*Especial desde Cannes

Con la proyección de Todos lo saben, del iraní Asghar Farhadi, se inició formalmente la Competencia Oficial en el Teatro Lumiere colmado de invitados locales e internacionales, autoridades y algún representante de la prensa con las relaciones necesarias como para poder ver en directo la ceremonia. Allí se presentó el jurado presidido por la actriz Cate Blanchet, quien poco antes, en la conferencia de prensa de presentación de las nueve personas que decidirán el Palmarés de la competencia principal tuvo la osadía (y la sensatez) de decir que le importaban poco los premios y que le parecía razonable que la crítica no compartiera sus decisiones. La conformación (cinco mujeres y cuatro hombres) habla a las claras de una intención de hacer foco en la justa causa de la igualdad de género y de olvidar la influencia que -aquí también- solía tener Harvey Weinstein, aun cuando la equidad está muy lejos de concretarse si se advierte la enorme disparidad que existe, por ejemplo, entre películas seleccionadas dirigidas por hombres y mujeres.

En lo que respecta a la película mencionada, la recepción fue muy distinta en la ceremonia (en la que los aplausos no llegaron a la ovación, pero denotaron cierta aceptación) que en la simultánea proyección para la prensa y la crítica (que no llegó a los abucheos que a veces se oyen en las salas, pero que dejó en claro que mayoritariamente se entendió que esta es la película más floja de Farhadi). Todos lo saben, un melodrama familiar con muchas (muchísimas) vueltas de tuerca, cuenta con las figuras internacionales de Penélope Cruz, Javier Bardem y Ricardo Darín, y está rodada en España y en castellano. Allí donde su coterráneo, el gran Abbas Kiarostami, había podido conservar su mirada y sello, filmando en otros lugares e idiomas (italiano en Copia certificada, japonés en Like someone in love), el director de La separación deja ver las enormes dificultades que ello implica. Hay algo del ritmo, la cadencia, el modo de relacionarse, las diferencias de acentos, que resta verdad y torna un poco exasperante la excitación permanente que -a los ojos del extranjero- puede tener el pueblo español. Darín, por su parte, aparece particularmente desperdiciado en una deriva que funciona mejor cuando se acerca de una extraña manera al melodrama y hasta al terror (la percepción del pueblo chico-infierno grande español es ciertamente cruel), que en el costado de suspenso o thriller, que se cierra a las apuradas, dando todas las pistas juntas, como si se necesitara introducir una resolución que antes no había llegado a construir.

También fue algo decepcionante la apertura de la "clase B" de la selección oficial, Un Certain Regard (una cierta mirada). En este caso, la película elegida fue Donbass, de Sergei Loznitsa. Este director ucraniano, que hace bien poco había llamado la atención con Victory day en el Bafici (película que tuvo su premier mundial en el Forum de la Berlinale), parece moverse mejor en el documental (Maidan, Austerlitz) que en los últimos trabajos de ficción que viene realizando. En este festival, hace solo un año, A gentle creature había llamado la atención por su nivel de grosería y exceso, de subrayado y bajada de línea evidente. En Donbass hay algo de eso, y sólo brilla en los planos fijos que encuentran locaciones increíbles (lo que se relaciona con su siempre interesante carrera documental) pero la crueldad y misantropía con que mira a esta ciudad del este de Ucrania resultan ciertamente expulsivos.

No es extraño que las películas de apertura de la competencia oficial no dejen demasiado contenta a la crítica. Usualmente su elección responde a factores no estrictamente artísticos. Pero eso no aplica necesariamente a todas las secciones. De hecho, la menos visitada (y usualmente más interesante) Cannes classics, que recupera grandes películas de todos los tiempos, tuvo su inicio con la proyección de A ilha dos amores, de Paulo Rocha. Una obra maestra absoluta, presentada en este festival en 1982 e ignorada al punto de que, tras su proyección, la sala estaba tan vacía que pidieron a la delegación que la acompañaba que saliera por detrás sin descender la alfombra roja, para permitir el ingreso de quienes iban a ver la película siguiente. De la falta de respeto al reconocimiento como clásico a recuperar, está visto que la primera mirada no siempre da en el clavo, y está claro que la crítica que acude a Cannes tiene tantos aciertos como errores. En esta sección, la segunda película proyectada fue la mexicana Enamorada, de Emilio Fernández, restaurada por la Universidad Autónoma de México (en el sentido estricto, ya que se hizo en fílmico, más allá de su digitalización) en la que brilla la icónica María Félix y que fue presentada por Martin Scorsese, que debió salir corriendo de la sala para ir a recibir la Carrosse D’or en la Quincena de los realizadores.

Las secciones paralelas también tuvieron comienzos aceptables. En el caso de la quincena, éste tuvo lugar con la proyección de Pájaros de verano, de Cristina Gallego y Ciro Guerra (El abrazo de la serpiente), y la Semana de la crítica arrancó con la opera prima del actor Paul Dano, Wildlife, un pequeño y muy sólido melodrama familiar.

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