero tiene lo suyo. Especialmente que se trate, bastante disfrazada, de una especie de remake de Apocalypse Now que pone en forma monstruosa el trauma de Vietnam en pantalla. Por cierto las criaturas son muy lindas y los momentos de lucha y fuego cumplen con su fin. Los protagonistas hacen un poco lo que pueden (difícil creerse a Tom Hiddleston como una especie de Indiana Jones de la naturaleza) pero hay algo de forzado y desmañado. Sin embargo, el uso del punto de vista del simio en las escenas de acción es bastante original.

No dejemos de mencionar en este repaso más bien breve la cantidad de veces que los japoneses han utilizado al supermono para sus películas sobre -claro- Godzilla. Se han enfrentado unas cuantas veces y el ganador todavía está por decidirse. El tono camp y muchas veces autoparódico de esos filmes le dan al personaje estatura de icono pop, o al menos subrayan esa característica. Como sea, Kong es el cine en estado puro y gigantesco, como debería ser siempre la pantalla.

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