Dice Variety -ya saben, la biblia del negocio del espectáculo en los EE.UU. desde hace más de un siglo- que la campaña por los Emmy de 2019, que acaba de empezar, será probablemente la más cara de la historia. Hay que aclarar un par de datos de la frase anterior. La primera, que el "acaba de empezar" refiere (la nota, tapa de la versión papel, lo dice) al evento de presentación de una nueva serie de comedia con Idris Elba (Turn up Charlie), cuyo trailer se liberó a todo el mundo el dos de marzo. La segunda: la entrega de los Emmy ocurrirá el 22 de septiembre, es decir dentro de -sí- siete meses. En el medio, comenzarán a aparecer las series más importantes de streaming, cable y aire. Y habrá un rival a vencer, la última -hipermega millonaria- temporada de Game of Thrones. Pero las cosas son más complicadas que eso, especialmente si tenemos en cuenta que el año pasado, finalmente, Netflix superó en nominaciones a HBO (112 a 108) y que lo logró solo en cinco años, desde que en 2013 Game of Thrones fuera la primera tira de streaming galardonada por los premios más importantes de la televisión -ahora a nivel global.

¿Por qué es importante? ¿Por qué una compañía podría gastar un piso de u$ 1,2 millones solo para ser considerada como probable contendiente a los Emmy, y arriesgarse a instalar en la campaña a los premios -larguísima, como se ve- un título por varios millones? Hay eventos que pueden constar entre dos o tres millones de dólares, y todos los interesados lo hacen. Es simple: a diferencia de los premios que podemos ver en la Argentina -y alguna vez lo explicamos en estas páginas- los premios estadounidenses otorgan valor comercial a los contenidos.

Instalar sólo el rumor de que una serie pueda ser nominada cuesta más de un millón de dólares

Es decir: el solo hecho de instalar en la conversación global un título lleva a la curiosidad que lleva, a su vez, a la suscripción. En este sentido, ganar un premio es mucho menos importante que el camino, cada vez más prolongado, que lleva a ellos. La carera es larga y costosa, pero tiene un correlato en dinero entrante a través de los nuevos suscriptores.

Pero cada vez se juegan, además, más cosas. Lo principal, lo que está en discusión permanente y quizás llegue a una estabilidad notable este año, cuando las majors lancen sus SVOD, es el modelo del negocio audiovisual. La cantidad de shows de brodcasting tradicional que llegan a la lista de nominados a los premios (es decir, a la conversación global) es cada vez menor, ya sobrepasada en los últimos dos años por los nominados de streaming. Aún sigue mandando el cable (premium, especialmente HBO), pero es prácticamente seguro que esta situación no va a durar demasiado, en la medida en que el bolsillos del SVOD sea tan grande como para pagar por episodio de serie lo que se paga por un largometraje mediano de cine. El premio asegura estar en boca de todo el mundo, y que la discusión instale marca. De allí que estas camañas sean cada vez más largas y caras. Ah, y también crueles.

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