Para hacer esta columna, todas las semanas revisamos lo que ya hemos escrito sobre directores muy conocidos (van más de cincuenta) y tratamos de ver sobre quiénes no hemos hablado. Los famosos se hacen cada vez más escasos, como comprenderá el lector, aunque en un par de ocasiones "repetimos" (hubo dos columnas sobre Hitchcock y sobre Ford, pero porque lo merecían). En este caso, vamos a hablar de uno de esos directores extraordinarios pero que, a la hora de los homenajes y el recuerdo, quedan afuera del canon. Aunque, quizás, por poco. El director del que hablamos es King Vidor, pionero del Hollywood clásico que desarrolló una larga carrera de sesenta años.

Vidor es uno de los grandes genios del melodrama, aunque como todos los veteranos del viejo sistema de estudios, hizo un poco de todo: musicales, westerns, filmes fantásticos, policial negro y hasta -en el auge de las películas bíblicas- uno de esos filmes gigantes y religiosos, Salomón y la reina de Saba. Vidor tenía una gran sensibilidad para aunar el gran espectáculo con la emoción desbordada y lírica, y también era un maestro para la metáfora. Las escenografías y los paisajes siempre refieren, puntualmente, el verdadero estado emocional de sus criaturas, en un ejercicio de la puesta en escena que puede definirse como romántico.

Otra característica es que su estilo fue volviéndose más "artificial" (la palabra va entre comillas porque no se trata de falsificación sino de usar de modo personal la técnica cinematográfica), aunque fue el primero de los grandes directores realistas en el mudo. En ese tiempo, logró varias obras maestras. Para el cazador de trivias, su película Y el mundo marcha, de 1928, es la primera de Hollywood en la que se ve la puerta de un baño abierto y un inodoro, y hasta quisieron cortar ese momento de la película. Vidor no lo permitió.

Era un gran lector, como se puede ver por las adaptaciones literarias que realizó durante su carrera. Pero no "grande" por lo mucho que leyera -lo hacía, es cierto, como aparece en su excelente autobiografía A tree is a tree (Un árbol es un árbol)- sino porque entendía el tema profundo de un texto y encontraba cómo traducirlo a la pantalla. En general, ese tema suele ser la pasión que arrastra a personajes muchas veces individualistas al triunfo o a la caída. La tentación es, siempre, el peligro presente en cada una de sus historias.

No todos sus más de sesenta largometrajes están disponibles para ver, pero bastan algunos ejemplos para comprender el peso de su trabajo en el universo del cine clásico.

1) El gran desfile. Un joven soldado estadounidense llega a la Guerra Europea, sólo para descubrir que la empresa gloriosa no es más que un cúmulo de horrores y miserias. Probablemente la primera película realmente antibélica de la historia, no porque antes no hayan existido, sino porque Vidor, al concentrarse en las emociones de sus personajes, logra transmitir el horror con mucha precisión a los espectadores. Es también una gran historia de amor y un alegato político sobre las diferencias de clases.

2) La calle. De una enorme modernidad, Vidor retrata la vida de un edificio -casi un conventillo, para entendernos- durante 24 horas en un caluroso día en Nueva York, con gente de diferentes etnias y orígenes tratando de convivir, aunque sin lograrlo todo el tiempo. ¿Les recuerda a Haz lo correcto, de Spike Lee? Porque sí, se trata de casi un ensayo fílmico a contrapelo de su tiempo, un filme que podría realizarse hoy, como aquella obra del director afroamericano con la que tiene más de un punto de contacto.

3) El manantial. Esta adaptación de la novela de Ayn Rand sobre un arquitecto individualista (gigantesco Gary Cooper) que no se doblega ante modas y presiones tiene mucha tela para cortar. En principio, cómo Vidor usa metáforas visuales (taladros y mármoles, por ejemplo) para mostrar la pasión sexual entre el protagonista y el personaje de Patricia Neal. Luego, cómo el realizador da vuelta la ideología anarco-libertaria de Rand para transformar el filme en una metáfora casi religiosa sobre un mesías (hay hasta un Pedro traidor y todo). Y después está el estilo casi expresionista de la puesta. Una obra maestra única.

4) Duelo al sol. David O. Selznick quería repetir el éxito de Lo que el viento se llevó con este melodrama de ambiente western con una mujer (Jennifer Jones) partida de amor por dos hermanos: uno atildado y caballero, solidario y bondadoso (Joseph Cotten) y otro, un villano encantador y poco dado a delicadezas (Gregory Peck). Más allá de los colores, la épica y el glamour a raudales, la pasión desbordada entre los protagnistas es pura energía. Romanticismo puro.

5) La Guerra y la Paz. Esta adaptación -con Audrey Hepburn, Mel Ferrer y Henry Fonda- de la tremenda novela de Tolstoi es bastante fiel al libro. Pero donde más se destaca Vidor es, como el autor ruso, en los gestos pequeños y humanos de los protagonistas, aunque la huída final de los franceses de Rusia es de esas cosas que hoy no se pueden hacer sin computadoras. Otra metáfora romántica.

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