Yo soy Tonya es un raro ejemplar de un género más raro aún: el grotesco estadounidense. O "americano", si tomamos el término como una forma de la cultura popular que excede a un país. Porque esta biografía de Tonya Harding, la abusada, presionada patinadora que terminó lastimando a una colega para ganar un puesto en los Juegos Olímpicos y se volvió icono de la cultura pop, toma su tragedia con ligereza vertiginosa, con el acento puesto en las frustraciones y las decepciones, pero tratadas con el tono de la comedia cómica. En ese punto -y quizás ahí está el verdadero lazo con Scorsese- en su retrato de un mundo provinciano y exitista hay algo de commedia allitaliana permeado en la América WASP. Margot Robbie y Allison Janney como una hija obsesionada y una madre abusiva entienden ese juego y sostienen este film anómalo, imperfecto y apasionante.